Sé de un muy buen coleccionista de arte contemporáneo que una vez, harto de todo lo que pululaba en galerías, subastas y demás espacios donde fundirse la pasta en el arte más actual, decidió venderlo todo y comprarse un dibujo de Leonardo da Vinci. Finalmente toda su decepción quedó en una simple y extravagante amenaza, y por supuesto no llegó a deshacerse de su colección de arte contemporáneo para comprarse un dibujo del Renacimiento. Eso sí, estarán de acuerdo conmigo en que dicha declaración de intenciones le dejó un poco con el culo al aire en su aplaudido amor por acumular modernidades.


Cuando el arte contemporáneo empezó a tener una cuota de mercado más amplia que el arte antiguo, o dicho de otra manera, cuando a falta de vangoghs bien valían los jeffkoons, un horizonte de materia prima inagotable se abrió para el mercado del arte. Lo ilimitado de la fuente, lo aceptable de sus precios y el añadido emocionantísimo factor riesgo, del que obviamente carecía un valor seguro como los maestros antiguos, hicieron que más de uno se consolara por no tener un carboncillo de Rembrandt comprando un Rosenquist bien grande. Los coleccionistas de lo que podían empezaron a ser tan numerosos como los coleccionistas de lo que querían; y de ahí a llamar coleccionista a una persona que compra un cuadro en ARCO no ha tenido que pasar mucho tiempo…


Lo de coleccionar se estaba poniendo demasiado fácil, hasta que la semana pasada una rara avis se posó en Sotheby’s con forma de dibujo preparatorio de Rafael. Durante 17 minutos se desencadenó el infierno entre cuatro postores muy conscientes de que pasarían otros cincuenta años hasta que un dibujo de similares características se dejara ver de nuevo en una sala de subastas. Después de triplicar su precio de salida, el martillo cayó en 29,7 millones de libras (36,5 millones de euros) y la bella cabeza del joven apóstol pasó de Chatsworh House, donde llevaba custodiada más de tres siglos, a manos de un comprador anónimo que, probablemente, hacía mucho tiempo no conseguía nada tan exclusivo, tan auténtico, tan irrepetible e inalcanzable como lo es este dibujo. Esperemos que haya sido uno de esos coleccionistas de los que tienen lo que quieren.


Imagen: Vista del dibujo subastado. Raffaello Sanzio. Cabeza de un joven apóstol, s.f.

Patologías aparte, quien compra una obra de arte quiere, las más de las veces, disfrutar de ella sencillamente colgándola en las paredes de su casa; así, cada vez que va al baño, se sienta en su cómodo sofá o invita a sus amigos a cenar, puede contemplar esa obra que un día le cautivó y le hizo rascarse el bolsillo. Obviamente hay bolsillos más profundos que otros y casas con más metros de pared que otras, pero la dinámica de pagar-colgar-mirar-disfrutar, es más o menos común a todo el que compra arte (incluidos los coleccionistas). Pero esta semana, gracias al siempre emocionante mundo de las subastas, hemos comprendido que se puede desencadenar otra interesante acción: pagar –guardar, en este caso en una caja fuerte en Suiza.


Así nos lo cuentan en Christie’s, donde se ha subastado un diamante de unos setenta y seis quilates (muy grande) por el módico precio de dieciocho millones (sin escandalizarse, que los otros, el mismo día subastaron un Rothko, también muy grande, por unos cincuenta y seis millones de euros). Lo que llama la atención es que el pobre, me refiero al pedrusco, estaba desde 1933 metido en una caja fuerte en un banco suizo, sin que nadie se quedara ciego a causa de sus destellos fulgurantes, que es lo que se supone que tienen que hacer los diamantes, y que es probable que tampoco pase a partir de ahora, desembolso mediante. Resumiendo, la noticia es: dieciocho millones gastados en algo muy bello y puro (según los especialistas) que nadie verá, disfrutará, contemplará, vivirá… Dejando de lado el detalle del diamante, a mi esto, me suena de algo…


A estas alturas puede ser considerado pueril el querer simplemente disfrutar del arte; la especulación y el derroche que han sobrevolado desde hace años este sector, al igual que ese diamante que nadie nunca verá, nos demuestran que no todos entendemos el concepto “disfrutar” de la misma manera. Tal vez el nuevo dueño de este diamante “disfrute” sabiéndolo calentito y protegido dejándolo de nuevo en su caja fuerte… o el actual propietario del Rothko lo haga pensando en cuánto podrá sacar por él cuando vuelva a venderlo… Y así, de la misma manera, podríamos pensar que los políticos de turno disfrutaban diseminando obras de Calatrava por el Levante español… o que Cascos hacía lo propio cuando levantaba el teléfono para encargarle su retrato a Antonio López… o tantos otros gastos en el nombre del arte y la cultura que no hemos entendido muy bien para qué servían. Vamos, que cada uno disfruta del arte como buenamente sabe o puede, o incluso como el dueño del diamante: sin que nadie pueda ver en qué narices te has gastado la pasta.


Imagen: Vista del diamante subastado en Christie´s por dieciocho millones.

Como todos sabemos, Andy Warhol es uno de los artistas que más ha agitado el mercado del arte de los últimos tiempos. De apóstol de la gran plusvalía (gasto cero y recaudación máxima en menos que canta un gallo), a sentarse a la derecha en el hit-parade de los más cotizados durante años y años. No nos hacen falta los ejemplos, todo el mundo sabe quién es Andy Warhol, ese valor seguro, esa mente preclara que cambió un paquete de cereales de estantería y nos desvió por la otra caja… ¡Cuántas enseñanzas! Y cuántos discípulos.


Bien, pues después de habernos convencido de que “el arte por la pasta” era más auténtico que “el arte por el arte”, una nueva intromisión de Andy en las entrañas del sistema financiero del sector promete los mismos resultados que introducir al enemigo en casa, cual caballito de Troya: a partir de 12 de noviembre y en sucesivas sesiones, la fundación de Andy Warhol va a poner a la venta un gran número de sus obras en Christie’s para, agárrense, poder acometer su finalidad primigenia: sostener y apoyar en estos momentos el desarrollo de las artes visuales.


¡Qué maravilla de paradoja! El rey del mercado dice ahora: aprovecha tus recursos para mejorar. Resulta una bofetada de un snobismo tan warholiano que todos los que se paseaban por las ferias con la lista de la compra para rellenar museos recién construidos dejarán de sentirse modernos en el acto y se darán cuenta de que todo este tiempo han estado poseídos por la secta de Paco el Pocero. Porque ahora, gracias al ejemplo de Andy, lo más cool será sencillamente utilizar todo los que ya tenemos y nunca hemos apreciado lo suficiente.


Y que tenga que ser Warhol el que nos dé esta buena nueva…




Imagen: Andy Warhol. JaHoaSax (Self-Portrait), 1964.