OPINIÓN

  • Duane Michals, fragmento de Dr. Heisenberg's Magic Mirror of Uncertainty, 1998

Sugerencia musical para acompañar la lectura: David Bowie. Space Oddity, 1972. Versión del comandante Chris Hadfield a bordo de la Estación Espacial Internacional, en 2013.

 

Yo no sé ustedes, pero yo vivo en una permanente desazón. Algo parecido a cuando viajas en un barco y empieza una tormenta que te impide agarrarte a nada fijo: te mueves en todos los niveles y direcciones a la vez, haciendo que tu estómago viaje en una dimensión y tu mente en otra, lo que produce diversos grados de mareo y, sobre todo, una gran incertidumbre. Ese barco se llama vida y, sinceramente, creo que la tormenta arrecia en los últimos tiempos. Para resumir: me siento como el comandante Tom de la canción de David Bowie, perdida en el espacio y sin posibilidad de volver a tierra firme. Es la incertidumbre. Cuando opté por el mundo de la cultura en lugar de por el de la ciencia, una de las razones fue esta: el principio de incertidumbre, la optimista idea de que en ciencia el hombre es un observador, mientras que en arte, literatura, música… somos actores, que la cultura era un territorio incierto, híbrido, en el que casi todo podía suceder; y si zozobraba en cualquier cosa, no sería la única e incluso que tus dudas podían ser muestra de una rica creatividad y tus errores no causarían ni heridos ni muertos, tal vez sólo un incierto malestar. Como decía William Kentridge, en este territorio te puedes equivocar en casi todo, que todo sirve, todo se puede aprovechar para crecer, para convertirse incluso en otra cosa.

Han pasado muchos años desde aquella decisión, que ahora sé que no fue mía sino que era la única opción real, y también sé que la incertidumbre está en todo, que es el aire que respiramos, la vida en estado puro. El principio de incertidumbre define todo lo que las estadísticas no pueden nunca saber, la razón ultima de la humanidad, está en el origen de la debilidad y de la grandeza, es la semilla del amor y el eje central del deseo. No podemos estar seguros de nada, todo es incierto y por ahí se cuelan todas las creencias, pues todas son ciertas y a la vez falsas, en su imposibilidad de ser demostradas. Todo lo visible es irreal, a veces incluso imposible, no podemos razonar y demostrar nada pues nada podemos saber con total certeza. No hay mejor aproximación al arte que esto. De hecho, no hay mejor forma de entrar en el estudio del pensamiento humano que por esta puerta que no sabemos realmente para dónde abre, si para adentro o para afuera.

Hace tiempo en Brasil me dijeron aquello tan bonito y sabio a la vez de que “el que sólo tiene certezas no tiene nada”. Hoy esa frase me ayuda a sobrevivir a políticos y demagogos, a vendedores de espejismos, a curadores y a artistas, a historiadores y expertos, a presentadores de televisión, a educadores analfabetos, a salva patrias de saldo, a padres y madres perfectos y a toda esa gente tan segura de sí misma, a todos esos que hacen lo que hay que hacer, tan perfectamente definidos en su liviandad, que no son nada. Todos ellos son esas partículas de basura espacial con la que tenemos que vivir pero que realmente ni vemos ni sentimos. Porque la incertidumbre es como una droga oculta, tan peligrosa que ni siquiera se atreven a prohibirla las mentes que cuidan de nuestra salud, sólo por no nombrarla. Es de hecho la que más adicción causa, porque esa sensación de sentirse flotar en un espacio indefinido, ajeno a lo que nos rodea, sin ruidos y sin líneas claras, es lo más parecido a volver a aquel lugar en el que vivíamos antes de nacer. Es una sensación salvaje, de libertad y claridad, porque la incertidumbre da miedo, pero cuando uno se acostumbra te das cuenta de que es la única forma de seguir leyendo, mirando al mundo sin demasiado asco, es lo que nos hace entender por qué la música es imprescindible. Por eso la sociedad en todos sus estamentos intenta aclararlo todo, explicárselo a los niños, organizarnos por colores, en cajetines por edades, por inclinaciones sexuales, por aficiones futbolísticas, como si tuviera que ser imposible amar y desear a hombres y mujeres, gustarte el fútbol y el arte, ser de aquí y ser de allá, o mejor aún: no ser ni de aquí ni de allá. Todo a la vez. Pero aquí, fuera de la realidad tal y como estamos obligados a verla, somos libres de hacer lo que nos apetezca, de serlo todo y nada, porque vivir en la incertidumbre es lo que tiene, que no eres nadie, tal vez un simple artista, o una absurda escritora, a nadie le importas, y sobre todo nadie puede verte realmente ni saber si te mueves ni hacia dónde. Hasta que el barco se hunda o nos quedemos para siempre perdidos en el espacio exterior.

(En mecánica cuántica, la relación de indeterminación de Heisenberg o principio de incertidumbre establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias sean conocidas con precisión arbitraria. Sucintamente, afirma que no se puede determinar, en términos de la física cuántica, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son, la posición y el momento lineal –cantidad de movimiento– de un objeto dado. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales y, por tanto, su masa y velocidad. Este principio fue enunciado por Werner Heisenberg en 1925).