La luz eléctrica ha sido desde sus orígenes motivo de fascinación para muchos artistas: desde el cambio que supuso en lo que a cuestiones prácticas se refiere -poder trabajar a cualquier hora sin la limitación de la oscuridad-, hasta asuntos mucho más estéticos como el movimiento y los colores que se descubren gracias a la electricidad y a los que muchos, recordemos Mondrian y su homenaje a las oscilaciones lumínicas de Nueva York con su Broadway Boogie Woogie, han rendido homenaje. Pero si la luz fue una aportación fundamental al oficio las luces de neón, con su capacidad para generar ritmo, color y movimiento, pronto -en los años 40- abandonan las calles que las acogieron por primera vez (desde que Georges Claude las inventara en 1912) y se incoporan al imaginario artístico con obras que las asumen como elementos plásticos de gran fuerza y calado expresivo para, posteriormente y sobre todo con la aportación minimal de Dan Flavin, independizarse por completo con sencillez y autonomía propia. De este modo la Maison Rouge de París acoge un proyecto comisariado por David Rosenberg en el que se explora precisamente el uso del neón para la creación contemporánea: desde las primeras obras de los 40-50 como las de Lucio Fontana-; pasando por las de François Morellet, Bruce Nauman, Stephen Antonakos, Joseph Kosuth y Mario Merz en los sesenta; las de artistas actuales como Jason Rhoades, Sylvie Fleury o Claude Lévêque entre otros. La muestra es un espectacular conjunto de atmósferas nocturnas en las que se pasa de instalaciones complejas de un horror vacui incandescenta a piezas ultraminimalistas que, de igual modo, lo inundan todo con su hipnotizante ritmo eléctrico. Hasta el 20 de mayo.