OPINIÓN

Una frase machista pero que ha conseguido implantarse con cierta gracia es la famosa “no eres lo suficientemente rubia para ser tan tonta”. Entiéndase “rubia” por guapa, atractiva, sexy o lo que sea que hace que un hombre aguante cualquier cosa de una mujer. Pues hace poco escuché en una inauguración su traducción al arte actual: “no es lo suficientemente feo como para ser interesante”. Parece que vivimos en este sector tan fútil del arte más actual en una especie de adolescencia sempiterna, en ese estadio de atontamiento en el que cuando alguien callaba nos parecía de lo más interesante… hasta que nos dimos cuenta de que tenía una horrible voz de pito o de que realmente ese guaperas que nos seducía con su silencio no tenía nada que decir. Ahora, ya entrados todos en años, nos impresionamos por unos dibujos “automáticos” que el artista ha debido hacer mientras hablaba por teléfono con alguien que le aburría. Si a alguien se le ocurre pintar (sí, aquello de lienzo, pincel, colores…) y quiere entrar en el circuito en boga, el mainstream que se dice, tiene que explicar que “se trata de un proyecto en proceso interactivo con el espacio en un diálogo estructurado en función de la superficie simbólica del cartel histórico que deviene pintura en una expansión formal y en una apropiación conceptual” (texto real, y así, sin comas) para que le acepten los colegas que exponen frigoríficos sellados, dibujos automáticos, elementos de decoración, cuadros atravesados por estacas y, por supuesto, algún performer que utiliza el cuerpo como superficie de “un trabajo formateado y distribuido por video” posteriormente. Bien, yo realmente, como espectador, como crítico, como persona que sabe leer y lee habitualmente, sólo les pediría una sola cosa: por favor, artistas, no expliquen nada por escrito; si les preguntan y no queda más remedio, contesten… o no, háganse los interesantes y callen. El silencio es oro. Hagan lo que quieran, video, performance, dibujos automáticos, fotografías cotidianas… pero no nos lo expliquen. Primero, ya sabrán ustedes que el arte no necesita explicación. Nadie explica antes de un concierto de que va la sinfonía, qué quiso decir Bach o Telemann, o Purcell con esta o aquella pieza. Además, ya está el curador de turno ahí al lado, muriéndose de ganas por explicárnoslo, porque tampoco le han explicado aquello de “Silence is Golden, Golden…”, y el tiempo perdido no se recupera, ni eso otro tan bonito de “A rose is a rose is a rose is a rose…” que en español ruín viene a ser “una rosa es una rosa una rosa una rosa…” o también “no toques la rosa que así es”. Y es que a veces pocas palabras bastan, y casi siempre sobran las palabras. Y a palabras necias oídos sordos, y mejor arrancarse los ojos que leer incongruencias. En fin. El curador, sobre todo el que es nuevo en estas lides, quiere demostrar que sabe casi todo, que ha visto lo último y que además lo puede explicar. Y lo quiere explicar. Lo único que consigue es demostrar que sólo ha visto lo último, que sabe poco o nada de historia del arte, que ha entendido menos, y que ni ética ni estética, sino todo lo contrario.

Un amigo posteaba en Facebook este verano una pintada exquisita y anónima que decía en pequeñito, “hagan algo bonito”. Me pareció de una ternura infinita y terminal, perteneciente a un pasado remoto, un superviviente del pasado escondido entre las salas de los museos y las galerías, de los salones de una nueva Academia que ni sabe qué es una Academia, como todas perecedera, pero ahora sobre todo aburrida y fea. Algo bonito, por favor. Aquí tendré que aclarar, aunque sinceramente lo creo innecesario, que no hablo de belleza canónica, porque yo no soy ni siquiera un poco rubia para ser medio tonta. Hablo del vértigo, del horror, de la irresistible atracción del caos que nos arrastra a una obra de arte, de ese influjo imposible de definir que tiene el arte para un espectador atento. No hablo de Masaccio ni de Bacon, hablo de la fuerza de la obra, vista en silencio, apurada hasta el último aliento. Eso que luego rondara por nuestra cabeza interminablemente. Hablo de arte y de esa belleza que es a veces el puro horror, la atracción de la muerte y de la negación, y otras veces simplemente un suspiro. No hablo de doctrina ni de teorías confusamente extraídas de cualquier otro lugar que ni el artista ni su curador podrían explicar si alguien les preguntase. Y es que cada vez echo de menos más y más las obras en las exposiciones. No sé si son obras de arte o no, pero , por favor, déjenme verlas, no me las cuenten ni me las expliquen. Quiero experimentar personalmente si conservan ese magnetismo que tenía el arte. Y si no lo encuentro, ya me compraré el catálogo o el libro de donde han extraído sus citas los curadores. Eso sí, me lo leeré en casa cómodamente y en silencio y soledad, como el que degusta un buen vino. Salud.


Imagen: Vista de sala de la exposición Dominique Gonzalez-Foerster. Splendide Hotel, Palacio de Cristal, Madrid, 2014.