Estamos en febrero, en Madrid. Toda la vida cultural gira en torno a la semana de ferias de arte en la capital. Una semana con al menos tres ferias que pretenden concentrar el mercado del arte, y no sólo eso sino también el público aficionado, la industria cultural, la atención y el glamour de una sociedad que tal vez hoy más que nunca necesita salir adelante, como si aquí no hubiera pasado nada. Pero ¿realmente es necesario ir a una feria para ver o para comprar arte? ¿Para qué y por qué hay que ir a una feria?


La asistencia a una feria es obligada, en principio, para las galerías del país donde se celebra la feria… claro, que en España hay varias feria a lo largo del año que suelen ir escalonando fracaso tras fracaso, año tras año, hasta que cierran de forma más o menos discreta.
Naturalmente ARCO es otra cosa. Las galerías de fuera de Madrid, que no tienen apenas visibilidad en sus ciudades, y que la posible venta durante la feria puede suponer la parte central de la facturación de todo el año, vienen a la feria con la ilusión de hacer caja suficiente para poder resistir el resto del año. Pero ¿cuánto gasta una galería de fuera en venir a Madrid?


Con un stand mediano de setenta metros el precio viene a ser de 18.000 euros, más los “arreglos” de luces, muros, cambios, almacenes, es decir, un mínimo de 20.000 /25.000 euros, a lo que habría que añadir los transportes, hoteles, dietas e imprevistos, quedando un total para dos personas (sin contratar ayuda para el stand) entre 40.000 y 50.000 euros, siempre que no hablemos de personas con gustos lujosos. Teniendo en cuenta que de lo vendido habrá de reservar un mínimo del 50% para pagar al artista su porcentaje en las ventas, la galería tendrá que vender un mínimo de 100.000 euros (redondeando) solamente para cubrir gastos y no perder dinero en la aventura ferial.


Ahora bien, estamos hablando de galerías pequeñas, de ciudades como Murcia, Vigo, Pamplona, que suelen trabajar con artistas cuyas obras no alcanzan precios millonarios, y que el promedio de los precios es, en el mejor de los casos, inferior a 20.000 euros. Es decir, hay que vender más de 100.000 euros en cuatro días, y preferiblemente cobrarlos, para no irse con las manos vacías. Aunque no hay nada que pague el estado de ansiedad, los niveles de estrés que se viven en el stand de una feria viendo cómo pasa el tiempo y nadie pregunta, nadie compra, algunos dicen que vuelven el último día.


Sin embargo, todas las galerías preguntadas por la importancia, por la necesidad, de asistir, de participar en ARCO, tanto las que van como las que no van, coinciden: es muy importante estar en ARCO, prácticamente imprescindible estar. Quien no está tiene más difícil cada vez su supervivencia. Pero, ¿y si no se vende lo suficiente como para amortizar gastos? Da igual, es una inversión. Es una cuestión de visibilidad. Y, ya se sabe, lo que no se ve no existe. Pero, curiosamente, todas estas galerías que luchan por gastarse más de 100.000 euros en visibilidad durante cinco días, sin garantía en absoluto de nada, no gastan ni un sólo euro en publicidad, promoción, es decir en visibilidad, durante los otros 360 días del año. Demostrando así la alta profesionalidad de un sector que vive tomando aire a bocanadas, comiendo un día al mes, con un estilo singular según el cual parece que en cinco días pretenden conseguir visibilidad nacional, y también internacional – ya de paso–, captar clientes nuevos, promocionar a sus artistas y, si queda tiempo, vender lo suficiente para aguantar hasta el año que viene, que durante otros cinco días estrepitosos volveremos a vivir un tour de force impresionante.


Curiosamente nadie se queja del gasto total, imprescindible para estar en ARCO, lo ven como una inversión natural, lógica, necesaria. Un riesgo que se asume. Antes con lo vendido en ARCO se salvaba el año, hoy por hoy, con no perder demasiado, casi todos se conforman. Al menos antes de la feria.


Las razones por las que las galerías extranjeras siguen viniendo a Madrid entran en lo esotérico, dado que el mercado nacional es más bien escueto, aunque parece que es el comprador internacional, esa preciada presa, el que el año pasado salvó ARCO y el que este año será el más deseado de todos los compradores. Representantes de mercados estables, donde sus galerías procuran su visibilidad durante todo el año, no sólo a través de su presencia en ferias, sino de una publicidad estable, de unas relaciones siempre activas, de intercambios con otras galerías… de gastarse el dinero no de una sola vez a una sola ficha.


De momento, seguimos igual: todos a ARCO. A intentar vender, a que se te vea, a que tu galería se refuerce. El resto del año… el resto del año nos quejaremos de lo mal que está todo y de que no se vende nada.



Imagen: Vista de ARCOmadrid 2011