OPINIÓN

No digo nada que luego se malinterpreta pero… realmente ¿somos conscientes de adónde vamos? Esta mañana revisando la información del fallecimiento de Howard Hodgkin (Premio Turner 1985) he consultado la historia de los Premios Turner. Sí, esos que parecen premiar lo más increíble, en los que puntúa lo intangible, la idea, casi el ensueño, más que la obra en sí misma, aunque tal vez la obra sea el ensueño, no sé, tal vez. Pero viendo su historial y buscando en Google las imágenes de las obras me encuentro con que al buscar algunos artistas las únicas imágenes son retratos de personas, mientras que en otros salen sus obras. Tal vez esto se deba a que algunas obras son tan invisibles que no se pueden reproducir. Y claro, me pregunto si el tiempo va a ser más benévolo que internet. Porque lo que es seguro es que una obra de Anish Kapoor (Premio Turner 1991), aunque pierda su magia en una reproducción, siempre será reconocible e ilustrativa… pero cómo reproducir una habitación vacía, en la que unas luces se encienden de vez en cuando, para que parezca una obra de arte. Alguien me podría decir que el mismo problema existe al reproducir arte conceptual y que la instalación de Kounellis con los caballos, para muchos, por lo menos para algunos, nunca será una obra de arte. Pero yo le respondería que el arte o es conceptual o no es arte sino artesanía, y dicho esto caigo en que tal vez el Premio Turner ha premiado a muchos artesanos del futuro últimamente. Pero no es ese el tema, porque entre Gilbert & George (Turner 1986) y Grayson Perry (Turner 2003) me queda más que claro dónde hay una idea y dónde hay un jarrón. El tema es que hoy en día pareciera que sólo hay una corriente estética. Que todo tiene que parecerse a sí mismo para poder tener sus pocos minutos de gloria, su visibilidad, un par de textos y algún premio. Quiero decir que hoy se siguen pintando obras geniales. Que sigue existiendo más de una vía. Quiero decir, simplemente, que la Academia es la Academia aunque en cada época se vista a la moda correspondiente a cada tiempo.

Es difícil estar tan seguro de sí mismo y ser tan convincente como para ir por la vida con una pintura en cada mano y un par de ideas en la cabeza y conseguir que críticos, curadores, galeristas y coleccionistas se fijen en ti. Pero es posible. De hecho, me llama la atención que en los últimos tiempos los “grandes descubrimientos” del mercado son siempre pintores, y no tan interesantes por lo general. Pero alguien tiene que señalar a la Academia de hoy en día, aunque vista como un hipster, aunque vaya a la última o penúltima moda. Sólo quiero decir que no es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, no, simplemente quiero dejar claro que cualquier tiempo pasado fue igual al tiempo actual: lleno de gente vistiendo a la moda que dicta la Academia. Creando al dictado de una Academia que se quiso renovar, se quiso derribar, pero que ha acabado engullendo a todos en cada generación. O a casi todos, porque siempre queda un margen para que surja un artista genial de vez en cuando. Si hubo un tiempo que las clases de pintura con modelo la daban pintores, posteriormente esa misma clase la dieron filósofos (o profesores de filosofía, que no es lo mismo aunque lo parezca) y que aunque el concepto sea lo más importante, ese concepto necesita de la línea, del color, de las formas… Tal vez cuando llegue el tiempo adecuado sea el propio modelo quien dicte esas clases de dibujo al natural.

Igual que cuando es un artista el profesor sus alumnos acaban haciendo algo parecido a lo que el maestro hace, o tal vez todo lo contrario, la Academia se convierte en factoría, fábrica de productos en serie, repetición inexorable y eterno aburrimiento. Parece inevitable. Pero si es inevitable prefiero siempre la belleza de las flores que se pueden marchitar. Pero por si acaso, y en vista de que vuelve la pata elefante, el pantalón campana, y es cuestión de tiempo el regreso de las hombreras sin límites, les aconsejo guardar aquellas pinturas de la familia que ya nadie quiere. Sólo por si acaso.