OPINIÓN

Después de 18 años de dictar la política cultural del País Valenciano, Consuelo Ciscar deja el IVAM e inicia su salida de la política y de la cultura nacional. Ha hecho falta que su marido, Rafael Blasco, Conseller (Ministro) en todos los gobiernos de la Generalitat del PP hasta ahora, sea imputado por corrupción (nada más y nada menos que por millones de euros birlados a diferentes ONGs de apoyo a Latinoamérica para comprar pisos y plazas de parking en Valencia) para que alguien en su partido haya empezado a pensar que era hora de renovar la imagen. No confío en absoluto que este cese disimulado como una dimisión tenga ni siquiera relación con toda la corrupción que Ciscar ha escondido debajo de sus faldas en estos años, nada que ver con su lamentable gestión, y menos aún que guarde relación con su continuo disparate de programación, su burla al arte valenciano en general y su canal único de amiguismos y repartos de favores y dineros entre los de siempre. Porque si fuera así, este cese habría sucedido hace mucho tiempo. Ocasiones no han faltado, la última su conexión con la mafia china, comprando fotografías que nadie habría comprado ni por una cuarta parte de lo pagado a un galerista que ha acabado acusado, detenido, su galería cerrada… Pero claro, son muchos los que la han apoyado a pesar de todo y de mucho más si hubiera hecho falta. Nombres ilustres como los de Francisco Calvo Serraller o Tomás Llorens, y algunos más que sin duda se han beneficiado mucho de su amistad. Ellos y sus familias, los hijos de estos dos catedráticos han trabajado en el IVAM y ellos han comisariado hasta el aburrimiento exposiciones a unas tarifas que no cobraría una mega estrella internacional, algo que ellos desde luego no lo son.
Si buscamos en los currículos y en las cuentas bancarias de los artistas, arquitectos, y otros (valencianos casi siempre, pero no sólo) que ahora lo lamentan, que antes y siempre la han alabado, veremos que hay una conexión clara y directa con ella y su poder: el dinero y las exposiciones. Favores. Es triste tener que decirlo, pero es algo que todos sabíamos desde siempre. Desde ese crítico que le comisariaba todas las exposiciones y le escribía todos los textos hasta esos artistas que siempre regalaban obras al IVAM… después de venderle todos los restos de sus talleres por precios astronómicos unos días antes. Es triste pero todo es un asunto de verduleros, lo más antiguo del mundo: te doy un jamón y apruebas a mi hijo, te doy una exposición (y quien dice una dice ciento) y tú me apoyas. En Valencia siempre se dice “¡Será por dinero!”, y desde luego no era por dinero por lo que Ciscar se iba a cortar. Tenía para dar y ella daba, o mejor dicho invertía. Pero no en el Museo, su colección y su prestigio. Invertía en cimentar un poder absurdo, en construir un ídolo de barro que tarde o temprano tenía que caer por su propio peso, y ahora ha caído. Es un tema de mediocridad, de unos miles de euros, a veces millones, en el que han caído críticos de arte, catedráticos y hasta filósofos como Francisco Jarauta, otro comisario adulador habitual en el IVAM. Y artistas, muchos, muchos, muchos… Y nunca se dicen los nombres ni de los artistas, ni de los críticos, ni de los filósofos, ni de los catedráticos, porque pensamos que todos los saben, pero sería importante hacer una lista, para que luego no se hagan los honorables y sepamos todos que su verso y su prosa valen un puñado de euros.
Es lamentable que de toda su gestión de 18 años tengamos que hablar de los escándalos, de su afición a pagar viajes inverosímiles de exposiciones impensables a países como Santo Domingo, Cuba o lugares perdidos en el Caribe… donde obviamente pocos eran los interesados y el beneficio para los expuestos prácticamente nulo. Nunca lo entendí. Que sólo quede su absurda imagen hinchada, inverosímil para una señora que quiera cuidar su imagen pública. Que sólo recordemos frases como aquellas que decía en ARCO hace años (y me la dijo a mí personalmente), “aquí vengo a repartir un poco de dinero a los críticos, se contentan con poco y luego ya esta, callados todo el año”. Que el único artista del que hablemos sea de su hijo Rablaci (Rafael Blasco Ciscar), que con su alias artístico ya nos lo dice todo, hasta lo que no queremos oír. Es una pena, porque seguro que algo bueno ha hecho, pero ella misma y su partido, por no controlarla, ha sepultado cualquier cosa decente e inteligente debajo de toda la inmundicia imaginable, creando cada vez más enemigos, más ofendidos, más afectados… tantos que al final no había dinero para comprarlos a todos.
BSO de la opinión: Hugo Blanco. Se va el caimán