OPINIÓN

Hay que empezar diciendo que público somos todos. Todos los que acudimos a ver, a mirar, a disfrutar o a lo que cada uno haga o pretenda hacer en un museo, una galería, una exposición, una feria de arte. Público somos todos, desde el que compra hasta esos muchachos con ganas de llamar la atención que se sientan en el suelo con un bocata en medio de ARCO, por poner un ejemplo. Público es también el director de un museo, y los críticos de arte, los artistas que salen de sus talleres para ver exposiciones o cualquier otra manifestación artística. Hasta los galeristas son público en esas raras ocasiones que se desplazan desde sus refugios galerísticos hasta otras escenas del arte, o salen del cubil de sus stands en ferias para ver qué hace el vecino. Público son también los artistas, cuando pueden mirar algo más que sus propias obras. Público, es también, esa mujer que ha escrito en La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix un misterioso “AE911”.


Con más o menos entusiasmo, mejor o peor preparación, interés y cultura, con niveles dispares, y gustos dispersos. Con ganas de que nos guste, con odio al mundo, entendiendo o queriendo entender, o sólo por pasar la mañana de un domingo. Para ligar y demostrar lo cultos que somos, o porque no se sabe a dónde ir, porque llueve o porque hace calor… da igual. Esa acción a veces ingenua a veces suicida de ir a una exposición, de situarse delante de una obra… de una obra que tal vez sea de arte, que tal vez nos cambie la vida, nos convierte a todos sin excepción, niveles ni grados, en público.


El público somos esos millones de personas en todo el mundo que asistimos sorprendidos a unos rituales de los que se nos mantiene ajenos. Somos ese receptor anónimo, hidra de miles de cabezas, que no tenemos medios para responder a una oferta artística que se construye para nosotros pero, obviamente, sin nosotros. Somos esas cifras falsas y abultadas de taquilla, los que hacemos posible las subvenciones y presupuestos a instituciones, museos y a todo lo que se mueve… o movía. En definitiva somos la razón final del trabajo de casi todo el mundo del arte. Una frase de Dora García afirma desde las paredes de los museos que “el arte es para todos pero sólo una élite lo sabe”, y esa élite parece empeñada en que sólo ellos mismos sigan sabiéndolo. Realmente nadie piensa en nosotros. Somos, simplemente una excusa.


Una excusa que llena la Documenta y las bienales con cientos de miles de asistentes que cruzan fronteras, océanos, mares y llega hasta donde la obra de arte esté. Somos los que pagamos las entradas a las ferias y nunca tenemos tarjetas VIP para nada. Ese desconocido que molesta cuando pregunta un precio (se nota que no vamos a la compra ¿tal vez por los zapatos, como dicen las galeristas?), ese señor, esa joven, ese muchacho que lee con avidez las cartelas de los museos, las hojas de mano de las exposiciones, todo lo que encuentra a su paso, preferiblemente que no cueste una fortuna. Ese público eres tú que lees estas líneas con media sonrisa en la boca, o que ya has dejado de leerme porque te aburro. Ese público soy yo, también.


Somos los que leemos los libros, comprados o robados (porque robar un libro está mal, pero robar las ilusiones está mucho peor). En fin somos todos nosotros, aunque algunos, tal vez muchos, siempre demasiados, se creen por encima de la mayoría. Esos que se hinchan hablando de nosotros y a los que no les importamos un rábano: galeristas que se creen que hacen ellos las obras que exponen, directores de museos que se saben el Mesías redivivo, políticos que dictan lo que podemos y no podemos ver… todos ellos son público también, aunque por lo general un público sin interés y sin paciencia. Un mal público, el peor de todos.


Nosotros somos los que asistimos con la boca abierta ante las acciones y declaraciones de algunos artistas, ante obras que no sabemos por qué ocupan un museo y que nadie se va a molestar en darnos una explicación. Nos asombramos ante cualquier nueva aparición de Ai Weiwei ya sea bailando el Gangnam Style o rompiendo una vasija supuestamente arcaica. Si no nos interesa, a nadie le importa. Somos libres de irnos, de reírnos, de llorar y hasta de disfrutar. De valorar más a una Marina Abramovic en blanco y negro que a esta otra segunda parte de una artista que nos enseña su loft en Nueva York (“no quiero imágenes en mis paredes, sólo blanco para descansar la mirada”) en una revista de decoración. Si nos sorprendemos o avergonzamos es cosa nuestra. No afectamos al mercado porque no vamos a comprar nada, tal vez algún catálogo, una revista, siempre un libro. Somos, tal vez, los más libres en todo este mundo del arte, porque sólo somos un número, una abstracción. Una sombra, una ficción, lo más parecido a una obra de arte en proceso.


Imagen: Visita a la Laidlaw Gallery, Art Gallery de Toronto, años 30.