Rosa Olivares
Una pequeña exposición en una pequeña galería nos demuestra una vez más que el tamaño no es lo más importante, sino cómo se aproveche ese tamaño. En este caso la novísima García Galería (Joaquín García es bastante más conocido como director de la Galería Helga de Alvear y por su relación con Doméstico, entre otras cosas) recupera una serie de trabajos de Patricia Gadea (Madrid, 1960-Palencia, 2006) fechados en diferentes momentos de su corta vida, desde algunos de sus primeros trabajos hasta otros realizados el mismo año de su muerte. En el conjunto vemos y valoramos la oscilación entre el dibujo y la pintura, entre la apropiación del comic local y la fluidez de sus propias ideas y gestos. En cada uno de ellos vemos la coherencia de una artista fuerte, de un carácter libre, de una mujer sin duda radicalmente diferente. La libertad del color, la falta de prejuicios; esa forma de hacer, de dejarse llevar por la mano, de pintar como una salvaje autentica, de dejar que la cabeza se funda con el líquido de la pintura, con la soltura absoluta de alguien que es esencial y profundamente pintora, sin tonterías, nos reconduce a un mundo donde el arte no se escondía detrás de discursos innecesarios. Un triste soplo de vida que nos viene desde más allá de la muerte, de una muerte triste y solitaria. Y nos llega en el momento adecuado, en una iniciativa que busca recuperar el mejor arte, que en esta ocasión estaba tan cerca que no lo veíamos. Que nos recuerda a aquellos pintores salvajes, a aquellos artistas que no dependían ni del mercado ni de la institución, sino de su propia libertad.

Imagen: Patricia Gadea. War II, 2012. García Galería, Madrid.