Fue, obviamente, durante un ARCO, cuando tuvimos la oportunidad de leer en los periódicos de tirada nacional multitud de artículos ce­lebratorios sobre la feria, y con ella de la ne­cesidad de fomentar el coleccionismo en nuestro país. Uno de estos artículos llamó especialmente nuestra atención, no tanto porque hiciera de nuevo hincapié en la pertinencia de considerar una buena opción de compra las obras de los artistas más jóvenes (por las ya consabidas ventajas de precio y por las tan esperadas satisfacciones que nos pueden llegar a dar), sino porque recogía el comentario de un galerista que aseguraba que los compradores, o mejor dicho, los coleccionistas (porque no nos olvidemos que quien compra en ARCO es un coleccionista) se inclinaban más a comprar la obra de artistas-hombre que de artistas-mujer, porque, ya se sabe, con el tema de la maternidad las carreras se descuidan y las cotizaciones, pues eso, bajan… Sorpresa y una cierta indignación.

Rápidamente pensamos que fue la ingenua pregunta del periodista, ¿y qué valen más: las obras de mujeres o la de los hombres?, la que causó esta respuesta y no la línea comercial seguida por el galerista-asesor. No podría ser tan ingenuo ni estar tan pasado de moda. Y como a estas alturas nos da pereza tener que rebatir que un artista-hombre-joven pueda tener más oportunidades en llegar a tener una cotización más alta que una artista-mujer-joven (por la razón de que una potencial maternidad pudiera mantener a esta última ocupada en otros menesteres que no fueran su carrera), optamos por hacernos eco de esta noticia simplemente para confirmar un par de sospechas sobre lo que en tiempos de feria viene considerándose coleccionismo; éstas son, que a pesar de todo el “amor” y la “pasión” por el arte que declaran tener muchos coleccionistas sigue habiendo un gran número de “insensibles” que compran pensando en hacer una inversión (y hacen que los galeristas se sientan en la necesidad de tener que justificarse en esos términos tan decididamente mercantiles); y la segunda, derivada a su vez de esta primera, es que hasta en Madrid los artistas y su trabajo son equiparados (sin pudor) al rendimiento de un ejecutivo de Price Waterhouse Coopers. Sí, una feria es una feria es una feria.


El mercado del arte lleva ya mucho tiempo asumiendo las características de las altas finanzas. Conceptos como cotización al alza, inversión, rendimiento, ganancia, aparecen en el mismo texto que los nombres de los artistas y sus características estilísticas más relevantes y personales… Lo tenemos asumido. En cambio, ha sido al leer que la cotización de la obra de una artista joven pueda verse influida negativamente por una maternidad, cuando hemos constatado que esta vez se trata de los vicios propios del mercado del trabajo más puro y duro. Sin duda ha sido la prueba fehaciente de que el arte es, ya sin remedio, una industria en la que por supuesto las mujeres juegan un papel como trabajadoras, como lo hacen en la industria textil, en la automovilística, o en la agropecuaria. Algo bastante lógico.


Pero es probable que en nuestro pequeño universo estuviéramos distraídos debatiendo sobre la capacidad creadora de la mujer, el que fueran mejores o peores artistas, rebatiendo que sus contribuciones fueran las de menor importancia, señalando que la Historia del Arte está escrita por hombres y que ellos son en gran medida los culpables de esa discriminación… Y tal vez por eso no nos habíamos dedicado a mirarnos desde este punto de vista. Así que agradecemos al galerista-asesor el empujón que nos ha hecho caer del guindo y darnos cuenta de que a todo lo anterior hay que añadir que las artistas de hoy son además “poco rentables.” Y respecto a esto no tenemos nada que hacer, las cifras son las cifras. Si el discurso ha entrado de lleno en el mercado, las obras son mercancías, y los artistas ejecutivos, ¿cuántas mujeres están en el consejo de administración de Repsol? Perdón, ¿cuántas mujeres españolas han ganado el premio Velázquez? (…)


El texto completo fue publicado en EXIT Express #58.


Imagen: Soledad Sevilla. Centro de gravedad, 2004. Cortesía de la artista.

Fue, obviamente, durante ARCO, cuando tuvimos la oportunidad de leer en los periódicos de tirada nacional multitud de artículos celebratorios sobre la feria, y con ella de la necesidad de fomentar el coleccionismo en nuestro país. Uno de estos artículos llamó especialmente nuestra atención, no tanto porque hiciera de nuevo hincapié en la pertinencia de considerar una buena opción de compra las obras de los artistas más jóvenes (por las ya consabidas ventajas de precio y por las tan esperadas satisfacciones que nos pueden llegar a dar), sino porque recogía el comentario de un galerista que aseguraba que los compradores, o mejor dicho, los coleccionistas (porque no nos olvidemos que quien compra en ARCO es un coleccionista) se inclinaban más a comprar la obra de artistas-hombre que de artistas-mujer, porque, ya se sabe, con el tema de la maternidad las carreras se descuidan y las cotizaciones, pues eso, bajan… Sorpresa y una cierta indignación.

Rápidamente pensamos que fue la ingenua pregunta del periodista, ¿y qué valen más: las obras de mujeres o la de los hombres?, la que causó esta respuesta y no la línea comercial seguida por el galerista-asesor. No podría ser tan ingenuo ni estar tan pasado de moda. Y como a estas alturas nos da pereza tener que rebatir que un artista-hombre-joven pueda tener más oportunidades en llegar a tener una cotización más alta que una artista-mujer-joven (por la razón de que una potencial maternidad pudiera mantener a esta última ocupada en otros menesteres que no fueran su carrera), optamos por hacernos eco de esta noticia simplemente para confirmar un par de sospechas sobre lo que en tiempos de feria viene considerándose coleccionismo; estas son, que a pesar de todo el “amor” y la “pasión” por el arte que declaran tener muchos coleccionistas, sigue habiendo un gran número de “insensibles” que compran pensando en hacer una inversión (y hacen que los galeristas se sientan en la necesidad de tener que justificarse en esos términos tan decididamente mercantiles), y la segunda, derivada a su vez de esta primera, es que hasta en Madrid los artistas y su trabajo son equiparados (sin pudor) al rendimiento de un ejecutivo de Price Waterhouse Coopers. Sí, una feria es una feria es una feria.

El mercado del arte lleva ya mucho tiempo asumiendo las características de las altas finanzas. Conceptos como cotización al alza, inversión, rendimiento, ganancia, aparecen en el mismo texto que los nombres de los artistas y sus características estilísticas más relevantes y personales… y lo tenemos asumido. En cambio, ha sido al leer que la cotización de la obra de una artista joven pueda verse influida negativamente por una maternidad, cuando hemos constatado que esta vez se trata de los vicios propios del mercado del trabajo más puro y duro. Sin duda ha sido la prueba fehaciente de que el arte es, ya sin remedio, una industria en la que por supuesto las mujeres juegan un papel como trabajadoras, como lo hacen en la industria textil, en la automovilística, o en la agropecuaria. Algo bastante lógico. Pero es probable que en nuestro pequeño universo estuviéramos distraídos debatiendo sobre la capacidad creadora de la mujer, el que fueran mejores o peores artistas, rebatiendo que sus contribuciones fueran las de menor importancia, señalando que la Historia del Arte está escrita por hombres y que ellos son en gran medida los culpables de esa discriminación… y tal vez por eso no nos habíamos dedicado a mirarnos desde este punto de vista. Así que agradecemos al galerista-asesor el empujón que nos ha hecho caer del guindo y darnos cuenta de que a todo lo anterior hay que añadir que las artistas de hoy son además “poco rentables.” Y respecto a esto no tenemos nada que hacer, las cifras son las cifras. Si el discurso ha entrado de lleno en el mercado, las obras son mercancías y los artistas ejecutivos ¿cuántas mujeres están en el consejo de administración de Repsol? Perdón, ¿cuántas mujeres españolas han ganado el premio Velázquez? (…)

Continúa en EXIT Express #58, Abril de 2011, pp. 58 – 60.