OPINIÓN

Hace años un artista amigo decidió destruir toda la obra que tenía en su estudio. No sé si me dijo o no las razones, pero tantos años después yo creo que debería ser el hartazgo de convivir diariamente con unos trabajos realizados con ilusión y maestría, en los que sin duda daba lo mejor de él mismo y que se amontonaban sin ninguna esperanza de venta como pruebas de su fracaso comercial. Y no sólo comercial, porque los artistas tienen por lo general una gran producción de ideas, dibujos, bocetos, sueños y, finalmente, obras. Una producción que no tiene ninguna relación con su posibilidad de venta o exhibición. Esta es una situación que es muy frecuente en el arte actual, los artistas se acaban deprimiendo y desilusionando no ya de la falta de respuesta comercial sino sobre todo de la falta de cualquier tipo de respuesta. No quiero dar cifras que son imposibles de calcular de cuántos artistas ni de cuántas obras producen al mes, son en cualquier caso muchas. Muchos artistas, muchas personas pintando, fotografiando, haciendo todo tipo de cosas que unos llaman arte y otros no. Una gran producción de objetos. Más de los que podríamos imaginarnos. Si nos centramos en una feria, por ejemplo la recién acabada ARCO, nos resulta casi imposible calcular la cantidad de obras que se reúnen en ella: pues como término medio no suele haber más de 4 o 5 piezas por artista expuesto, cada uno de ellos tiene muchas más en sus estudios y no dejan de producir. Y los artistas que van a ARCO son una minoría en relación con la cantidad de artistas que puede haber en cada país.

Son muchos los artistas que llegan a un momento en sus vidas que entre la falta de espacio, una mudanza, cambio de estudio o que simplemente miran a su alrededor y recapitulan, deciden quemar sus obras. Destrozarlas. Algunos entran en una crisis de la que puede que no se recuperen. Es esta una parte del proceso de creación del que se habla poco o nada. ¿Qué se puede hacer con toda esa producción innecesaria pero inevitable, imprevisible? ¿Esperar a una hipotética revalorización y reconocimiento con el tiempo? Esa no es la solución a un problema que está en los límites entre lo físico y lo psicológico: ese exceso, esa abundancia de obras amenaza la salud mental del artista, su propia autoestima se ve cuestionada. Regalar no es una opción, además no hay familia y amigos para tanta obra. No es una cuestión puntual ni económica, es algo más grave, algo que amenaza la existencia del propio artista. Un almacén tampoco soluciona la verdadera raíz del asunto: ¿para qué y por qué se produce toda esta obra que posiblemente nunca vea nadie?

Mi amigo lo solucionó, no podía ser de otra manera, de una forma muy inteligente: cortó en piezas iguales todas sus pinturas, fotografías y dibujos, sin respetar temas, sin ningún tipo de orden ni de color ni de género ni de estilo, simples trozos de lienzos, de papel, pedazos de algo ya inexistente. Troceó metros de pintura, kilómetros de arte. De esa forma saciaba su desasosiego, esa ansiedad ante la abundancia y se asomaba al vértigo de la violencia contra sí mismo. Pero este destrozo estaba calculado, los pedazos eran similares. Pasada la furia, se aprestó a pegarlos sobre tablas de varios metros de longitud, creando, como el Ave Fénix, una nueva obra desde sus propias cenizas. El resultado fueron unas enormes piezas abstractas, coherentes en su origen, que reunía toda su obra anterior, una especie de muestra antológica retrospectiva para la que no había necesitado ni un curador ni una institución. El estudio quedó vació, su mente y su cabeza limpia, despejada para empezar de nuevo. Ahora, años después, cada vez que llego al aeropuerto de su ciudad veo en las paredes de sus pasillos, de las salas de embarque, toda su obra en pequeños fragmentos que sumados hacen paneles gigantescos. La gente pasa sin mirar, rápidos, otros se detienen y miran curiosos. Son pocos los que saben el origen de estas obras increíbles, pocos saben todo lo que muestran y lo que significan. Son años de trabajo que nos miran a nosotros, liberados del encierro para siempre, demostrando una vez más que la destrucción es una parte esencial de la regeneración, de la creación, del arte.