OPINIÓN

Coincidiendo con el día internacional de la mujer trabajadora se ha publicado un informe sobre la situación de la mujer en Europa. En primer lugar recordar, pues parece que muchos lo olvidan, que esta celebración internacional no es meramente anecdótica, sino que se realiza en recuerdo de las mujeres trabajadoras que bien en minas o en talleres textiles en todo el mundo han pagado con sus vidas sus reivindicaciones laborales. Es una celebración que se crea en 1909 y es de carácter mundial. Es decir, todos aquellos que celebran alegremente el día del orgullo gay o San Valentín, el día de la Madre o cualquier otro día internacional (cada día se celebra oficialmente algo) y no se cuestiona ni el derecho sexual, ni la maternidad ni el amor, deberían por lo menos no cuestionar el derecho a nuestra celebración. En segundo lugar quiero recordar, por si a algún lector masculino se le ha olvidado, que las mujeres, nosotras, somos la mayoría de la población mundial. Somos una mayoría en crecimiento e incuestionable. Ustedes, vosotros, ellos, sois minoría. Sin embargo esa minoría es la que no solamente detenta casi todo el poder político, todo el poder financiero y económico y sobre todo el poder militar, el poder de la fuerza. De la fuerza bruta. Son ellos los que hacen las leyes que nos afectan a nosotras. Los que ponen unos sueldos que son siempre más bajos para nosotras. Cuando una minoría gobierna autoritariamente y sin dejar participar en el gobierno a la mayoría se habla, en derecho político, de dictadura.
Sin embargo, cuando las mujeres nos agrupamos para defender nuestros derechos, las de todas (incluidas las de aquellas que nos miran con ironía o desprecio) somos criticadas, ridiculizadas e insultadas. Se cuestiona nuestra ira, nuestra rebeldía incluso por algunos “compañeros de viaje” que se pierden en el uso perverso de un lenguaje lleno de trampas y que finalmente deja claro quién es quién sin disfraces amables.

Vuelvo al principio, se acaba de hacer público un informe incuestionable sobre la situación de la mujer en Europa. Y resulta que el primer dato que surge es que una de cada tres mujeres europeas es maltratada, abusada sexualmente y golpeada, en un 70% de las veces por sus parejas, esas que nos quieren tanto, tanto, tanto. Esos que se ríen de nuestras reivindicaciones y les cansan y aburren nuestros slogans, actos reivindicativos, nuestra actitud exasperante, tanto les irritamos que en cuanto pueden, ¡zas! un buen bofetón y a callar, a fregar o a la cama, que ya voy yo. Me ha recordado este informe un anuncio inglés que hace años ganaba en Cannes un premio en un congreso publicitario. En él se veía a un hombre perfectamente trajeado que andaba por la calle y se iba cruzando con diferentes mujeres, a las dos primeras las saludaba muy educadamente, a las terceras les daba un puñetazo, una patada, las tiraba al suelo…: “una de cada tres mujeres en Gran Bretaña sufren malos tratos continuadamente”, decía una voz en off en un perfecto inglés de Oxford. Me impresionó tanto que no lo he podido olvidar. Ahora ese señor tan educado, a ratos, golpea a mujeres italianas, francesas, alemanas, españolas, suecas, noruegas… siempre a unas más que a otras pues ya se sabe lo de las estadísticas: si a cada uno le corresponde medio pollo, unos se comen el pollo entero y otros los pescuezos.
El caso es que nosotras, siendo mayoría, no dirigimos periódicos, ni empresas que coticen en el Ibex, no tenemos voz y el voto no hace tanto tiempo. Pero el problema no es ese, el problema es la idea cada vez más extendida de que no es necesaria una lucha de las mujeres por mejorar nuestra situación, algo que incluso muchas mujeres creen. Que es algo que las luchas sociales y políticas solucionaran. ¿Alguien se cree eso realmente? ¿Alguien cree que el colectivo gay hubiera conseguido alguno de sus más que justos logros sin luchar, sin gritar? Ellos también tienen todavía mucho que conseguir, pero no nos olvidemos que ser mujer no es una inclinación sexual. Tampoco es una actitud ideológica. Ser mujer es una situación biológica, natural, que no tendría que significar absolutamente nada en el mundo de las ideas, de los negocios, de la política. Pero me temo que el hecho de que seamos el único colectivo social que se acuesta con su agresor, que le cuida después de las palizas y las violaciones, que le protege de las consecuencias legales nos hace ser especialmente vulnerables. Por eso, esas dos mujeres de cada tres a las que no nos maltratan ni nos golpean, a las que todavía no nos han violado, tenemos la obligación, no ya el derecho (que por supuesto) de luchar por todas, hasta por las que no quieren salir de ese círculo de miseria y humillación. Y no me refiero a que en ARCO (y en cualquier otra feria) seamos una minoría irrisoria, ni a que el mercado no valore igualmente las obras de las mujeres, ni a que la historia oculte el trabajo de las mujeres. Me refiero a que el 8 de marzo es sólo un día del año, pero que la guerra abierta por las mujeres en el mundo debe librarse también el resto de los días del año, no sólo en marzo, sino los doce meses del año. Cada una, defendiendo sus estudios, sus trabajos, su derecho a vestirse como quiera sin por ello correr peligro. Nosotras somos la inmensa mayoría.
Imagen: Sharon Hayes. In the New Future, 2005.