OPINIÓN

Llegará un momento en el que no tenga nada que decir. A nadie le va a importar, seguramente ni se darán cuenta. Cada vez a menos gente le importa lo que sucede en el mundo del arte actual. Para qué decir que lo que pueda suceder a los vestigios arqueológicos, a la pintura del siglo XVII o a la cerámica griega, sólo interesa a una minoría tan exigua que caben en el salón de mi casa. A nadie le importa ya casi nada y con ese cielo oscuro que nos tapa el sol y cualquier atisbo de arco iris, la vida cada vez es más triste. Es en estos momentos en los que hay que pararse y mirar, hacer una lista de la situación. No se trata de hacer esas absurdas listas de fin de año con las exposiciones más interesantes, los hombres más ricos y las mujeres más guapas. Se trata de pasar lista a lo que estamos perdiendo cada día. Esa lista en la que poner en un sitio destacado que el arte actual se está quedando sin público, porque antes se ha quedado sin críticos que escriban sus opiniones, sus críticas, sus quejas sobre lo que pasa y sobre lo que no pasa. Nos hemos quedado sin revistas de arte que nos informen y den visiones contrastadas. Nos hemos quedado sin diversidad biológica en un microclima cultural en el que antes había leones y papagayos, tigres y jirafas, y todo un universo de pájaros de colores y peces imposibles de imaginar. Toda esta fauna salvaje y bella ha sido sustituida por diversas razas de corderos que caminan en silencio a los diversos mataderos. Con la pérdida de la diversidad ha llegado el aburrimiento. Con el olvido de lo salvaje, de lo inabarcable, de lo desconocido, se ha perdido la curiosidad. Vivimos en una monotonía en la que ni un ronquido es más alto que otro. Naturalmente esta situación favorece que los presupuestos para artes visuales sean cada vez más exiguos… son pocos los que protestan, tan pocos que con unas migajas, con algunos encargos, algún puesto público, se van a conformar y callar. El público, la gente, nosotros, no importamos. Somos tan educados, tan obedientes y tan silenciosos que a veces el poder, ese señor que firma los presupuestos, se olvida de que existimos. Los museos y centros de arte cada vez más están dirigidos por antiguos curadores más o menos independientes que ya dependen absolutamente de ese poder que les da de comer, poco y con mala cocina, pero que les alimenta y les silencia. Y ellos hablan y escriben y realizan exposiciones cada vez más iguales unas a otras, más aburridas, más feas, más insignificantes. En la lista de lo que ya perdimos hay que incluir a esa figura brillante e inteligente que era el curador, el comisario, el que hacia exposiciones porque le daba la gana y como le daba la gana. Ahora ese personaje se ha institucionalizado y hace lo que debe hacer y como debe hacerse. Ese antiguo curador salvaje ha engordado, se le ha caído un poco el pelo y aunque se gasta más en vestir cada vez nos resulta más feo, más bibelot, más bufón de la corte de un rey Arturo que no tiene nada de noble. Con estas notables pérdidas (crítico, curador, director de museo…) el panorama ha perdido mucha acción, aunque la población crece y crece pues hordas de jóvenes quieren sustituir al viejo curador de 35 años, al anciano director de 40… en una carrera sin fin que nos lleva del aburrimiento a la ignorancia y que sólo produce jóvenes gordos y un poco calvos que mantienen conversaciones que no les importan ni a ellos mismos, dándose el caso de que alguno se ha dormido, de pie, con la boca abierta y el gin tonic colgando de la mano blandita. Con este panorama los artistas han perdido la guía y la razón de ser artistas, porque la gran mayoría piensan más en las galerías y en las ferias que en sus propias obras. Y unos señores con un poco de dinero autoproclamados coleccionistas intentan marcar las modas y los hitos culturales. Pero ni tienen suficiente dinero para comprar la inteligencia, ni la suficiente inteligencia para comprar lo mejor de lo que se produce en estudios cada vez más vacíos y sofisticados. Mucho ruido de tarjetas VIPS y muy pocas nueces. Y todo empezó con la pérdida de la palabra, con el fin de la crítica, de las voces críticas. Todo empezó cuando la palabra, la independencia, la libertad, la inteligencia se puso a la venta a un precio muy barato. Todo lo demás se fue perdiendo poco a poco, hasta que ya no queda casi nada que defender. No vivíamos en el paraíso pero sí era un territorio brutal, salvaje, en el que crecer y generar ideas, batallas, revoluciones; fórmulas nuevas cada día. Hemos salido de ese lugar inhóspito para instalarnos en adosados vulgares donde no hay nada que hacer más allá que ver la televisión. Y quiero hacer esta lista de todo lo que hemos perdido por si mañana ya no puedo escribirla, por si a todos los demás se les olvida junto a la lista de la compra, junto a la carta de los reyes magos de los niños. Cartas, listas que nadie lee, a las que nadie les hace caso, que son parte de una narración de un pasado que ya casi nadie recuerda.


Imagen: Tomás Sánchez. Relación, 1986.