OPINIÓN

Vivimos unos momentos históricos que parecen marcados por un cierto concepto de populismo: partidos y líderes políticos que se quieren carismáticos, que dan más importancia a sus peinados que a sus ideas, que buscan el apoyo de los votos con caras más o menos bonitas, con palabrería, y se creen que populismo viene de pueblo, va al pueblo y es lo que quiere el pueblo. Un pueblo que ya se encargarán ellos de que sepa lo mínimo posible de todo, no sea que se empiecen a hacer preguntas. Esta tendencia se ha demostrado en las últimas elecciones europeas y todos los canales de TV del mundo se encargan de alimentarla entre risas groseras y descalificaciones generales. Los líderes populistas basan su éxito en una popularidad que les granjea el favor de un pueblo ambiguo, básico, que no se manifiesta más que en un besamanos de banderita. Pero esa tipología de político vacuo, que da estupendamente en pantalla, se está empezando también a trasladar a territorios de la cultura en las figuras de ciertos críticos que alardean de su épica batalla contra el dragón de lo nuevo. La más atrevida es una señora que dispara dardos envenenados en la prensa mexicana y tiene su eco para todos los gustos en las redes sociales. Esta señora arremete contra museos, exposiciones, ferias de arte, artistas, curadores… con la impunidad de que ya no existen críticos, de que nadie le va a plantar cara, de que nadie va a desmontar su exiguo y repetitivo discurso oscurantista. Un discurso cercano a lo que ella lama “la calle”, un discurso de esos que podemos oír en cualquier lado, que sólo ve en el arte actual algo absurdo y ajeno a lo que ellos llaman cultura, un engaño simplemente. Toda la crítica desapareció para dejar paso a expertos (más o menos serios) por un lado y dejando una brecha abierta, por otro lado, para que personajes de este tipo hagan su nido y puedan prosperar. Porque, a fin de cuentas, les hemos dejado todo el territorio de un público general libre para que hagan lo que quieran con él. Lo mismo que ha hecho la izquierda con los electorados europeos: ante el desprecio y el alejamiento de unos, otros saben sacar sus beneficios. Esta señora de tan infausto nombre como estúpida verborrea, insulta y denigra a toda la profesión sin que nadie tome cartas en el asunto, porque escribir ya no es una forma de ganarse la vida, porque nadie paga a un crítico serio y profesional, porque ese critico de otros tiempos hoy intenta ser curador, entrar en un museo, ganarse la vida de alguna manera y nadie hace caso a ese público al que parece que ni los museos ni la política cultural, ni los artistas ni nadie presta atención… salvo estos nuevos adalides de la verdad que se han quedado anclados en la parte más reaccionaria de principios del siglo XX, que se olvidan de la noción de progreso y de que la idea de cambio y riesgo es inherente a la creación cultural.
Estos críticos que emergen del lado oscuro para atraer detrás de ellos hacia el pasado a todos los que dudan y directamente niegan el interés de lo nuevo, usan unos discursos fáciles, al alcance de todos (como contraposición a los de los curadores y especialistas de lo más nuevo, que suelen ser ininteligibles hasta para ellos mismos), textos que necesariamente ataquen e insulten, pues así dan seguridad y satisfacción a un grueso de público que nunca se ha preocupado por acercarse al arte más actual (ni a la música, ni al cine, ni a la literatura), con una escena artística de la que se ven expulsados; pero en sus diatribas y textos cargados de descalificaciones no hay nada creativo, no hay planteamientos ni construcción de discurso alguno, son simples reaccionarios culturales, pero eso sí, se les entiende perfectamente a cualquier nivel cultural. Es muy fácil escribir que tal o cual instalación, que esa otra exposición es un horror, es más fácil no argumentar, es más fácil desmontar, desprestigiar, en definitiva es mucho más fácil ir a favor de la corriente, ir contra lo nuevo, apoyar paisajes con barcos de vela, creyendo que esos cuadritos anacrónicos son herederos de Turner o de los impresionistas… El triunfo de la ignorancia y del mal gusto. Pero ante esta situación los atacados, los directores de ferias, de museos, los curadores, los artistas, sonríen despreciando tanta ignorancia y mal gusto, sin darse cuenta que hoy por hoy ese tipo de opiniones está ganando tribunas, está ocupando la prensa que nosotros ya abandonamos hace tiempo (tal vez nos expulsaron).
Sabemos que no hay enemigo pequeño, y deberíamos saber que los insultos y las descalificaciones hay que frenarlas. Dar la cara y rompérsela si es necesario, cuando tenemos argumentos, cuando estamos defendiendo no nuestros puestos de trabajo sino nuestras ideas. Además de esta señora de México ya ha aparecido otro voceador del pasado en Guatemala. Motivo de chanza y chistes, pero que sin duda irá ganando terreno y desprestigiando las nuevas tendencias, las nuevas estéticas. No se trata de que opinen diferente sino de que no opinen, de que en vez de argumentar descalifiquen, se trata del respeto y de la curiosidad, de aceptar que tal vez otros tengan argumentos que nosotros no entendemos. Todo lo nuevo es difícil de asimilar hasta que deja de ser nuevo, y en ese momento ya ha surgido algo más nuevo, cada vez a una velocidad mayor, la capacidad de ser receptivos y críticos debería ser la cara y la cruz de una sola moneda. Porque ni todo lo nuevo es interesante ni todo despreciable. Hay que saber mirar, escuchar y sobre todo, reflexionar. Desde la cultura, el conocimiento y la inteligencia. No todos pueden, está claro.

Imagen: Alfredo Palmero de Gregorio. Caballos de la luna.