OPINIÓN

En los últimos tiempos vivimos dos historias paralelas que, aparentemente, no guardan ninguna relación, pero que finalmente no podemos evitar asociar porque no sólo están relacionadas sino que son ramas de un mismo árbol. Por una parte asistimos a la interminable apertura de una caja de Pandora en la que durante años se guardaban las más terribles historias de malos tratos, agresiones sexuales y de todo tipo de abusos de poder ejercidos en su gran parte por hombres sobre mujeres, por hombres con poder y fuerza sobre mujeres que por su edad o posición no podían responder ni defenderse. Esa puerta que nos lleva a un territorio de tinieblas se abre hoy sin duda porque las mujeres somos cada día más independientes y más capaces de defendernos y protegernos, empezamos a ser un grupo social con fuerza en el conjunto del mundo. Y digo cada día, no que lo hayamos conseguido definitivamente. Esa meta esta tan lejos que parece imposible que algún día podamos llegar hasta allí. No sólo se trata de las desigualdades existentes en las distintas culturas y zonas del mundo. La clase social, la raza, la religión y la cultura marcan diferencias de siglos en el mismo momento en todo el mundo. Es la diferencia entre los derechos laborales, sociales, culturales en una misma sociedad, en un mismo país. Es la forma en que ese menos del 50% de la población mundial, los hombres, tratan y aceptan el trato que se les da a las mujeres desde el poder y la fuerza. Es el papel de la mujer en la familia, en el mundo laboral, en la educación. Es aceptar ser siempre menos, aspirar a víctima, a no ser ni siquiera la protagonista de nuestra propia historia, a sacrificarse por el marido, el amante, el padre, el hijo… y el espíritu santo. Amén.

La otra historia es la cada vez mayor y más beligerante reinterpretación de la historia en general y de la historia del arte en particular: aparecen, reaparecen y se recuperan mujeres desconocidas, tapadas por la historia, por el tiempo y por sus propios compañeros, padres, amantes… hasta por sus propios hijos que no vieron con buenos ojos la actividad artística de sus madres. Algo inapropiado para una mujer el ser culta, renovadora, creativa, original, libre. Mujeres cuya obra, cuya personalidad y cuyas vidas fueron mucho más importante de lo que nunca se aceptó, ocultándolas en el sótano, mujeres en definitiva maltratadas no sólo por la historia sino por quienes la han escrito siempre y siguen, a pesar de todo, escribiéndola: los hombres. Y es en este punto donde estas dos narraciones se juntan: la denuncia de los abusos de poder y sexuales y ese afán de ocultar lo que las mujeres han hecho a lo largo de la historia, se cruzan para generar un nudo gordiano que nos plantea muchas preguntas. ¿Por qué nunca, nadie, se ha planteado que las pinturas rupestres pudieran haber sido realizadas por una mujer? ¿Por qué cualquier trabajo realizado mayoritariamente por mujeres se devalúa social y económicamente pero se recupera cuando es un hombre el que las realiza (cocineros, maestros y profesores, enfermeros)? ¿Por qué ganamos menos trabajando igual? ¿Por qué los medios de comunicación sólo valoran a la mujer por su cuerpo, belleza, etc. mientras que el hombre es por su inteligencia, su valor, su capacidad? ¿Por qué una mujer campeona del mundo no sale en portada y cualquier hombre que gane un campeonato de segunda, incluso si no lo gana, ocupa titulares? ¿Por qué la mayoría de las familias siguen pensando que el primogénito debe de ser hombre? ¿Por qué, en definitiva, un hombre vale más que una mujer en la familia, en la sociedad, en cualquier lugar de la vida?

Se trata de una situación que viene de muy lejos, una imposición social que se ha convertido en una situación cultural que, de hecho, una gran mayoría de mujeres aceptan como algo natural y lógico: los hombres están mejor capacitados para las matemáticas y las ciencias, las mujeres para la educación de los hijos y el servicio, el cuidado de todos… tópicos que todos hemos creído en algún momento sin ver que son producto de una campaña, tal vez la mejor campaña publicitaria de todos los tiempos. En esta historia la mujer pierde, muchos dicen que la causa está en que nos acostamos con nuestro enemigo, sin pararse a pensar que el enemigo es quien se acuesta, también, con nosotras. ¿Por qué a ellos eso no les afecta para valorarnos como nosotras a ellos? ¿Por qué los que dicen querernos nos golpean, nos maltratan, nos matan? ¿Por qué nuestros amigos, amantes, compañeros dejan de querernos cuando brillamos con luz propia e intentan apagar esa luz, apagar nuestro brillo, ocultar y menospreciar nuestra inteligencia? ¿Por qué el deseo, la pasión, nunca es suficiente y ni siquiera puede convivir con la libertad? ¿Por qué ni siquiera la pasión, el deseo pueden ser igualitarios? Tenemos muchas preguntas y ninguna respuesta real. Sólo nos queda una historia llena de abusos y de malos tratos, desde las leyendas de los dioses griegos hasta las páginas de los periódicos de hoy. Ya Zeus decidía raptar a Europa porque la deseaba, abusar de ella por una pasión irrefrenable y a causa de su gran belleza… para después dársela a otro para que se casara con ella y cuidara de sus propios hijos. Las canciones de amor son, todas, sexistas, todas hablan de abandonos, de celos, de locuras de amor, en los que las mujeres somos el pecado y la culpa, y ellos tienen la solución y nos explican lo que necesitamos, nos explican el mundo. En la historia de la pintura, del propio arte, nuestro papel no es muy diferente del que tenemos en las películas de Hollywood: un papel secundario, elegidas en un casting dirigido por abusadores que sólo valoran la juventud, la belleza y olvidan todo lo demás, que es mucho, que es casi todo.