VOCES

  • Nicholas Nixon, Las Hermanas Brown, 1975. © Cortesía de Fundación Mapfre
  • Nicholas Nixon: “es muy bello poder apreciar todo lo que ofrece una impresión en papel”

La obra de Nicholas Nixon (Detroit, Michigan 1947) desprende humanidad, intimidad y quietud. Sus inicios se centraron en el paisaje urbano y la arquitectura pero, tempranamente, viró hacia un interés por el retrato que ya jamás desaparecería. El uso del gran formato, dando lugar a fotografías con un gran detalle y espectaculares texturas, demuestra su compromiso con la fotografía en papel y la importancia que le da a la copia final. Asimismo, y aunque la serie dedicada a las hermanas Brown sea una de las más emblemáticas, los proyectos de Nixon evidencian una importante sensibilidad y compromiso social. Su serie sobre enfermos de sida es muestra de ello, en esta misma, Nixon se acerca al individuo que se enfrenta a la enfermedad con la intención de narrar la historia de una manera cercana y delicada pero sin renunciar a la naturalidad y evitando el dramatismo. La Fundación Mapfre acoge una exposición retrospectiva de Nicholas Nixon que se puede ver en su sede en Madrid hasta el 7 de enero de 2018.

Marta Sesé: ¿En qué momento decides convertirte en fotógrafo? ¿Cuáles eran tus inspiraciones y motivaciones cuando empezaste?

Nicholas Nixon: Cuando empecé estaba estudiando Literatura Norteamericana en la Universidad de Michigan y, el año antes de graduarme, realicé un curso de fotografía en la escuela de artes de la misma universidad. También trabajaba en una librería para mantenerme y, durante el tiempo libre que tenía, me dedicaba a leer libros de arte. Fue en ese momento cuando la fotografía empezó a interesarme. Cartier-Bresson era uno de los fotógrafos que más me llamaba la atención. El primer día del curso de fotografía que te he mencionado supe que aquello era lo que quería hacer. La fotografía me descubrió que lo que quería verdaderamente era ser un “hacedor” más que un escritor. Antes de que eso sucediese, tenía la intención de estudiar un doctorado en inglés y ser profesor en la universidad, pero nunca estuve entusiasmado con esa idea. En relación a la fotografía, ni siquiera me importaba que no tuviese grandes posibilidades de profesionalizarme con ello, ya que nadie compraba fotografías en ese momento. Tenía muy claro que eso era lo que quería hacer.

Retrato Nixon

MS: Has estado tomando fotografías durante prácticamente cinco décadas, casi la tercera parte de la historia de la fotografía. ¿Cómo ha cambiado la fotografía como arte desde que empezaste hasta hoy? 

NN: Sobre todo en que se ha expandido. Los museos han coleccionado hasta un punto en que antes era impensable. Se han abierto departamentos de fotografía dentro de universidades e incluso en institutos. Pero lo más notable se relaciona con el coleccionismo; tanto museos como coleccionistas privados empezaron a comprar imágenes como si se tratase de obras de arte. Esto empezó más o menos en 1980 y fue algo enorme para mí, ya que significaba que tenía la suerte de poder financiar buena parte de mi vida vendiendo fotografías. Después de mi primera exposición individual en el MoMA, en 1976, la gente empezó a llamarme para exponer y, en mi primera exposición en una galería en Nueva York, se compraron unas cuatro o cinco fotografías. Aquello era increíble. Nunca hubiese soñado que eso iba a ocurrir. Para mí ese es el gran cambio que ha habido. Pero ahora está cambiando más todavía. Creo que debido a las redes sociales el interés por la copia en papel, la impresión, se ha perdido o, por lo menos, ha disminuido. A mí lo que más me preocupa es la impresión y no creo que eso vaya a cambiar. Me gustan las impresiones en papel, me gusta la pintura, el dibujo. No me interesa la televisión… por supuesto que sí que me encantan las buenas películas pero, para mí, lo mejor es poder tener algo en papel. Es muy bello poder apreciar todo lo que ofrece una impresión en papel.

MS: En ese sentido… ¿el uso de la cámara de gran formato responde a un interés en la copia final?

NN: Sí, las fotos que ves aquí se consiguen a partir de negativos que tienen el mismo tamaño que el papel. Cuando las imprimes como contactos puedes verlo todo. Y si usas una lupa puedes ver todavía más y más. Eso es algo que no sucede con las impresiones digitales. Las impresiones de mis negativos pueden ser lo bellas que yo quiera ya que puedo estar seguro de que su apariencia y detalle será el que yo quiera. Coger estas impresiones en papel con las manos se convierte en algo sensual.

MS: Pero el uso del gran formato también te resta velocidad…

NN: Si miras mis fotografías, algunas de ellas transmiten cierta velocidad. Aprendí a usar el gran formato de manera veloz. Puedo instalar aquí la cámara y hacerte una fotografía en solo diez segundos. Se podría decir que uso el gran formato como si fuese uno mucho más pequeño. Hace mucho tiempo me decían precisamente eso, que yo era bueno usando el gran formato como si fuese uno más pequeño y, aparentemente, más ágil.

MS: Es sencillo darse cuenta de que el retrato ha sido uno de tus intereses principales. ¿Cómo reacciona la gente al ver una cámara de gran formato? Da la sensación de que tiene que invitar a la calma… algo muy característico de tus fotografías.

NN: Sí, por un lado llama a la calma pero, por otro, también llama mucho la atención. Cuando camino por la calle me convierto en una especie de espectáculo. La gente dice “Oh, ¿qué es eso?”. Y, por lo general, cuando instalo la cámara y le pregunto a alguien si le puedo hacer una foto, en seguida les llama la atención la apariencia antigua de la cámara y el hecho de que es de madera. Tengo la sensación de que enseguida están seguros de que no les voy a robar su imagen, de que no les voy a robar nada. Es muy amigable, sencillamente digo “¿puedo tomarte una foto?” y no “¿puedo tomar tu foto?”. Y hay algo tranquilizador para la gente en ese pequeño matiz. Además, algunas veces, la gente me ve como un tonto amateur que no sabe lo que está haciendo. Y eso tampoco está mal, porque siempre dicen que sí.

MS: En relación con tu serie Las hermanas Brown, he leído que para ti no se trata de una exploración sobre el tiempo. ¿Cuál fue el primer paso para empezar esta serie?

NN: Soy hijo único por lo que casarme con Bebe, teniendo ella tres hermanas, resultaba algo excitante. Llevaba en la familia cuatro años cuando tomé la primera fotografía de la serie. Estábamos todos en la casa familiar y se me ocurrió que era un buen momento para tomar esa fotografía. En ese momento yo estaba haciendo la serie de edificios de Boston. A ellas enseguida les gustó el resultado porque las fotografías que había en casa de sus padres siempre eran del estilo “foto de equipo”: todas vestidas igual y respondiendo a la palabra “sonríe”. Esas fotos eran aburridas para mí. El hecho de proponerles que solo tenían que estar presentes y que podían vestir y hacer lo que quisieran les encantó. La fotografía que se hizo el año siguiente fue un poco por accidente. Estábamos en el acto de graduación de una de las hermanas y todas ellas llevaban vestido, algo nada habitual. Cuando vi ambas fotografías, una al lado de la otra, tomadas con un año de diferencia y me cercioré de las diferencias me di cuenta de que era buena idea entenderlo como una serie. Algunas de las hermanas llevaban el pelo más corto, otra más largo, en una había luz en vez de sombra… las diferencias que podían suceder en un año me parecían algo maravilloso. No solo aquellas que se referían a las personas, sino la luz o la ubicación. La única norma que tiene la serie es que las hermanas deben estar en el mismo orden pero, por lo demás, pueden aparecer como ellas quieran. Con los años esta serie se ha convertido en un proyecto de grupo. Ya no soy yo quien decide, como sí pasaba al principio, sino que, de las diez fotografías que realizo, escogemos la definitiva entre todos; tiene que haber unanimidad.

MS: Tu serie sobre el SIDA se llevó a cabo en un momento en el que la enfermedad estaba completamente estigmatizada. ¿Estabas sensibilizado con esa situación?

Serie People with AIDS

NN: Por supuesto. Ser gay en los 80 no estaba bien visto, quizás sí lo estaba en ciudades como San Francisco, pero en muchos lugares los gays se escondían, no lo hacían público. Había un estigma en ello. Igual que también lo había si usabas drogas. El retrato que se transmitía de los pacientes de Sida en los medios era muy negativo y triste. Habitualmente las imágenes eran de personas a punto de morir y de apariencia muy enferma. Creo que este hecho conseguía que la gente no tuviese nada de compasión y pensase “bueno, esto no va conmigo, no es mi problema”. Quizás pueda sonar pretencioso, pero, para mí, la idea de hacer un libro que pudiese humanizar a los pacientes de Sida, mostrarlos como personas junto a sus padres o sus amantes pensé que podría ser una manera de humanizarlos y mostrar una cara más real de la enfermad. Esta era la manera en como yo podía aportar algo a la epidemia. En ese momento se vivía prácticamente como una crisis nacional, como una verdadera crisis, como un terremoto. A medida que llevaba a cabo el proyecto me di cuenta de que los pacientes de Sida tenían la necesidad de dejar algo, de mostrar lo que pensaban y lo que sentían, dando cuenta de que su vida tenía un valor. Creo que llevar a cabo el libro fue una manera de ayudarles en este sentido. Fue un momento muy duro ya que solo una medicina llamada AZT podía ser un remedio y, algunos enfermos podían tomarla y otros no. Los que no la tomaban morían y, los que la tomaban, morían igualmente al cabo de tres o cuatro años. Cuando conocía a los pacientes estaba conociendo a alguien que sabía que iba a morir mucho antes que yo. Era triste pero, a la vez, era un regalo. Con algunos de ellos establecí lazos muy importantes y estrechos; eran como hermanos para mi.

MS: Se percibe enseguida que tu aproximación a esta serie no es abstracta o documental. Sino que te centras en historias concretas de individuos. ¿Cómo te acercaste a ellos, a sus familias y a su intimidad?

NN: Lo primero que hice fue escribir una carta a un grupo que se llama AIDS Action Commite en Boston. Entonces empecé a ser voluntario con ellos y, cuando tuvieron más confianza conmigo, me dejaron enviar una carta a todos los pacientes. Enseguida, muchos de ellos, se mostraron voluntarios a participar en el proyecto hasta el punto que tuve que pararlo. Eran momentos muy difíciles y muy tristes. Había gente en Nueva York que se mostraba reacia con mi proyecto, que pensaban que era un error mostrar públicamente imágenes de pacientes que se sabía que iban a morir porque ello podría conseguir que otros perdiesen la esperanza. Su opinión era que la imagen que había que transmitir era la de gente viviendo con Sida. Sí, esa era la frase: “viviendo con Sida”. Ellos estaban en su derecho de tener su opinión, claro… también había cierto resentimiento hacia mí por el hecho de ser heterosexual. Por supuesto, estaban en su derecho de tener esta opinión y yo la respetaba, pero no la compartía. Vi a trece personas que estaban muriendo e intenté mostrarlo de la manera más amable, sincera y gentil que pude.