OPINIÓN

Estamos asentados inequívocamente en la cultura de la queja. Nos quejamos de todo y actuamos como si nosotros nunca hubiéramos tenido nada que ver con ningún tipo de desastre. Somos inocentes, víctimas de una conjura de necios en la que se suceden unos a otros inevitablemente. Si participas en un fraude esperando ganar duros por peseta, lo que se suele llamar “timo de la estampita” y sale mal, el gobierno tiene la culpa (Zapatero especialmente) y se reclama la devolución de tu dinero… Si juegas y pierdes nadie te devuelve nada. Para no perder no hay que jugar, así de simple.

Ahora que la crisis llega a los museos, todo es queja, pero nadie se cuestionó nunca dirigir un museo imposible cobrando más que el presidente del Gobierno. Cuando un comisario cobraba 30.000 euros por una exposición y hacía tres exposiciones al año (en la misma institución) nadie dijo nada. Ni el director o directora, ni el patronato, ni la prensa, ni el comisario, ni ninguna junta de control. Es maravilloso cobrar esas cantidades por una exposición en España, hasta el punto que se llegó a acuñar el término “la tarifa española”, porque hace años, lo que se pagaba en cualquier museo de provincias por una exposición, por el comisariado o por participar como artista en la exposición, era tanto que todos acudían felices, relamiéndose como el gato frente al trozo de queso. Cuando querías invitar a un artista extranjero las exigencias eran increíbles e inaceptables (viaje y estancia pagada en hoteles de lujo, tarifa de primera en los viajes, y hasta cuatro acompañantes con todo, pero todo, pagado), era la “tarifa española”. Entonces nadie se quejaba.

Cuando los diseñadores cobraban millones por diseñar un catálogo y otros tantos por diseñar una exposición, nadie se quejaba. Y si las imprentas cobraban el doble o el triple de lo que cobran ahora por un mismo trabajo, tampoco nadie se escandalizaba. Como dijo Javier Solana, entonces Ministro de Cultura, con mil millones de pesetas no hay ni para clavos. De oro, supongo. Y qué vamos a decir de los transportistas, que hoy cierran y que han cobrado cifras increíbles por transportar cuadros (en una ocasión, se me presupuesto más por traer cuatro fotos desde Valencia a Madrid que por traer 75 obras de diferentes países europeos: el resto de la exposición). Nadie se quejó. Nadie dijo nada. Si un piso costaba el sueldo de varias vidas, todo lo demás era una ganga.

Pero ahora todo son quejas, nos quejamos hoy de lo que ayer aceptábamos alegremente, sin pararnos a pensar en las consecuencias. Nadie acepta su responsabilidad, la culpa siempre es de otros. Pero todos esos gastos no han significado que el público haya llenado las salas de los museos con esas exposiciones que costaban como el oro, ni que esos catálogos que costaban como si fueran ediciones príncipe se hayan vendido, muy al contrario, hoy se rematan a un euro recién salidos de los almacenes de las instituciones que pagaron millones por ellos. Pero nadie tiene la culpa, nadie siente el menor remordimiento. Hace poco un humorista decía, como chiste, que en España nos da igual la crisis, mientras tengamos dinero en el bolsillo, la crisis nos la trae al pairo… Es la puesta en práctica del refrán “ande yo caliente, ríase la gente”.

La realidad es que nadie asume responsabilidades, nadie exige responsabilidades, y que una vez en medio del desastre cada uno busca su propia supervivencia sin pararse a pensar en el conjunto de la sociedad, sin pararse a pensar que hay trabajos que con dinero (o con menos dinero) exigen una responsabilidad. Que el director de un museo que recorta sus presupuestos no debe huir, ni cerrar más días, ni esconderse detrás de exposiciones que no interesan, tampoco, a nadie. No se puede dirigir un museo sin mirar al entorno del museo, a la sociedad, a la gente. Por eso nunca nadie dice nada, porque todos sienten que el arte, que la cultura es un juego de ricos y aprovechados, que no tiene nada que ver con nadie. Que es algo que sólo afecta al que lo hace, al que lo cobra.

Esa es la razón real de nuestra crisis particular, de que las galerías y museos estén vacíos, de que las revistas y los catálogos no se compren, no se lean, y como consecuencia que ni este gobierno de hoy nos considere ni siquiera importantes, que nos vaya asfixiando poco a poco, que nos recorte el 90% sin preocuparse, mientras se incentiva cualquier otro sector.

Aunque nadie diga nada, la culpa es nuestra, también.

Imagen: Karmelo Bermejo. -10.000. 10.000 euros de la Fundación Botín enterrados, 2011. Cortesía del artista.