OPINIÓN

Para los políticos, esos que dicen ser nuestros representantes, los mejores artistas son los muertos. Porque de ellos pueden utilizar el nombre, rescatar su importancia, valorar su influencia, su valor iniciático… pero sobre todo porque están callados, casi muertos. Porque si de los vivos molesta casi todo, de los muertos se aprovechan hasta los huesos. Todo sirve para apropiarse de una grandeza que desde luego es ajena a cualquier política, la de entonces cuando estaban vivos y más aún la de ahora, lejana y absurda para los vivos y para los muertos. En la entrega del último Premio Cervantes de las Letras a Juan Goytisolo, poco amigo de actos sociales y menos aún de actos políticos, este lo aceptó con un breve discurso que sin duda tuvo el acierto de molestar a prácticamente todos con sólo 1.300 palabras. A los artistas en la figura del escritor pero extrapolable a cualquier otro en cualquier ramo o rama desde el cine a las artes visuales, al separarlos en dos grupos: los que buscan la fama, el éxito, el reconocimiento antes que cualquier otra cosa; y los que finalmente sólo se consideran aprendices, amateurs de un oficio al que le dedican todo sin esperar nada, tal vez poder vivir de él, pero que ven en su obra su forma de ser, su razón de estar. Realmente todos los escritores y artistas se van a situar en este segundo grupo, ninguno va a aceptar que sólo busca el éxito, la gran exposición, que matarían a sus amigos por el camino de las salas del Reina Sofía… hasta que algún día tal vez lo tengan que hacer, entonces encontrarán excusas razonables para sus aletargadas y vibrantes conciencias. Pero a los que realmente molestó el escritor fue, en primer lugar a los asistentes al acto, que apenas sí le aplaudieron poco más de un minuto. Se permitió traer a Cervantes a la actualidad, reivindicando la acción contra la injusticia y la miseria que asola España (y Europa, y el resto del mundo), contra la desigualdad, reconociendo que hoy Don Quijote arremetería contra aquellos que arrebatan de sus hogares a tantos desamparados, contra la increíble injusticia financiera de los desahucios. Hoy Don Quijote embestiría contra las vallas que como un muro de sangre, vergüenza y horror, hemos dejado instalar en Ceuta y Melilla. Esa reivindicación del artista como grano en el culo es lo que realmente molestó del discurso de Goytisolo, del propio Goytisolo, que con su vestimenta irreverente (y eso que no fue con chilaba), con su agradecimiento al pueblo árabe que lo acoge en la vejez, puso delante de todos los militares corruptos, ex corruptos y futuros corruptos, que sabemos qué y quiénes son, que lo sabemos todo y que todavía tenemos voz para denunciarles, incluso para atacarles como si fuéramos don quijotes pequeñitos, locos geniales de los que la historia estaría siempre orgullosa. Dejó claro que hay otra manera de ser y de vivir. Y eso duele.
Ese señor con una chaqueta vieja y una corbata más allá del vintage, demostró en unas pocas palabras, sólo 1.300, para qué sirve un artista. Para qué sirve la cultura, para qué servimos los que dedicamos nuestro tiempo, nuestra vida, casi sin pedir a cambio nada más que nos dejen vivir de nuestro trabajo. Él con su ejemplo lo dejó claro: nuestra función social es, en los momentos difíciles, decir siempre, estar junto a los maltratados sociales, frente a la injusticia y la deshonra. Poner nombre y forma a la injusticia, a la miseria, al deshonor. Plantar cara, “cervantear” dijo Goytisolo, frente a políticos malnacidos que roban y humillan a los ciudadanos. Atacar a los gigantes disfrazados de molinos de viento. El famoso papel social del artista del que tanto se ha escrito es simplemente decir las cosas claras a un grupo de militares, señoras con peinetas, curas con sotanas rancias y políticos de toda calaña… y si además hay un rey cerca mejor aún. Ellos pueden hacer como que no escuchan y seguir dedicándose a buscar los huesos de Cervantes, ya que sus ideas de artista que mal vivió en vida, su idea de justicia y reivindicación, la piensan dejar enterradas para siempre. Por supuesto harán oídos sordos a palabras necias. Pero deben saber que de Cervantes y de Don Quijote, lo que queda, lo que todos rescatamos, no son sus huesos improbables, sino su ejemplo, sus ideas, su locura, su grandeza. Goytisolo sabe que sólo seremos cadáveres algún día no demasiado lejano, y que nuestros huesos no valen nada, lo que vale es nuestra actitud. Dejemos nuestra memoria y nuestro ejemplo, nuestra voz y nuestra obra como queja, como grito, como grano en el culo, antes de morir. Por lo menos.