OPINIÓN

Es algo inevitable cuando se tiene pasado, cuando se tiene memoria. Hablar del ayer. De lo que pasó. ¿Te acuerdas cuando…? Pero no, no se acuerdan. Nadie se acuerda ya de lo que pasó, incluso aunque estuvieran presentes, mucho más si ni siquiera lo vivieron. Nadie quiere saber nada del pasado. No deberíamos hablar nunca más del pasado. Primero porque nos hace parecer viejos, nada que ver con lo que antes significaba tener experiencia y conocimiento, ahora lo que sucedió ayer, la historia, un conocimiento extenso, no son apreciados, incluso hablan mal de nosotros. Lo que hay que saber es cuál es el último acontecimiento en cultura urbana, quién ha sido el ganador de la convocatoria más reciente en el lugar más inconcebible. No se trata de lo nuevo, estamos hablando de lo último. De lo que todavía no ha acabado de pasar. No importa lo que sucediera en la feria de Basilea de 2015, eso ya no le importa a nadie, ya pasó y a continuación se olvidó. Nadie se acuerda de quien representó a su país en la Bienal de Venecia de hace cinco años, hay que buscarlo en Google, que se ha convertido en la memoria universal, igual que la Wikipedia ha sustituido a la Enciclopedia Británica en los cánones de conocimiento.

Cuando hablamos del pasado con alguien que no quiere saber nada del pasado, de nada que sucediera más allá de ayer por la tarde, notamos un gesto de conmiseración en su rostro, como si le diéramos pena. No entienden porqué insistimos en que ese artista es simplemente una copia de aquel otro que triunfó hace décadas. No entienden, al parecer, el concepto copia, ni imitación. Por supuesto historia es sinónimo de ficción, de cuento chino. Todo es nuevo, no hay pasado luego nadie copia a nadie ni imita a nadie. Todo está recién hecho, ciertamente todo parece que aún no ha sido acabado. No tener memoria, haber borrado casi todo el disco duro, puede ayudarnos a comprender la existencia de las ferias y, sobre todo, a esos compradores que se abalanzan ávidos de novedades sobre malas copias de artistas ya olvidados. Aquellos que todavía recuerdan casi todo lo que han visto en sus vidas y en sus viajes alrededor del mundo, de feria en feria, de museo en museo, de bienal en bienal, de exposición en exposición, suelen pasear juntos comentando lo que ven en código de juego. No se trata de un trivial en el que hay que adivinar a quién pertenece cada obra, sino de descubrir de qué artista o movimiento procede, a que otro artista imita. Se les suele ver en parejas, sonriendo y separándose dulcemente, como quien deja a un antiguo amor después de un inesperado encuentro, cada uno seguirá su paseo por los pasillos de una feria, por las salas de alguna exposición, mirando lánguidamente pero sin gran interés las obras expuestas. La memoria cansa, el recordar es un peso cada vez más exigente.

No deberíamos hablar nunca más del pasado. De hecho incluso a los que todavía recordamos casi todo nos aburre cuando alguien nos cuenta, lamentándose de su presente, lo que ayer fueron, todo lo que vieron, lo que vivieron. Es como cuando una mujer nos habla de lo bella que era, que fue con 18 años. Realmente dan pena, una pena que para los que recordamos tantas cosas pero casi siempre nos las callamos, resulta un poco obscena. Porque todos vivimos en el presente y hay que comprender o por lo menos reconocer lo que hoy sucede. Recordar no es echar de menos. Acordarse de la historia del arte reciente no significa no valorar lo nuevo, pero ayuda sin duda a distinguir entre arte y artesanía, entre arte y decoración. Recordar no nos convierte en viejos sino que nos hace un poco más sabios y sobre todo un poco menos estúpidos.

En una sociedad afectada de un alzhéimer colectivo y voluntario, en el que ni los estudiantes de arte saben nada del arte de su país de hace más de una década, la producción cultural inevitablemente tiene que ser débil. En una sociedad en la que las instituciones padecen un grado terrorífico de amnesia cultural y no exponen ni apoyan a sus artistas, porque ni los reconocen, el mañana es un lugar nebuloso y ciertamente dudoso. Hay veces, muchas veces, que es mejor refugiarse aunque sea momentáneamente en un buen recuerdo que en un mal presagio.