OPINIÓN

Me di cuenta la otra noche, mientras asistía a un pequeño homenaje a una gran mujer. Somos más de los que parece, pero casi nunca estamos juntos porque no nos gusta la vida pública. Por eso puede parecer que somos pocos, que casi no somos, que no existimos, que somos una leyenda nada más. No nos gustan los trajes de fiesta ni las reuniones de sociedad. Preferimos bailar en las cantinas, entre amigos, con guapos desconocidos/as. Somos esos a los que todavía nos gusta leer libros, incluso los clásicos. Los que releemos algunos muchas veces a lo largo de la vida, e incluso nos volvemos a comprar los discos y los libros que se han ido escapando entre las mudanzas y las separaciones, entre las grietas de la vida. Nos gusta el arte, nos gustan los museos y nos vuelven locos los cines en horarios de tarde, de mañana y de noche, los domingos por la noche, y entre semana a media tarde. Nos gusta pasear por los mercados y viajar solos, sin guías ni tour operators. Odiamos los cruceros y si se puede conducimos nosotros. Porque básicamente vamos donde queremos, donde sabemos que podremos visitar grandes museos, ver arte, pasear por ciudades maravillosas y donde siempre, siempre, vamos a encontrar a los amigos, gente como nosotros, los de siempre. Y fumamos y bebemos, porque tal vez somos antiguos, de los de antes. Como Gary Cooper y Anna Magnani. Hermosos y muertos. Nos gusta el arte porque somos gente de cultura. La cultura es nuestra patria y nuestra bandera está formada por palabras, letras y colores; nuestro himno contiene todas las músicas, y podemos estar horas mirando un sólo cuadro, sin importarnos que nunca podremos comprarlo. Preferimos compartir una conversación que un patrimonio. Somos esa gente a la que le gusta el paisaje y que en un rincón perdido y pequeño reconstruyen el universo.

Somos con los que los amigos pueden contar, los de siempre. Fieles a nuestros absurdos principios y a los amigos más que a los amantes, porque los amigos son eternos como el amor y los amantes fugaces como el sexo. Los años y los problemas acaban siendo anécdotas de las que hablamos cuando nos reunimos unos pocos entre las multitudes que formamos, siempre anónimas y discretas, pero también violentas, salvajes si es necesario. Nos reconocemos en la multitud por un tic, por el libro que siempre llevamos en algún bolsillo, por el gesto en rascarnos la cabeza ante la duda más sencilla. Nos reconocemos en las aficiones por lo auténtico y en la pereza que nos dan las modas, las tendencias, el éxito, los triunfadores, todas esas pamplinas con las que nos quieren hacer creer que se estructura una sociedad que no reconocemos, a la que no pertenecemos.
La otra noche cuando de repente me reencontré con tantos como nosotros, con los de siempre, me di cuenta de que esa es una forma de manifestarse, de ser. Cuando nos reunimos y hablamos, seguimos hablando de lo que estuvimos hablando otras veces, con los mismos de siempre, en conversaciones intercambiables, en idiomas amigos, con un vino en la mano, por supuesto, con un cigarro tal vez en la otra; la sonrisa en la cara, sin poses, con la tranquilidad de no querer ser nada mas que lo que somos: nosotros, uno de nosotros, uno de los de siempre. Bellos y olvidados, sólo recordados entre nosotros mismos. Nos alegramos de vernos, de encontrarnos y de conocernos, como nos alegramos delante de un buen cuadro, como cuando somos felices por un instante, como cuando nos asomamos a fragmentos de la vida que nos refuerzan o nos vacían. Como cuando entramos en una parcela de la cultura para diluirnos entre formas, entre palabras, sensaciones ingrávidas que justifican lo que somos. No somos la multitud callada que sirve para justificar lo que no se puede justificar, somos todos los que queremos que siga existiendo el conocimiento, la cultura, el arte, la educación. Para todos los que sepan lo que eso significa. Guardianes de la belleza y del dolor, del orden y de la locura. Eso es lo que somos nosotros, los de siempre.
Había pensado dedicar este texto a unos cuantos amigos que me han hecho comprender quienes somos, pero me he dado cuenta de que son muchos, demasiados para una dedicatoria. Se lo iba a dedicar a todos los que me han hecho sentirme en familia allí donde hablaban otros idiomas, donde tenían otras costumbres, pero son muchos y viven en lugares tan distantes, y parece que no se conozcan aunque a través del espacio se parecen tanto, porque viven en España, pero también en Alemania o en Brasil, por supuesto en México y en Argentina y en tantos otros sitios, en pueblos y ciudades, en el desierto y en la selva, y no puedo dedicárselo a todos ellos que hacen que la cultura signifique algo, porque en definitiva son muchos, somos nosotros, los de siempre.
Imagen: Tunnik. Switzerland, Aletsch Glacier 1 (Greenpeace), 2007.