La fachada del Palau de les Arts de Valencia, obra del arquitecto Santiago Calatrava, se cae a trozos. Por lo que parece haber sido un error en el diseño, la arquitectura se ha convertido en un peligro. Tanto es así que la Generalitat ha tenido que tomar la decisión de retirar el trencadís que la cubría para evitar males mayores. Al edificio le han quitado la piel y ahora muestra sus entrañas con crudeza: lo que quisieron que fuera el gran símbolo de la ciudad, aquel cuyo valor estimaron en casi 500 millones de euros, se les ha dado la vuelta. La horripilante imagen es ahora el símbolo, aún más elocuente, de la pesadísima broma política que le han gastado a los valencianos.
El problema de estas bromas es que para lograr la sonrisa de unos tienen que humillar a otros: chistes de mariquitas, de gitanos, de mujeres, de Lepe… El objeto de todas las burlas, en esta ocasión, es un grupo de menores cuyo inviolable derecho a una educación de calidad está siendo violado a plena luz del día. Durante los años del despilfarro en que con dinero público se ponían en marcha sin reparo obras faraónicas como esta de Calatrava, la Comunidad Valenciana construyó también colegios públicos de calidad ínfima que ahora están pasando factura. Uno de estos centros fue el Colegio 103, improvisado con unos pocos barracones prefabricados -“contenedores tuneados”, dicen quienes los sufren-, y situado por irónica casualidad a escasos metros de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. El mismo sol mediterráneo que abrasó hasta resquebrajar el mosaico cerámico del Palau, en verano, se ensaña también con los techos de hojalata de las aulas provocando en el interior temperaturas incompatibles con el estudio. Y cuando se esconde el sol empiezan las goteras. La situación, que se suponía provisional, no parece importarle mucho a una administración que está permitiendo que se enquiste.
Sí le importa al proyecto Ruinas del futuro, que se ha empeñado en sacar algo bueno del montón de escombros de estas obras de peeling arquitectónico. La idea es exponer doce pequeños fragmentos del trencadís arrancado de la cubierta, subastándolos después para donar íntegramente los beneficios al Colegio 103. Los lotes son “calatravas” originales, de factura inconfundible, convenientemente numerados y fechados… ¿Quién da más? Con todo el dinero recaudado, bromean desde la página web de los organizadores, el alumnado quizá quiera decorar con trencadís sus barracones. En realidad se trata de convertir restos inservibles en ruinas, es decir, en objetos que sirvan en un futuro para comprender en toda su complejidad una cultura determinada. De momento, en el presente, estas ruinas del futuro sirven para hacer una reflexión crítica sobre la triste realidad política y social que habitamos.

Ya sabe: si quiere usted pujar, acérquese al Octubre Centre de Cultura Contemporània el viernes 28 de marzo a las 18:30. La casa de subastas insiste en que se trata de una oportunidad única de volver a pagar por lo que ya pagó.
Imagen: Estado actual del Palau de les Arts de Valencia, 2013.