OPINIÓN

  • Porque nos gustan tanto las ferias de arte

Este mes de septiembre, inicio universal de cursos escolares y de temporadas de exposiciones y óperas, es como una llamada de atención para ponernos serios y empezar a trabajar de verdad. En Madrid, Ciudad de México, Viena y supongo que alguna ciudad más que no ha conseguido llamar mi atención (es que se subvalora el efecto beneficioso de la publicidad como información) se han celebrado diferentes ferias de arte con diferentes resultados para cada uno de sus feriantes. Las ferias son eventos curiosos, repetitivos como una obra de arte minimal, aunque de minimalistas no tienen nada. Se repiten no sólo cada una de ellas todos los años sino que todas son una repetición sistemática de ellas mismas. Son diferentes lugares, diferentes ambientes y lenguas, a veces un tanto exóticas, pero una vez que entras en una feria todo empieza a sonarte familiar, especialmente aquellas en las que la venta, o mejor su ausencia, debe paliarse con expresiones del tipo: “las ferias son para relacionarse, hacer contactos… la venta ya vendrá” o “hay que ir a todos los eventos, a las cenas, a las fiestas…, es la forma de hacer contactos y negocios”. Es decir, nueve horas encerrados en una feria intentando vender y hacer contactos “en la tercera fase” no sólo no son suficientes sino que lo que realmente es útil son las fiestas de después, entonces propongo reducir el tiempo de feria a un par de horas, por si viene algún comprador que no coincida en la fiesta de esta noche con nosotros. Más que nada para ir ganando tiempo para arreglarnos para la fiesta de turno.

Las ferias son unos lugares claustrofóbicos en las que los baños están siempre lejísimos, la moqueta nos destroza los pies y nuestros tractos respiratorios, nunca hemos sabido a ciencia cierta por qué se resecan; nos salen calenturas y ojeras. Son unos lugares muy iluminados donde pasas un calor insoportable o sufres ráfagas de viento helado del norte, que te hielan partes del cuerpo y te hacen dudar del benéfico efecto comercial de las fiestas nocturnas donde, inevitablemente, coincidirás con todos los que has coincidido durante el día en el baño, en la cola del café, en el pasillo fumando. Las ferias son esos sitios en los que comerte un bocadillo realmente asqueroso, una ensalada aguada y sosa o un café lamentable, te cuesta lo mismo que una cena de lujo para cuatro personas en el restaurante de moda de la ciudad en que sea que se celebra la feria… si tuvieras tiempo de comer o cenar como debe ser al salir de la feria antes de ir a una fiesta en la que como mucho llegarás a tomarte un canapé (los más habituales son los del tipo sushi industrial o los tipo ceviche deslavazados e híbridos de la nueva cocina, lamentables los dos) con riesgo, si no de tu vida, sí de tu maquillaje y de tu dignidad. Sin embargo, nos encantan las ferias de arte. Por eso, desde septiembre hasta junio, artistas, galeristas, editores, críticos, coleccionistas, etc., (sobre todo el grupo de etcétera) no pararan de moverse y viajar por todo el mundo cargados de cuadros, fotos, vídeos, instalaciones, ordenadores, iPads y maletas llenas de ropa negra con algún detalle “original”. Saltan, saltamos, de Lisboa a Colonia, de Dubái a Miami, de Londres a Bogotá, a Lima, a Buenos Aires, a Santander, a Madrid, a Sao Paulo, Turin, Hong Kong… Llegando a crear otra frase para la historia después de aquellas como que en el Imperio español no se ponía nunca el sol (hasta que llegó el eclipse) o que en Roma en cada esquina hay una iglesia; ahora es “cada mes hay más de dos ferias de arte en el mundo”. Yo creo que se quedan cortos, porque las ferias nos encantan, nos encanta comer mal, que nos vejen bedeles y asistentes sin conocimiento alguno (y que además ni están invitados a ninguna fiesta), nos encanta no dormir y gastar todo y más en ir y venir por el mundo con sobrepeso de libros, cajas, maletas y pastillas para el dolor de cabeza.

Una feria es ese lugar en el que la organización consigue sacarse unas reglas de uso surrealistas que unos cumplen y otros no, con las que nos hacen sentirnos continuamente amenazados y en peligro de ser expulsados al infierno exterior, donde no hay ferias sino exposiciones o museos (¡¡¡qué horror!!!); con arquitectos, o lo que sean, que crean circuitos imposibles, stands inutilizables y todo ello con una señalización que para seguirla necesitamos un sherpa, un par de guías nativos, brújula y cortavientos, y eso si no queremos llegar hasta el baño y sobrevivimos con carne seca y galletas saladas como un buen Robinson Crusoe. Pero todo eso no importa, porque podemos ir a tomar un respiro a las salas donde sucede todo, esos lugares pequeños, incómodos y mal sonorizados en los que auténticos desconocidos suelen hablarnos de cosas inaudibles en idiomas que no alcanzamos a diferenciar, proyectando imágenes que no se pueden ver por la luz extrema inherente a toda feria. Son como pequeños lugares de reposo, esas iglesias en las que entramos en los viajes de turismo, para descansar un rato sin tener que consumir nada. Un relajo, vamos.

Las ferias son realmente maravillosas, cada una con un ecosistema similar pero elementos autóctonos que las diferencian. Lugares en los que hacemos amigos íntimos que tal vez nunca volvamos a ver y de los que a veces no sabemos ni sus nombres. Son la esencia del mundo del arte y de su levedad, pero también son la nunca cumplida promesa de que algún día lo venderemos todo, pero todo todo y no tendremos que volver a ir a ninguna feria más ni a ninguna cena ni fiesta después.