OPINIÓN

Hay algunos lemas históricos de esta España nuestra que merecen estar en el glosario de estupideces universales de todos los tiempos. Son esas frases horribles que se siguen usando en citas y alusiones, pero de las que, poco a poco, se va diluyendo el autor de semejantes necedades. No porque ellos o sus herederos se avergüencen de haberlas dicho sino porque el tiempo, en su infinita bondad, lo borra casi todo. A lo que llega mi memoria es que todos ellos fueron dichos por las autoridades de cada momento, precisamente por aquellos que deberían haber dicho y hecho todo lo contrario de lo que con sus bocazas escupieron a la cara de la historia. Una muy buena es aquella de “Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola”. Creo que fue el general de la legión y matachín de Franco, Millán Astray, el que lo dijo; no sé si como respuesta a Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca, porque ya se me mezclan los capítulos indignos de nuestra historia. Pero da igual quién fuera porque incluso hoy lo podrían repetir no ya los insignes generales de nuestras fuerzas armadas, sino incluso el propio ministro de cultura, y, por supuesto, empresarios y políticos en general, sin sonrojo alguno. De todos los partidos, por cierto. Los más serios no lo dicen, pero estarían dispuestos a hacerlo, y si no es a la pistola será a las tijeras de recortar presupuestos o cabezas. Otra muy buena es la que en torno al año 1910-12 Miguel de Unamuno, a raíz de una disputa con Eugenio d´Ors, repite en conferencias y en textos, defendiendo su anti europeísmo y su creciente africanismo: “que inventen ellos”. Esta frase sigue vigente igualmente en nuestra política actual, ¿para qué dotar a los investigadores y a los científicos? ¡qué inventen ellos!, los otros, los extranjeros, que como también dijo alguien en torno a Unamuno y su frase, “ya nos aprovecharemos nosotros de lo que inventen ellos”. Pues así estamos, en la banqueta de espectadores, viendo los toros desde la barrera, el fútbol desde las barrigas “cerveceras” y la vida desde lejos. Dejando pasar la ciencia, la cultura y, cada vez mas rápidamente, la inteligencia, delante de nosotros sin que nos roce siquiera una de ellas.
Algo similar pasa en el mundo del arte, parece ser que no como una boutade, sino casi como una orden, se dijo hace tiempo “que coleccionen ellos”, y así seguimos, mostrando las colecciones de los otros, de aquellos que sí coleccionan, de esos que siempre fueron a ver exposiciones, galerías de arte, de aquellos que siempre pensaron que comprar arte no era solamente cosa de ricos, sino cosa de la vida, como comprar libros, como tener un buen coche, como procurar que tu casa tenga ventanales en lugar de ventanitas. Aquellos señores y señoras que compraban arte sin piedad consiguieron construir no sólo grandes patrimonios sino excelentes colecciones. Y no son solamente ricos riquísimos, que esos son los que no crean colecciones sino simplemente riqueza (que luego almacenan en cajas fuertes), sino gente que separaban de sus trabajos, a veces como empresarios pero a veces como simples profesionales, incluso como funcionarios de correos, unas cantidades que junto con su entusiasmo, insistencia y buen ojo, iban formando conjuntos de obras que con el tiempo se han convertido en pedazos enormes de buen gusto, de historia de la cultura, de placer, de riqueza de la de verdad; personas que conseguían gracias a su trabajo y el interés por el arte que las galerías les rebajasen precios, que los artistas acabasen haciéndoles algunos regalos complementarios a sus adquisiciones…. Pero, claro, mejor que coleccionen ellos. Nosotros, sin esfuerzos, sin gastos, sin problemas, de un sólo golpe, podemos disfrutar de sus colecciones cuando les pagamos la exposición en nuestros museos e instituciones. Que compren, que se equivoquen, que coleccionen, que triunfen ellos. A nosotros con mirar nos basta y sobra. Y así vemos que cíclicamente los museos que no tienen o que no cuidan sus propias colecciones reciben las colecciones de otros países, que instituciones que no gastan en cultura ni lo que se gastan sus dirigentes en comida, cuelgan en los muros de salas, que nunca producen nada propio, las colecciones de coleccionistas privados o de instituciones de otros lugares, y así, exposición tras exposición, seguimos repitiendo, “que coleccionen ellos”; nosotros sólo queremos la tarjeta VIP de las ferias, las invitaciones como coleccionistas aunque no compremos ni un cromo, queremos tener el nombre y los privilegios pero no gastar nuestro tiempo ni nuestro dinero en hacer una colección. Y si hablamos de las instituciones, que no es que no tengan dinero, es que se lo gastan en otras cosas, la situación ya es tan patética que de un sólo golpe entendemos perfectamente la situación tercermundista de nuestra cultura y la pobreza estructural de nuestro sector artístico. Pero, vamos, que sigan inventando ellos, y que no nos hablen de cultura, no sea que la liemos.


Imagen: Vista de la exposición La idea del arte del Archivo Lafuente en el MAS de Santander, 2014.