OPINIÓN

Luis Camnitzer repite en sus conferencias sobre educación que a lo largo de toda su vida como docente de Bellas Artes, habrán pasado por sus clases miles, muchos miles, de alumnos: hipotéticos artistas del futuro. Su conclusión es que menos de un centenar se ganarán la vida como artistas y que de esos, apenas unos pocos serán considerados artistas importantes y reconocidos internacionalmente. Si esto es así contabilizando exclusivamente los alumnos de la facultad de Nueva York… ¿si añadimos los miles y miles de todas las escuelas de bellas artes del mundo…? Ese mismo cálculo lo podemos hacer si cambiamos alumnos/artistas por comisarios/curadores, o por galeristas, o gestores culturales…. Hay tantos miles en el mundo que resulta un cálculo perverso y ridículo si admitimos que de todos ellos, ejércitos de vencidos del mundo entero, solamente unos poquitos, eso que se dice happy few, van a ser realmente profesionales reconocidos que podrán ganarse bien la vida sin ejercer varios oficios a la vez, hombres-orquesta de la cultura.
Pensaba esto cuando me preguntaba qué es lo que nos impulsa a ejercer estas profesiones de por vida. No ser un profesor, sino eso que se llama un crítico de arte y/o curador independiente, un oficio sin beneficio ni seguridad. Y que es lo que impulsa a la gente, a esos miles de locos en todo el mundo, a ser artistas… ¡ser artistas! vaya objetivo absurdo en sí mismo. Alguien que hace cosas, bellas, feas, absurdas, incomprendidas, vendibles, invendibles, incomprensibles, irrepetibles, imprescindibles. ¿Qué les mueve? ¿El beneficio? No creo que sean tan locos. ¿Una ambición desmedida de reconocimiento y amor? No sé realmente, supongo que cada uno tendrá unas motivaciones diferentes, ocultas, privadas… porque casi todos saben, pasados unos años, que no van a formar parte de ese grupo privilegiado que ganará concursos, saldrá en la prensa internacional, batirá records de venta. Pero igual siguen siendo artistas. Un empeño realmente titánico, en ambos sentidos: el del esfuerzo sobrehumano y el de una derrota anunciada. Tal vez eso sea ser artista: hijo de los dioses y de los hombres a la vez.
Igual podríamos decir de los galeristas de casi todo el mundo: empeño vano, sin más futuro que el mercado fluctuante local, más cerca de la decoración que del coleccionismo, intentando algo que la realidad les niega sistemáticamente, feria tras feria, año tras año, crisis tras crisis. Sólo unas pocas, esas galerías que son empresas internacionales con sedes en cada continente, accionistas desconocidos, equipos inmensos… balances positivos en millones anualmente… happy few. ¿Y los coleccionistas? Me refiero a los que compran de verdad, no a los que tienen una cuota de mil euros por feria, compran a plazos o se conforman con cuadritos para colgar en sus pisos de burgueses demediados, a esos que tienen las obras en almacenes, con personal de conservación, registro…., ustedes ya saben a quienes me refiero, a los que tienen dinero y, por lo tanto, poder. Los otros por más voluntad y empeño, por más simpáticos que sean, desaparecen en la bruma cuando llama un Lord, una Lady, el arquitecto de fama, el jeque, el ruso, alguien que realmente puede comprar, comprarnos.
Es muy frecuente arremeter contra críticos (ya oficio desaparecido) y comisarios, acusándoles de manejar el sector, de poner y quitar, de dar lugar en las ferias, de ejercer un poder que realmente no tenemos. ¡¡¡El poder!!! Hace años Iñaki Gabilondo respondía en una conferencia sobre el supuesto “cuarto poder”, la prensa. Claramente, como siempre, explicaba algo que hoy ya resulta más que obvio: no existe el cuarto poder, sólo hay un poder, y la prensa es uno de sus tentáculos. El poder es el dinero. El poder es, precisamente eso, poder. Un artista tiene poder, al margen de la calidad de su obra, cuando telefonea al director de la feria de Basilea y consigue que su galería, la de sus amigos, entre en la feria aunque no cumpla los requisitos. Es el que consigue que una fundación privada importante ponga y quite a sus directores sólo con unas palabras. Eso es poder, lo demás son tonterías. El poder de un crítico era su independencia y su criterio, su opinión y su conocimiento. Por eso ya no hay, porque un poder tan molesto no puede existir hoy. El poder del curador se lo da la institución, mercenarios que van y vienen buscando quien pague sus servicios, casi siempre mediocres e interesados, amables con la moda y las instituciones, con los poderosos que en cada mundo o mundillo son. Los directores de museo y bienales se cambian, entran y salen de un museo a otro, intentando acaparar poder en esos tránsitos… inútilmente: ni respeto ni prestigio las más de las veces, se van y no pasa nada. Sólo hay unos pocos nombres en el mundo que han conseguido ser alguien por sus actos, su nombre, su agenda o su falta de prejuicios. Pero son tan pocos que realmente no son ni un apéndice del PODER real. Y las galerías… más de seiscientas intentan cada año entrar en Basilea, y cada año pagan sin conseguirlo. De entre las más de doscientas que entran anualmente la mayoría son extras, acompañantes de las cuatro, cinco, que mueven el mundo del arte. Acompañantes, decorado. Que no se ofenda nadie, porque todos somos apenas una sombra, ese personaje de la película que muere a los seis minutos, del que no sabemos ni el nombre para poder buscarlo en el casting final.
Son oficios sin beneficio, despreciados por el poder, por el económico y por el político. ¿Qué nos queda, entonces? Como diría Landero (escritor español) nos queda el afán: ese objetivo imposible al que dedicamos toda nuestra vida y esfuerzo. Ser artista, ser quien queremos ser. Felices aunque seamos muchos.

Imagen: Philip-Lorca diCorcia. W, September, #2, 2000.