OPINIÓN

Entre el final del verano y la llegada de las lluvias y de un tiempo inestable en lo meteorológico, lo político y lo simplemente humano, abordo el momento no sólo con tristeza sino con escepticismo. Escepticismo de que algo pueda ir mejor, de que esos cientos de miles de personas que recorren el mundo como parias en busca de un lugar donde poder pararse y simplemente vivir, lo consigan. Escepticismo de que unos políticos incultos socialmente e incapaces de empatía alguna, puedan solucionar nada. Se trata de una cierta forma boreal de insatisfacción. Mientras te ronda un resfriado y acabas una feria mediocre en un panorama de ferias mediocres, simples negocios para sus organizadores que viven de la necesidad de todos nosotros de poder vender algo para seguir adelante, es difícil sentirse satisfecho. Naturalmente la canción de los Rolling Stone (una de mis favoritas de siempre) ronda en el ambiente, porque siempre busco la satisfacción. Todos buscamos satisfacción en lo que hacemos, en lo que comemos, en nuestra vida y en nuestro trabajo, lo intentamos pero casi nunca lo conseguimos. Lo volvemos a intentar con cada exposición que pisamos, con cada taller que visitamos, con cada libro que empezamos, con cada amistad que empieza… pero difícilmente conseguimos satisfacción. Entre las brumas de una fiebre incipiente, la obligación de esta cita semanal y la búsqueda de un tema que no acaba de aparecer, crece esa sensación de insatisfacción. No ayuda seguramente estar escuchando tangos mientras intento escribir unas líneas. Y entre las noticias que me rodean asoman esquinas de fallecimientos, de pérdidas, pero no voy a hablar de eso ahora porque sería demasiado triste, solamente busco algo notable de lo que hablar. Notable me parece el esfuerzo de galeristas y de artistas para seguir buscando, intentando conseguirlo, ellos también buscan una satisfacción que ciertamente sería también la nuestra, pero las circunstancias no dan de sí. Un público sin gusto y sin alegría, que no sabe mirar ni distinguir una fotografía de una silla, no es precisamente una ayuda. Unos críticos que confunden arte y política, profesionalidad con dinero, que no conocen ni el callejero de su propia ciudad, acaban por desanimarte, y aumenta tu admiración por esos artistas que superan ya la edad de emergentes y que siguen sin vender, o vendiendo poco, ganándose la vida en las cunetas de la sociedad, como pueden, para seguir haciendo lo que les gusta, para conseguir algo de satisfacción. Y cometo el error de mirar el periódico y veo con desazón que un dibujante francés “descubre” que “la mejor obra de Duchamp fue su manera de vivir” y que de esa frase gloriosa el periodista hace un titular. Me ataca una profunda insatisfacción y unas ganas de golpear violentamente al periodista y al dibujante, ¿es que no conocen a ningún artista? Porque la obra de cada artista es su propia vida y su obra plástica, sus textos, su música, cualquier cosa que hagan es un pequeño pedacito de esa gran obra que es simplemente vivir. Y de repente me vuelven a la cabeza esos emigrantes que hablan idiomas y tienen carreras universitarias atrapados en fronteras, tratados como delincuentes, y pienso que la vida es una insatisfacción permanente trufada de pequeñas alegrías, de mínimos logros. No es que el arte imite a la vida, es que la vida es el gran lienzo siempre incompleto en el que divagamos y buscamos, sin conseguir encontrarla, alguna satisfacción. Y cerramos momentáneamente el ordenador para arroparnos con un cacao caliente deseando que la fiebre se aburra de nosotros como nosotros de casi todo y no esté ahí por la mañana; y nos acostamos con miedo, porque recordamos lo que dijo Kafka, eso de que despertarse es el momento más arriesgado del día. Y te das cuenta de que la inteligencia y la sensibilidad de tantos artistas es la única satisfacción que podremos encontrar.