Tras Jeremy Deller, Steve McQueen, Tracey Emin o Gilbert & George, es ahora el turno de Sarah Lucas (Londres, 1962) de ocupar el pabellón del Reino Unido en la Bienal de Venecia de 2015. A esta artista, que ya había participado en la Bienal de Venecia en el 2003, se la suele relacionar con Damien Hirst , Gary Hume y el resto de Young British Artists – con quienes coincidió en la universidad de Goldsmiths y junto a quienes participó en la famosa exposición colectiva Freeze de 1988. Sin renunciar a ese espíritu de “enfant terrible” que la ha caracterizado, sus obras han sido capaces de tratar temas tan complejos como el sexo, la violencia, la deformidad o la muerte. Su trabajo se caracteriza por su afán comunicativo, por el intento de llegar a todos los públicos. El fin justifica los medios, podría decirse: ya sea gracias a su uso de materiales variados y objetos cotidianos -son famosos sus huevos fritos y su incorporación de vegetales- o por su sutil manejo de las emociones de los espectadores -unas veces atraídos a las obras por reminiscencias personales y otras seducidos por el halo desagradable y perturbador que las acompaña-, lo cierto es que el trabajo de Lucas no pasa desapercibido.
Los nuevos estudios del género y la sexualidad están también presentes en gran parte de su obra, que toma el cuerpo como un inagotable lugar de trabajo atravesado por varios discursos -entre ellos, el patriarcal, convertido en el objeto de las críticas de Lucas. Además de referencias feministas, Lucas bebe de una fuerte tradición artística, por lo que los ecos surrealistas o los vínculos con el ready-made también aparecen en su obra. Es precisamente su capacidad de sumar influencias y su extraordinaria inventiva lo que ha destacado la directora del consejo británico de artes visuales Andrea Rose.
Su obra forma hoy parte de las colecciones del MOMA de Nueva York o la Tate de Londres, lo que significa que su mala educación y sus provocaciones han logrado entrar en el museo. Veamos qué logra introducir en el pabellón británico. De momento, los encargados de seleccionarla se preparan para una buena dosis de “wit”, es decir, de producto nacional, como es de esperar en una bienal.