OPINIÓN

Vivimos momentos en los que tal vez por una crisis económica ya demasiado larga y, tal vez, por una degradación de la inteligencia, la creatividad y la libre opinión, pareciera que todo vale. Como en el tango, “da igual un burro que un gran profesor”. La falta de dinero nos obliga a un pluriempleo siniestro y, aún peor, a tener la boca cerrada si queremos poder alimentarla. Se acabó la crítica, se acabó no estar de acuerdo. Vemos como los que ayer nada hacían hoy lo hacen todo: han sabido rentabilizar sus silencios, su falta de crítica. Cuando personajes a los que siempre recurren los políticos de derecha para dirigir sus museos, se hartan de proclamar su independencia política, entonces, ya sabemos que ha llegado el tiempo del silencio. Cuando personas que han planteado actitudes de izquierda, si es que eso existe, siguen en sus puestos con gobiernos de derecha profunda, entonces, ya sabemos que hemos tardado demasiado en callarnos, que nunca fuimos prudentes, que lamentablemente creímos aquello de la crítica constructiva. Inocentes.
Escasean los críticos, pero abundan, en un exceso cercano a la incontinencia, los curadores/comisarios. Ese desequilibrio en la balanza de las funciones del arte no debe hacer que confundamos los términos ni las funciones de unos y de otros. El que haya muchos artistas y muy pocos coleccionistas no lleva a nadie a decir que los artistas ahora se han convertido en coleccionistas, simplemente porque los artistas tienen en sus talleres parte de su propia producción y, en muchas ocasiones, obras de otros artistas. No, aunque haya artistas que tengan almacenes llenos de obras (generalmente propias) no significa que sean coleccionistas ni que se les pueda tratar como si lo fuesen, ni adjudicarles sus características, objetivos, métodos, o funciones. Pues lo mismo pasa con la relación entre el crítico y el curador. Ante la falta de críticos,los curadores han ido suplantando su lugar en la sociedad artística. Se dice, como hace poco José Roca en una entrevista, que la selección de artistas que componen una exposición sustituye a la crítica escrita. Me parece un auténtico despropósito, en primer lugar porque al hacer una exposición el curador no siempre puede contar, por problemas económicos, de tiempo, de accesibilidad, con los artistas y las obras que le gustaría en un 100 por 100 y tiene que conformarse, en más ocasiones de las que se reconocen, con segundas e incluso terceras opciones. En segundo lugar, y más importante, es que el curador cuando estructura su idea, su tesis, y la plantea como exposición lo hace de manera propositiva y no crítica con las obras y los artistas que selecciona o con ninguna tendencia, grupo o situación plástica. No se trata de que la crítica deba ser negativa, sino que como su propio nombre indica debe ser crítica, analítica. Una exposición no tiene por qué, puede ser y generalmente es, muchas otras cosas.

De un tiempo a esta parte hasta las asociaciones de críticos se están vaciando de aquellas personas que escribían su opinión en diferentes medios y analizaban la situación del mundo del arte y de la creatividad, la obra y evolución de los artistas, el trabajo de los museos, para dejar su sitio a otros profesionales (o amateurs con sólo alguna exposición en su currículo, algunas bien cuestionables) que en absoluto critican ni analizan ni en muchas ocasiones conocen el sector como para poder escribir un solo folio sobre él. Tal vez no lo necesiten para organizar una exposición como curadores, pero desde luego no son críticos de arte. Un hecho que evidencia mas aún la distancia que separa al curador del crítico es su independencia de las instituciones. El curador trabaja para las instituciones, para museos, ferias de arte, galerías, el crítico es ese personaje, casi siempre molesto, que cuestiona, disecciona la actuación de esas mismas instituciones, y por lo tanto no trabaja para ellas sino lo más independientemente posible de ellas. Y además, el crítico debe juzgar, explorar, analizar las exposiciones que hacen los curadores…, no veo muy aceptable que la misma persona haga la exposición y critique su idoneidad, aciertos y errores, fallos y hallazgos. ¿Juez y parte? ¿Víctima y verdugo? Son parejas difíciles de creer, aunque algún director de museo lleva años intentando convencernos de que es la propia institución la que debe crear el evento, producir la obra, seleccionar a los artistas, crear las teorías y además, hacer también las criticas al evento, a la selección y a las teorías. Así todo se queda en casa y el mismo que hace se critica a sí mismo en un círculo cerrado hasta la aberración. Sería como pedir que el actor de teatro se hiciese el mismo la crítica de su actuación, que el político en el poder se cuestionase el mismo desde una oposición formada por su propio gabinete. Suena difícil, aunque tal vez no tanto si lo pensamos un poco.
Esa independencia o su falta es lo que debería ser la clave de la separación entre las figuras del crítico y del curador. Pero en la sociedad actual la independencia tiene un precio, no demasiado alto, y la falta de trabajo, la dificultad de una tarea mal pagada y aún peor valorada por el sector en pleno (como autodefensa ante una voz crítica) aboca a los que fueron críticos a vivir de otras cosas: dirección de museos, profesores de universidad, curadores. En definitiva puede parecer que vivir cerca del mercado, a la sombra de las instituciones es más cómodo y rentable que estar siempre mirando, buscando, analizando. Esa “comodidad y rentabilidad” es una grave enfermedad para el sector, la figura del crítico, la voz adecuada, con la palabra y el texto apropiado sirve de control de regulación, evitando ese “todo vale” que tanto daño esta haciendo al arte actual.
Imagen: Dibujo de Dan Perjovschi.