OPINIÓN

Desde que el arte actual decidió abrir las puertas y dejar la entrada libre a todo lo que parecía, era o podía considerarse nuevo, diferente, radical, asistimos entre sorprendidos y encantados a las mil y una caras de la imaginación, la repetición, la inteligencia y la estupidez. El problema es que todo puede ser arte. Todo puede ser etiquetado como arte, porque en la idea de lo nuevo, en la teoría de que todo lo que puede ser el origen de un impacto sensorial e intelectual es arte (como demostró Robert Hughes en su excelente serie para televisión) cabe prácticamente todo. Sólo hace falta que el tiempo, con su paso, nos diga si realmente fue un impacto real o un impacto coyuntural, programado… O tal vez basta con que un teórico desaprensivo lo certifique. La única realidad es que ya no estamos seguros de casi nada, y ante la duda aceptamos todo.


Hace tiempo que lo cotidiano, el enfrentamiento entre lo épico y lo vulgar, la simple normalidad de lo anodino, lo vulgar, lo feo, tiene ya categoría artística. Hasta aquello que Kant decía que era lo único que nunca alcanzaría este estatus, lo repugnante, lo sucio y asqueroso, hace ya tiempo que duerme divertido en los almacenes de los grandes museos del mundo. Y por lo tanto, como tan cínicamente se ha aceptado, si el canal-arte lo acepta, entonces, señores y señoras, es arte. No hay más que decir. Puede ser arte.


¿Realmente no hay nada más que decir? ¿No tiene el sentido común un lugar en este territorio común? El criterio personal, obviamente, no tiene rango de ley, sino solamente valor de fe. Podemos creer o no creer que una mierda (una mierda en el sentido literal, humana para más detalles) serigrafiada sobre un azulejo de cerámica sea considerada una obra de arte digna de estar en un museo junto con las pinturas y esculturas que conforman la historia del arte…, pero si está en la entrada de una de las salas de la Documenta va a ser difícil negarlo (el autor era Wim Delvoye). Pero si salimos de lo visceral para llegar a lo íntimo, o si –en otras palabras, salimos del cuerpo para entrar en el alma, hace décadas que la vida privada, amores y desamores (Marina Abramovic, Nan Goldin y un infinito etcétera…) forman una historia paralela del arte contemporáneo: una especie de revista del corazón que ha marcado nuestra formación sentimental. Puede ser arte.


En cualquier caso, lo más difícil de aceptar es la repetición como originalidad, aquello que no sólo ya no es nuevo sino que si impacta es precisamente por la grosería de la repetición, por la suplantación de la idea, de lo esencial. En este apartado se puede incluir aquello que parece ser tan rompedor que puede parecer igualmente nuevo cada cierto tiempo. La acción que la actriz ganadora de un Oscar Tilda Swinton ha realizado a la entrada del MoMA, The Maybe, una instalación no anunciada (es decir sin horario previsto, como lo mejor del conceptual histórico) y que ya había realizado en Roma y en la Serpentine Gallery de Londres, ha vuelto a convertirse en la duda existencial: ¿es arte?, ¿es afán de protagonismo?, ¿es realmente una instalación o se trata de una estratagema publicitaria? La actriz duerme, vestida, encima de un colchón y almohadas dentro de una vitrina de cristal (¿Cuánto hace que Greenaway puso una pareja desnuda en una exposición o que Óscar Bony puso a una familia trabajadora –padre, madre e hijo– en un estrado en una exposición….). Lo que una vez fue innovación, revolución, una creación radical…, años, décadas después, amortiguado por la moda, por la domesticación institucional, por la coyuntura favorable que convierte a modelos y actrices en artistas conceptuales… pierde su auténtico sentido, como un chiste mal contado pierde su gracia (por cierto la historia entre Marina y Ulay es tan aburrida como cualquier otra de la prensa rosa, por mucha muralla china que pongan de fondo). Es arte cuando la magia, el brillo de una mirada, la aguda inteligencia de una cabeza lógica y radical, lo crea, no cuando una bella mujer o un chulazo descomunal lo repiten ad infinitum y con presupuesto oficial. Puede ser arte, pero posiblemente no lo sea.


Imagen: Óscar Bony. La familia obrera, 1968.