Las crítica sobre la escasa presencia femenina tanto en el jurado como en los premios que entrega el Festival de cine de Cannes parecen haber dado su fruto. Por primera vez desde 1946, cuando nace el festival, la Palma de Oro de honor recae en manos de una cineasta, Agnès Varda. El galardón había ido a parar antes a nombres como Woody Allen, Manoel de Oliveira o Clint Eastwood, y ahora reconocen el intenso trabajo de una de las mujeres imprescindibles de la Nouvelle Vague. No parece justo el calificativo que se le ha dado como “musa” de este movimiento, cuando la carrera de Varda tiene consistencia por sí misma, siendo una de las pioneras del cine feminista; su cine destaca por un fuerte carácter realista y social, utilizando lenguajes y estilos experimentales que transformaron, entre otros, el género documental y el corto. Son destacados algunos de sus filmes como Cleo de 5 a 7, de 1961; Les dites cariatides, de 1984; o Sin techo ni ley, de 1985.

En 1993 Jane Campion ganaba por primera vez la Palma de Oro por El Piano, eso sí, compartiéndolo con Chen Kaige por Adiós a mi concubina. Cada edición surgían más críticas, llegando incluso se publicarse un manifiesto en Le Monde sobre la situación a la que Cannes relegaba a las mujeres a un muy discreto segundo plano; entre las firmantes se encontraban Fanny Cottençon, Virginie Despentes y Coline Serreau, entre otras. Si las circunstancias han forzado o no el cambio, lo cierto es que Agnès Varda recibe un merecido reconocimiento a un trabajo pionero y diferenciado que la convierte en una de las cineastas francesas más destacadas.