El Grand Palais de París dedicará a partir de este 26 de marzo su enorme espacio de exposición a Robert Mapplethorpe (Nueva York, 1946). Lo llenará con más de 250 de sus fotografías, realizadas desde principios de los setenta hasta 1989, año de su muerte. Será, seguro, una de las más importantes retrospectivas que se le haya dedicado nunca al fotógrafo. O al artista, mejor dicho, porque aunque se dedicaba a hacer fotos, desde el principio quiso considerarse artista, Artista con mayúscula. Antes de coger la cámara, pintaba, hacía collage, pero enseguida se dio cuenta de que la mejor manera, y la más rápida, que tenía de crear imágenes era la fotografía -decía que la fotografía le había elegido a él, y no al revés. Empezó con Polaroids, y terminó haciendo algunos de los retratos, bodegones y desnudos más icónicos de la historia del arte.
Esta gran exposición de su obra, organizada con la colaboración del Musée Rodin y la Robert Mapplethorpe Foundation, pretende mostrar al fotógrafo como un artista clásico, que revisó los grandes temas que han tratado los grandes maestros mirando a través de su objetivo. Para ello, el recorrido trazado empieza por el final: la primera fotografía que se ve es un autorretrato en el que Mapplethorpe sujeta un bastón cuya empuñadura es una calavera. Es la imagen de un hombre muy joven que ya parece viejo, que ya sabe que se muere, que mira al espectador como desde una fotografía póstuma. Es una mirada lanzada a su propia obra ya desde la historia. A partir de aquí, el espectador se acerca a sus musas -Patti Smith y Lisa Lyon- y a sus grandes temas, como su panteón, hecho de imágenes de estatuas de dioses clásicos tomadas en sus últimos años, de Hermes, de Eros, por supuesto… En realidad, para él todas sus imágenes de cuerpos eran imágenes de estatuas, esculturas fotográficas a partir de las cuales dar forma a su incisiva reflexión sobre la belleza y el deseo.
Pero su comisario, Jérôme Neutres, se niega a colocar todas estas imágenes en una vitrina de cristal a salvo del entorno: estas obras son indisociables del contexto sociocultural en el que se generaron. Son incomprensibles sin la cultura gay de aquellos años en la ciudad de Nueva York, en la que el sexo y el estallido de la libertad se mezclaban con la violencia de la represión y con las muertes del SIDA, enfermedad que devastó entonces a una generación entera y que terminaría por matar al propio Mapplethorpe a la edad de 42. Sus fotografías son esencialmente incómodas, como lo demuestran las censuras constantes con las que se han tenido que encontrar a lo largo de los años. Y siguen siéndolo: aún hoy, sus capturas más explícitas, más pornográficas, más sadomasoquistas, se exhiben en una sala apartada en la que no pueden entrar niños.