OPINIÓN

Vivimos en plena algarabía de novedades tecnológicas, aunque tal vez para los inventores que ya disfrutaban de ellas en la década de los 60 no sea tan impresionante, y esa algarabía hace que a veces no entendamos especialmente bien algunas cosas. Por ejemplo el fenómeno del selfie. Esa moda, más o menos estúpida, que consiste en fotografiarse uno mismo (el rostro, en un nuevo concepto del autorretrato) y colgarlo inmediatamente en las redes sociales. La tontería empezó hace unos veranos con esa invasión de pies y piernas al borde del mar, la piscina … y sus derivas posteriores. Hoy la mayor parte de los celulares, las nuevas máquinas de fotografiar, tienen dos objetivos, uno de los cuales funciona como espejo y con el cual podemos hacernos autorretratos, satisfaciendo así el ego que las redes sociales animan a desnudar en esa plaza pública virtual. Pero si conseguimos superar el medio, las redes sociales, y centrarnos en la idea del selfie veremos que es simplemente un paso inevitable en la popularización del uso de la fotografía.
Cuando Kodak y el señor Eastman consiguen hacer de la fotografía el arte más popular y socialmente generalizado, con la idea de que ya cualquiera puede retratar a sus hijos, amigos, que cualquiera puede hacer paisajes allí por donde pase, que cualquiera se puede convertir en fotoperiodista, en documentalista; es más, cuando algunos teóricos ya han convencido a la mayoría de que nuestras pequeñas y a veces miserables vidas privadas son un documento que no podemos esconder a los demás (aquí tal vez está la explicación de parte del absurdo éxito de las redes sociales), ya sólo faltaba el tema más desarrollado de la historia, el subgénero de más éxito nunca antes visto: el autorretrato. Todos los grandes pintores han realizado autorretratos, algunos declarados y otros ocultos (como hace poco se ha descubierto con Caravaggio, que coloca su rostro en el cuerpo de un Dios mítico, y el de su amante en el de otro). Goya y Warhol, los conceptuales y los no conceptuales, Chuck Close y García-Alix…inútil intentar hacer una lista que abarque ni a una pequeña parte de todos los que lo han hecho, lo hacen y lo harán. Muchos argumentan que ellos / ellas mismos son sus mejores y más seguros modelos, siempre cerca, que posan gratis, que nunca se quejan, sí, claro. También están los estudios psicológicos sobre el desarrollo del ego a través de la reproducción del individuo. Como enfermedad y como cura, el arte usa y abusa del autorretrato, a veces de forma irónica, a veces como desafío. Nada que objetar. Pero me resulta inevitable simplemente asociar como, el autorretrato actual, convertido en el denostado selfie, es simplemente el empoderamiento absoluto de la fotografía por una población que ha olvidado las razones, los orígenes incluso de lo que hace, una población que tanto avanza en el uso de nuevas herramientas tanto retrocede en la comprensión de sus actos. La ignorancia galopa a lomos de los millones de IPad, Iphones y ebooks que en el mundo son. La culpa no la tiene la tecnología ni el desarrollo, igual que la culpa de la crisis no la tienen sólo los políticos ni los bancos, sino todos aquellos que una vez, y algunos aún siguen, creyeron en ellos, de todos aquellos que hicieron de la especulación y el abuso (cada uno en la escala que pudo) su mejor entretenimiento. La ignorancia se expande a mayor rapidez por el mundo que cualquier virus mortal y nadie estudia cómo acabar con ella.
Como compensación veo con sádico regocijo los múltiples casos de personas que este verano se han despeñado intentando hacerse selfies en situaciones límites. Y es que no saben, entre tantas otras cosas, que el arte mata, y que los grandes fotógrafos corren riesgos infinitos. Y es que en la fotografía, igual que en todo el arte, la herramienta no es tan importante, lo importante es la inteligencia.

Imagen: Andy Warhol . Detalle de Andy Warhol con cámara, 1974. Colección Polaroid.