OPINIÓN

Con 71 años se puede hablar. Y si eres alguien que ha demostrado saber lo que haces y por qué lo haces, tus palabras son algo más que opiniones, más que informaciones, mucho más que comentarios. Sucede con Richard Serra, el escultor de las curvas de acero, de la fragilidad vertical, que ya tiene 71 años. Tal vez es una edad a la que empezamos a ver un final cercano, o tal vez es un momento en el que ya hace tiempo que sabemos que lo único que queda por hacer es salir de escena y nos dedicamos a recoger, a dejar las cosas en su sitio: todo ordenado, y sobre todo las ideas y las opiniones. Un libro recién publicado recoge sus escritos y sus entrevistas y una entrevista en el cultural de El País nos entrega algunas de sus píldoras, algunas de sus ideas y experiencias.


No cabe duda de que el que sabe lo que hace y por qué lo hace está cerca del conocimiento. Pero hace falta que el tiempo refuerce ese conocimiento. Esa suma de tiempo, experiencia e inteligencia, de búsqueda y hallazgo, debe ser la masa de la que está hecha la sabiduría. Vejez y sabiduría puede ser la única mezcla que nos acerque a la verdad. Serra habla de muchas cosas, pero sobre todo habla de arte, de escultura, y de cultura. Habla del siglo que vivimos y de su alejamiento del siglo pasado, habla de cómo la curva es el gran hallazgo de la arquitectura en el siglo XXI y nos explica que la construcción de los artistas (el habla de Picasso, de Cézanne, de Giacometti, nosotros añadiríamos a Serra) nos ofrece la posibilidad de tener sensaciones, experiencias que no se pueden encontrar en ningún otro sitio nada más que en sus obras. El por qué la cultura nos hace mejores es porque expande nuestra percepción de la vida y de nosotros mismos. Es difícil encontrar observaciones que como estas nos den pie a comprender por qué nos dedicamos a este oficio de mirar, de escribir, de vivir siempre entre construcciones artísticas. Y es muy gratificante comprobar que la idea de la sensación, de la piel, de que el arte es algo cercano a las sensaciones y no sólo al conocimiento, sigue viva y sigue siendo algo real.


Serra tiene 71 años y por eso sus palabras son sabias, pero también son valientes, sin duda porque un hombre que construye láminas de acero y las coloca en vertical y en una precariedad aparente que induce al vértigo, sabe muy bien lo que es vivir en un riesgo inestable. Por eso sus palabras se alejan de esa cobarde asunción de lo intragable en que se está convirtiendo el arte actual. El afirma que desde los años 60 no ha habido ningún progreso en las artes, y que después de las esculturas de Carl André o Donald Judd, mas alguna buena idea de Bruce Nauman, no le ha interesado ningún escultor, “¿más jóvenes?” se pregunta, y se contesta él mismo “No muchos”. El posmodernismo ha eliminado la diferencia entre crear y plagiar y ahora todo parece ser válido… pero no ha habido cambios en el lenguaje. Lo que es una opinión personal, cuando está basada en la experiencia y en el conocimiento, no deja de hacer mella, no deja de obligarnos a pensar en sus palabras. Y esa innegable sabiduría nos hace mirar a nuestro alrededor con los ojos más limpios, más abierto, y nos ayuda a confiar más en nuestra propia experiencia, en nuestra propia sabiduría y nos reafirma en que nuestras dudas sobre gran parte de lo que se piensa y se presenta como nuevo no siempre lo es. Y que aquello que se nos quiere hacer ver como la gran creación actual puede que no lo sea, incluso puede que solo sea la suma de algo recogido en muchas partes, en casas ajenas, en mentes abiertas, apenas digerido, poco repensado. El tiempo y los sabios lo dirán.