OPINIÓN

Cerca de mi casa, un incierto lugar en el campo, sin muros donde hacer la guerra ni el amor, han escrito en el suelo una simple frase de tres palabras “no te olvidaré”. Hace años que está ahí, sobre un adoquinado vulgar, sin énfasis, sencilla. Siempre me ha gustado esa ausencia de adverbios, de adjetivos. Me gusta que no diga “nunca te olvidaré” ni jamás, ni para siempre… así, humildemente, parece más sincero. No te olvidaré. No sabemos si la escribió un hombre o una mujer, seguramente un adolescente. Supongo que será una despedida veraniega, de esas que siempre sucedían en septiembre cuando aún no habíamos cumplido los 15. Esa persona ya será adulta y tal vez haya olvidado, si no todo, sí lo suficiente. Ese tipo de olvido viene con la edad. Pero aquel deseo, aquella afirmación sigue indeleble escrita en el suelo de la calle central de este micropueblo, amago de barrio entre lo urbano y lo rural. No se borra con la lluvia, ni con la nieve ni con el paso de los niños con bicis y perros, nadie le ha añadido una coletilla burlona. No sé si es respeto o es que nadie mira el suelo, pero esta pintada humilde y desesperada sigue ahí, en el suelo, afirmando lo imposible. Hace tiempo leí en un periódico una de esas frases que no dicen nada pero pueden acompañarnos siempre, una cita en la cabecera del diario que decía algo así: “no me hacen falta tus recuerdos ni tus fotos para acordarme de ti”. Un poco más elaborado, seguramente un adulto, seguramente un escritor, pero es otra forma de decir lo mismo: no te olvidaré. No me olvides tú tampoco.

¿Cuánto hemos olvidado nosotros? Cuánto hemos olvidado con el paso de los años. No sólo hemos olvidado a nuestros amores de ayer o de antes de ayer. También olvidamos lecturas y viajes, sensaciones y deseos, olvidamos nuestros objetivos, nuestros sueños. Olvidamos tantas cosas… de esos olvidos se alimenta la literatura, el arte, de esos sueños perdidos. Es el paso del tiempo y todo lo que arrastra con él, el gran tema de nuestra cultura, por supuesto de la música pero también de todas nuestras manifestaciones. Esa sensación de pérdida, esa necesidad de rellenar huecos. Todo se resume en ese incompleto pero perfecto “no te olvidaré”, en esa promesa que solamente nos hicimos a nosotros mismos y que posiblemente hayamos cumplido, porque si el paso del tiempo, el olvido, es el gran tema que nos empuja a repetirnos continuamente, la memoria es la protagonista de cualquier historia. Una memoria que se disfraza y se esconde, que a veces no reconocemos, pero que al final asoma debajo de todo lo que usa para ocultarse.

Roy Lichtenstein.

Roy Lichtenstein.

Creíamos haber olvidado todas las locuras que hicimos alguna vez por llegar a un país lejano y ver una pintura, un sólo cuadro, que resultó ser más pequeño de lo que imaginamos, pero igualmente impresionante, sorprendente, tal vez inolvidable. El cuadro y el viaje, los problemas hasta llegar, mirarlo por unos minutos y regresar. Una locura. Pero no la hemos olvidado. Parece que habíamos olvidado la alegría en aquel museo alemán, descubriendo la historia, el origen del arte, hace tanto tiempo. Cómo nos reímos en aquella exposición en Berlín, descubriendo los nombres de los artistas que poco después serían tendencia y que hoy ya son clásicos y algunos clásicos olvidados. La primera vez que en Londres descubrimos una ciudad llena de arte y de museos. Esas ciudades brasileñas que nos cambiaron la forma de ver la arquitectura, aquellas charlas con artistas que nos hicieron comprender que la vida era otra cosa, eso que apenas veíamos entre cuadro y libro y viaje y película, pero que ya empezábamos a imaginar, tal vez para nuestra desgracia. Creíamos haberlo olvidado todo en ese río que es la vida con su supervivencia, ahora que ya no nos sorprendemos por casi nada, que creemos abarcarlo todo con un superficial conocimiento, con el artificio de las redes, de internet. Creíamos haber olvidado la experiencia. Las únicas experiencias que no se olvidan son las del amor y las del conocimiento, tan parecidas que se pueden confundir. De esos recuerdos sacamos lo que somos. Si te paras un momento y piensas, te acordarás de ti mismo escribiendo en algún sitio, en un papel, en un árbol, en la arena de una playa, en el suelo de un lugar cualquiera, un nombre, el de alguien, el de un lugar, escribiendo “no te olvidaré” o simplemente pensándolo. Y todo no lo hemos olvidado. No del todo. No todavía.