OPINIÓN

Si nos paramos a pensar un momento nos daremos cuenta de que la vida, todas las vidas y la vida como algo general, no es más que un círculo repetitivo interminable. Entre el minimal y el conceptual, todo se repite insistentemente, año tras año, década tras década, todo vuelve para oírse y volver a regresar. Y hoy los más jóvenes adoran a los conceptuales de más de 70 años, que triunfaron o no, en el siglo pasado. Pintores que nunca consiguieron estar arriba, lo venden todo en las ferias más modernas (“a estas alturas, ya jubilado, me sirve para comprarles cosas a mis nietos…”); vuelven las hombreras y las patas de elefante en los pantalones, las barbas largas y las coletas en los hombres (nunca lo hubiera imaginado) y se pasan otra vez de moda dando paso nuevamente a perfectos afeitados… llegará el bigote fino algún día, lo sé. Debe ser aquello del “eterno retorno”. Y al final, casi que nos parece más esclarecedora la película Groundhog day, de 1993, (traducida al español como Atrapado en el tiempo), en la que cada día se repite el mismo día hasta que el protagonista cambia su actitud y supera, aprendiendo, una situación paródica, que la afirmación del filósofo griego Heráclito que decía que “ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.”
Con esta ola de calor que sufrimos en España y que agrava el natural y horroroso calor que significa el verano por estas latitudes, todo lo demás pierde su intensidad y lo observamos a través de una nebulosa que borra los límites de las cosas y de los problemas. También puede ser un cansancio provocado por otro año con sus ferias, sus exposiciones, sus bienales, sus escandalitos del mundo artístico, sus dimisiones y sus nuevos nombramientos, vamos, lo de todos los años, lo de siempre, otra vez, una vez más. Ya no hay sorpresas porque hasta las sorpresas son las habituales. Las únicas sorpresas nos vienen de la mano de la desgracia, nos vienen con las muertes adelantadas a lo previsto. Aunque ciertamente la muerte sólo sorprende cuando se equivoca de fecha, porque saber que viene lo sabemos todos. Y en los tórridos veranos, nunca sabré porque, las muertes abundan como un antídoto a ese culto al cuerpo, al hedonismo, al ocio, a una excesiva obsesión por una felicidad imprecisa que acompaña la época de las vacaciones y un calor que, como en El Extranjero de Albert Camus, nos altera, nos desnuda por dentro, tal vez simplifica nuestra percepción. Las muertes en el verano nos sorprenden porque nos pillan fuera de nuestra rutina, porque vienen cabalgando en caballos diferentes, con formas diferentes; en eso consiste la sorpresa, en que un prócer de los negocios y de la cultura, el burgués rico, empresario y mecenas, muera en un vulgar accidente en la autopista un miércoles cualquiera, sin elegancia, como cualquier veraneante, como cualquier trabajador. Esa es la sorpresa. Que mueran escritores y rockeros, viejos y jóvenes, mujeres, hombres, famosos por el espectáculo y desconocidos investigadores, mitos urbanos y gente de la que sólo nos enteramos de que existen cuando mueren. Y al final, realmente sacamos en claro la conclusión que ya se sacó hace siglos en las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique (“assí, que no hay cosa fuerte, / que a papas y emperadores / e perlados, / assí los trata la muerte / como a los pobres pastores / de ganados”). Desde el lejano año de 1447 no parece que hayan cambiado tanto los cosas en estos aspectos. Lo único cierto es que es este tiempo de calor brutal, cuando nuestra sensibilidad e inteligencia se derriten, cuando cualquier cosa que pase, realmente, nos da igual.