En 1984 la fotógrafa holandesa Rineke Dijkstra inauguraba su primera exposición individual en Ámsterdam. Por aquel entonces la fotógrafa tenía 28 años y ahora, otros 28 años después, Nueva York, la gran ciudad del arte contemporáneo, se rinde a sus pies con una muestra monográfica en el Guggenheim. Una exposición que anteriormente pudo verse en a la costa Oeste, donde el SFMoMA exhibió más de setenta fotografías que ahora viajan a la gran manzana. Las fotografías limpias y directas de Dijkstra tienen algo que atrapa. Un aura de instante detenido que, a pesar del medio fotográfico, no todos los fotógrafos logran recrear. Una mezcla de añoranza y nostalgia; de pasado inmediato ligado a un futuro todavía prometedor y misterioso. Los retratos individuales o en grupo de adolescentes son, sin duda alguna, el hilo conductor más reconocible de la carrera de la fotógrafa; niños y personas semiadultas que se encuentran en un estado de transición en el que cualquier cosa es posible. Una sensación, la del porvenir, la del nerviosismo generado por las expectativas que la fotógrafa recoge con excepcional maestría ya sea en un escenario, poco propicio a lo poético como son las playas de medio mundo; un parque, una discoteca o una piscina. Desgarbadas sirenas que recuerdan a Botticelli, toreros, soldados, nadadoras y madres primerizas; colegiales o grupos de amigos captados con un excepcional clasicismo compositivo, con una iluminación suave y, sobre todo, con una profundidad psicológica que recrea estados de ánimo tan profundos y volátiles, como la adolescencia que los genera. Una exposición que permanecerá abierta hasta el 8 de octubre y que hará las delicias del público norteamericano.
Imagen: Rineke Dijkstra. Beach Portraits.