La semana pasada se inauguró la primer gran retrospectiva en la Ciudad de México, del artista de origen alemán Mathias Goeritz. La sede de la exposición, una de las más esperadas en lo que va del año, es el Palacio Cultural Banamex, ubicado en el centro histórico de la ciudad. Esta muestra se realiza en colaboración con el Museo Reina Sofía y el Museo Amparo.
Aunque la minuciosa muestra, realizada por el centenario de su nacimiento, acaricia todos los ámbitos, técnicas y facetas que el artista exploró a lo largo de su vida, su objetivo principal son las propuestas teóricas y plásticas desarrolladas desde su llegada a México, particularmente la “Arquitectura emocional”, para muchos, el legado y eje de trabajo más importante de todas sus creaciones.
El recorrido abre y cierra con Ataque o La serpiente del eco (una réplica oficial con apenas pocos metros menos que la original) que como en su contexto original, en el patio del Eco, la inmensa y trémula escultura, recibe con sorpresa a los visitantes. Esta es, sin duda una pieza clave en el concepto de arquitectura emocional y apenas la primera de las más de 500 piezas que alberga el recorrido, que cuenta con esculturas, pinturas, gráficas, tapices, fotografías, proyectos, maquetas, mobiliario, serigrafía, libros, documentos, dibujos y bocetos, provenientes de 50 colecciones distintas. Además, otras 40 obras más complementarias, de artistas como Calder, Lucio Fontana, Yves Klein, Kati Horna, Germán Cueto, Miró, Friedeberg y más.

La muestra está compuesta por 17 núcleos temáticos, divididos en 2 pisos. Se rompe la continuidad clásica de las exposiciones al obligar al visitante a pasar de la planta baja al cuarto piso para seguir el recorrido. Se infiere, sin mucha certeza, que el piso de arriba (el cuarto) está dedicado a desmenuzar otros ámbitos de los que el artista fue protagonista, como su paso por España en los años cuarenta, comenzando con la fundación de la Escuela de Altamira. Destaca su rol como promotor, con los pintores españoles de avanzada, como Miró, y la gran influencia que estos le inyectaban a sus pinturas de aquella época.
En otra sala del mismo piso, se desarrolla la exposición de Los Hartos, un proyecto lúdico en su ejecución, como un ready made, pero muy serio y confrontativo en su teoría, que desafiaba a los Nuevos Realistas europeos. Este proyecto estaba conformado con Kati Horna, Chucho Reyes, José Luis Cuevas y otros artistas de la época y gozó de gran éxito mediático. No faltan tampoco los tres manifiestos que Goeritz escribió en Nueva York, en París y en México. En otra sala se pueden disfrutar las máquinas destructivas de Jean Tinguely, que interpelaba con sus ideales nihilistas, al arte ceremonioso, sacro y trascendental al que aspiraba Goeritz, con por ejemplo, el bellísimo Salvador de Auschwitz. También se pueden comparar los monocromos dorados del alemán con los de Klein, y fotos de las latas con materia fecal que Piero Manzoni presentaría un año después en la misma galería en donde Goeritz había proclamado su tercer manifiesto El arte plegaria contra el arte mierda.

De vuelta al piso principal y a la planta baja, se empieza con bocetos y pinturas de variadas técnicas donde Goeritz comenzaba a experimentar con el concepto de la serpiente, las formas gráficas y los ángulos rectos de tamaños dispares. Después vienen sus innovadores mensajes dorados y sus comienzos dentro de la poesía concreta, llevada a la escultura y la pintura con su Poema plástico, así como sus primeras esculturas a su llegada a México, ya influenciadas por el arte precolombino, en donde encomendaba a artesanos de Guadalajara la creación de las mismas, proyectando de manera novedosa sus ideas modernas; estas piezas no fueron digeridas tan fácilmente en un principio por los conservadores y representantes del nacionalismo socialista.
Sin embargo, Goeritz contaría con distintos e importantes colaboradores y mecenas dentro del gremio arquitectónico, que le ayudarían a materializar el concepto de arquitectura emocional, que el artista venía gestando desde que vivía en Marruecos.

Se exhibe el proyecto que fue el Museo Experimental El Eco, primero del mundo y bastión de lo abstracto. No sólo se presenta la importancia estética que esta creación significó para el artista y para México, sino que también se habla del vital mecenazgo del cual Goeritz gozó en su carrera y sin el cual, la mayor parte de sus proyectos más importantes jamás hubieran sido posibles.

A partir de la construcción de El Eco, se repasa detalladamente la iniciativa de La ruta de la amistad y el centro del espacio escultórico de la UNAM, así como su proyecto póstumo El laberinto de Jerusalén, para culminar la exposición con toda la gestación, contextualización y realización del monumental proyecto e hito de la modernidad mexicana, de Las Torres de Satélite, hechas en colaboración con el arquitecto Luís Barragán y el pintor Jesús Reyes Ferreira. (El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional. Palacio Cultural Banamex. Ciudad de México. Del 28 de mayo hasta septiembre del 2015).


Imagen: Una de las piezas de Mathias Goeritz en la exposición.