OPINIÓN

Sinceramente, no sé qué decirles. Hace unos meses me quejaba de que en el Museo Stedjelik de Amsterdam “actualizasen” los títulos de sus cuadros antiguos, y así, donde el autor (o alguien de una época antigua, en su defecto) titulaba Retrato de mujer negra con abanico se pusiera Retrato de mujer con abanico. Mi profesora de Lengua del colegio diría que el adjetivo “negra” es esencial para entender la obra, la intención del artista, y que era un diferenciador frente a la multitud previsible de retratos de mujeres con abanico, y que el ser negra definía la obra sin suponer una cualificación moral ni social. Hoy todo resulta una calificación moral y social, y lo peor es que los jueces calificadores suelen ser esos tipos que en las películas del oeste se empeñan en linchar al primero que aparece por su pueblo. La solución parece ser resetear la historia, reconducir la memoria, como en un Fahrenheit 451 real.

Hoy leo en Facebook que en Nueva York el pasado viernes un grupo de neoyorkinos, encabezados por Mia Merrill, de 30 años, y una propietaria de un comercio de la ciudad, presentaba al Metropolitan Museum la petición de eliminar de la exposición de la colección el cuadro de Balthus, Thérèse Dreaming, de 1938, debido al actual clima de ataques sexuales. La petición alcanzó el sábado 7.000 firmas y el domingo el portavoz del Museo, Kenneth Weine, desestimaba la petición de quitar la pintura por considerar que “el arte refleja los sentimientos, formas y pensamiento de diferentes épocas, diferentes periodos de la historia y no solamente del actual. Nuestra misión es coleccionar, estudiar, conservar y presentar obras significativas del arte a través de todos los tiempos y culturas con el objetivo de conectar al público con la creatividad, conocimientos e ideas de todos esos periodos y autores”.

Balthasar Kłossowski de Rola (29 de febrero de 1908 en París – 18 de febrero de 2001) fue un artista franco-polaco de buena familia, su padre fue un importante historiador de arte, su hermano mayor pintor y dibujante, escritor y un personaje destacado de la época. Balthus es conocido por sus pinturas de una sensualidad indudable, en las que las jóvenes son personajes esenciales, influyó en poetas, músicos y escritores como Jean Cocteau, asiduo a su casa familiar. Eliminar su obra de un museo es borrar no sólo un pedazo, tal vez breve pero sin duda muy significativo, de la historia del arte de la primera parte del siglo pasado. Sobre todo es algo incomprensible. Habría que eliminar todos los cuadros renacentistas de raptos y torturas, todos los cuerpos desnudos y hermosos, todas las fotos de Newton, de Callahan, y las obras de tantos, cientos de artistas de todas las épocas. La causa de los ataques sexuales, su excusa ni su provocación no hay que buscarlo en los calzones de la inocente Thérèse mientras dormita en una postura imposible en un sofá del salón de su casa, hay que buscarla en una sociedad machista, en una educación vulgar y retrograda, en unas leyes que permiten y justifican esa violencia social, en el amparo de los fuertes y la degradación sistemática de los débiles. No es en el Museo donde hay que buscar el problema ni su solución, sino en la calle, en los medios de comunicación, en la redes sociales, en las casa de cada uno, en como cada cual educa a sus hijos, en los colegios… en la vida de hoy, no en la vida de París de 1938. ¿O vamos a prohibir todos a nuestras hijas que se pongan faldas o pantalones cortos? Les vamos a prohibir que salgan solas y de noche, que se diviertan, que vivan… O tal vez sería mejor garantizar su seguridad con otras medidas que no las arrinconen a ellas, a nosotras, sino que busquen el castigo de los culpables y la igualdad de todos los ciudadanos. Y la cultura ahí también tiene un papel importante de enseñanza y de libertad. La cultura siempre es una ayuda, un aliado, nunca un problema. Ocultar la belleza, ocultar la inteligencia, no es nunca una solución. Prohibir el arte abre las puertas a la tiranía y a la dictadura del horror. Resetear las mentes, la historia, los museos, es el comienzo del fin.

Podemos elegir entre afirmar que la calle es nuestra, que los museos y el arte nos pertenecen o ponernos un burka, declarar la ley marcial y quemar todos los libros, especialmente los que tienen imágenes. El MET, de momento, ha optado por la inteligencia y la libertad.