Nadie, a día de hoy, osaría poner en duda el liderazgo de Art Basel en lo que a ferias de arte contemporáneo se refiere. Ni uno sólo, y aquí incluyo a los más fanáticos de la londinense Frieze, una feria que para su edición de 2012 ha decidido alterar su guión fundacional y decidirse a emular a su principal competidora inaugurando una sección dedicada a las vanguardias (Frieze Masters), y una nueva sede en Nueva York, un hecho que, por cierto, ha alterado todo el calendario de ferias de la ciudad de los rascacielos y provocado el cabreo monumental de los organizadores del Armory Show.


Sin embargo, algo ha hecho que este año Art Basel no haya lucido con tanto esplendor como en otras ediciones. Tal vez esta ausencia de brillo pueda deberse, entre otros motivos, al escaso interés que despertaron (entre los expertos, no entre los coleccionistas) la mayoría de los proyectos seleccionados para el Art Unlimited, el segmento más espectacular de la feria, donde tan sólo unas cuantas piezas conseguían “salvar los muebles”. O acaso esta carencia de lustre en la “feria de ferias” obedezca al escaso riesgo asumido por la mayoría de los stands de la segunda planta, o a la ya habitual obscenidad de la planta baja, más evidente que nunca. En ella, un sinnúmero de Warhols, Picassos, Mirós, Kandinskys, Boteros o Bacons quedaron sin comprador porque la gran mayoría de los coleccionistas prefirió apostar por inversiones menos onerosas pero tal vez más rentables a largo plazo. Y es que, lo queramos o no, seguimos en tiempo de crisis, y si no que se le pregunten a los escasos visitantes españoles de la feria (entre los que se contaban tan sólo unos cuantos directores de museos –cada vez menos, por cierto –, escasos coleccionistas, y apenas tres o cuatro críticos especializados), entre los que la frase más repetida fue: “cada vez ‘pintamos’ menos”. Un hecho innegable a tenor de lo visto en esta edición, por más que hubiera galerías españolas en todas y cada una de las ferias organizadas en la ciudad (Elvira González, Juana de Aizpuru, Joan Prats, Helga de Alvear, Polígrafa y Projectesd en Art Basel; Nogueras Blanchard en Liste; Valle Ortí, ADN, Visor y Formato Cómodo en Volta; Aranapoveda en Scope; y Cánem y Fernando Pradilla en The Solo Projects).


Pero no todo fue negativo en esta edición de Art Basel, y algunas secciones, como los Art Statements (en particular, los proyectos de Runo Lagomarsino, Pauline Boudry & Renate Lorenz, Alexandre Singh y Alejandro Cesarco), o algunos de los proyectos seleccionados para los Art Features (donde la galería española Projectesd demostró su audacia al presentar la obra de Jochen Lempert, un artista totalmente ajeno al gran mercado) otorgaron cierto descaro a una feria que, si bien continúa fiel a la enorme calidad de las galerías y obras presentadas, este año se mostró más conservadora que nunca.


Con estos mimbres, era necesario salir del recinto de la Messe Basel para encontrar propuestas innovadoras y de cierto riesgo, como las que se podían encontrar en Liste, la feria de arte joven de la ciudad. Allí, en la antigua fábrica de cervezas (un espacio incómodo como pocos, pero que desde luego, otorga a Liste una personalidad inconfundible), algunos stands ofrecían ese punto de frescura cada vez más difícil de encontrar en Art Basel. Tal era el caso de las galerías Mezzanin, Schleicher + Lange, Stigter, T293, Jocelyn Wolff, Marcelle Alix, Tulips & Roses, Labor, y también, el de la Galería Nogueras Blanchard, que con una propuesta en torno al mundo de la oficina desarrollada a partir de trabajos de Ignacio Uriarte y Wilfredo Prieto, demostró que tanto el riesgo como la originalidad son dos rasgos indispensables si uno no quiere ser simplemente uno más entre los cientos de expositores que cada año se citan en Basilea.


Mención aparte, sin lugar a dudas, merecerían las muestras organizadas por la Kunsthalle Basel y el Museum für Gegentwarkunst, dos espacios que con sus exposiciones de este año hacían evidente que la institución del siglo XXI no debe conformarse con preservar y conservar, sino también apostar por los discursos y lenguajes experimentales del arte, aun a riesgo de equivocarse. De este modo, en el primero de estos espacios, tanto la colectiva How to Work (More For) Less, como la individual de R.H. Quaytman, ilustraban al espectador acerca de cómo administrar la muy diversa valía de las obras presentadas mediante un montaje comedido y exquisito. Y algo parecido ocurría en el museo situado a las orillas del Rhin, donde Henrik Olesen desplegaba ante el espectador la complejidad de su imaginario maquinico-gay en una exposición atrevida y oscura, pero sin lugar a dudas, difícil de olvidar.



Imagen: Vista de la obra de Emre Hüner en el stand de la Galería Rodeo dentro de los Art Statements en Art Basel 2011