OPINIÓN

Ya nos deberíamos haber acostumbrado a los avances técnicos que, a lo largo de los años, se han venido sucediendo, casi amontonando, para nuestro servicio, para hacernos la vida más fácil, en principio. Porque realmente la gran parte de estas innovaciones simplemente han significado alejarnos paulatinamente del mundo en el que vivimos, del contacto directo con los hombres y con las cosas, con la naturaleza. En sólo dos generaciones hemos pasado de una población que controlaba y conocía el entorno en el que se desarrollaba su vida a otra que vive pendiente de aparatos de los que no entiende su funcionamiento. Si a nuestros abuelos se les rompían los zapatos, los arreglaban, si los animales enfermaban o parían, sabían qué pasaba y cómo enfrentarse a ello. Sabían si el tiempo iba a cambiar, si el mar se ponía impracticable… cuándo había que sembrar y cuándo recoger, y pescar y cazar, y sabían distinguir un roble de una encina y lo que significaba una fronda y el bosque bajo, y por eso no había incendios. Y sabían ir al norte y al sur mirando al cielo, a las estrellas. Nosotros necesitamos un GPS, que incluso puede ser que no entendamos. Dependemos de todo tipo de máquinas que generan lenguajes inalcanzables, a través de los cuales perdemos nuestra privacidad y nuestra libertad de acción, dependemos de que haya cobertura para nuestros teléfonos, que tengamos conexión con internet. Porque sin internet no somos nada.
Hoy en día el móvil, celular, como le llamen en cada sitio, es como el báculo en el que se apoyaban los sabios antiguos. En él tenemos todos nuestros datos, las imágenes de nuestros seres queridos, los contactos de trabajo, con él oímos música, alumbramos en la oscuridad, a través de él leemos, hacemos negocios, retrasamos nuestros encuentros amorosos… Roland Barthes dijo que el teléfono no era una herramienta de acercamiento, como muchos defendían, sino de alejamiento, porque evitaba y retrasaba el encuentro personal. Era una forma perfecta para terminar con las relaciones amorosas. Antes del teléfono procurábamos encontrarnos para hablar, para vernos, para tocarnos, desde que existe el teléfono ya no hace falta, todo es delegable, todo se puede postergar, el teléfono, arca la distancia de la separación como forma de relación, de vida. Después llegaría el fax (¿Quién no ha terminado una relación amorosa, sentimental, sexual, por teléfono, por fax?) y luego internet, con los mails, el WhatsApp, Line, Facebook, ya no es necesario ni siquiera existir realmente. Pero no todo está en internet. La red no es la solución. En el panorama más bien negro por el que atravesamos los editores se quiere plantear que la solución está en el origen del mal, como una vacuna, y que la muerte inevitable del libro en papel viene augurada por el éxito del ebook y de la omnipresencia y omnipotencia de la red. Que todo está en la red. Pues no, queridos y queridas, ni todo está en la red ni todo lo que encontramos en la red es mínimamente aceptable. Comparar la Wikipedia con la Enciclopedia Británica debería estar penado con cárcel. Apreciados estudiantes, por favor, tomen nota de esta gran verdad: investigar no es escarbar en la red, investigar es leer, comparar, buscar fuentes y documentos de la época, documentarse hasta el exceso y generar un planteamiento propio. Nada que ver con cortar y pegar, por cierto.
En cuanto a la lectura, hay cientos, miles, de textos que no podemos encontrar nada más que en papel (algunos ya ni siquiera en papel), si bien es cierto que otros sólo existen en las redes, y eso me parece bien y sensato, porque no estoy con el avance de los medios sino con su uso inteligente. Generar textos para internet, gratuitos, de acceso libre, es una gran ayuda. Pero depender única y exclusivamente de una sola fuente de conocimiento se convierte en beber en una fuente de desconocimiento. También existen salas de cine, para aquellos que no lo sepan: no todo el cine está en televisión ni en las pantallas de los ordenadores. Hay cine y teatro, y óperas que no son Online. Y hay libros. Y editores, y escritores, y libreros. ¿Y el arte? Ver un cuadro en una pantalla es lo mismo que verla en blanco y negro en un libro antiguo, nos aleja de la percepción real y de la experiencia estética real de la obra de arte. Mientras siga existiendo arte, éste se desarrollará mayoritariamente fuera de internet, y quedará como una referencia, importante, necesaria, pero tangencial a lo que el arte es.

Imagen: Joaquin Phoenix, fotograma de la película Her de Spike Jonze, 2013.