Un año más San Sebastián demuestra que la cultura es rentable. Cómo la cultura no tiene por qué ser un desastre y cómo se puede hacer un evento anual siempre diferente, siempre apetecible, siempre interesante. Hace poco hablábamos de que las cifras que acompañan a este festival son una prueba de cómo los eventos culturales, bien pensados y realizados, pueden servir a una ciudad para crearse una imagen, una marca como se dice ahora, absolutamente positiva a nivel internacional y además hacer ganar millones a todos los involucrados: generando trabajo y actividad de todo tipo. Pero además es una buena prueba de que no sólo el cine espectáculo tiene el favor del público, sino que el cortometraje y el cine de los países periféricos (con respecto a los centros de producción) no sólo importan sino que son una baza de futuro. Diferencia e identidad, esas son las dos características de un festival que cada año convierte España, Euskadi y San Sebastián, en un lugar donde los especialistas y los aficionados quieren estar. Lo nuevo, lo experimental, todo tiene cabida como demuestran cada año los premios que se conceden. Y tal vez esa sea la fórmula, no negar nada, no ocultar ninguna de las líneas de desarrollo de un lenguaje artístico en evolución. Tal vez por eso es único en España, porque tiene en cuenta tanto el contenido como la forma, el arte y la cultura,así como su parte económica.

Es además, la única cita cultural que realmente existe en España que tenga ese reconocimiento internacional. Cierto que el cine es el arte que más público atrae, pero otras manifestaciones artísticas han logrado en otros países un éxito similar, mientras que en España parece que eso es imposible. Es también en el Festival donde cada año asistimos al enfrentamiento del sector con las políticas y sus políticos. Algo que tampoco otros sectores parecen querer plantear.