OPINIÓN

Hace muchos años que las cosas ya no son como solían. Naturalmente en gran medida se debe a esa enfermedad que se adquiere con los años y que se llama experiencia, con ataques agudos de conocimiento y cierta mezcla de escepticismo, contra la que no hay un tratamiento certero. Pero además de ser una enfermedad es un síntoma, un síntoma de que el mundo del arte, la idea de cultura, ha cambiado. Me di cuenta hace unos años cuando la prensa cultural empezaba a hablar de Venecia como de una feria de arte, al principio creí que era una ironía del autor, pero enseguida me di cuenta de que esa percepción errónea de lo que había sido la Bienal de las Bienales se extendía. Y te encontrabas con coleccionistas, asiduos de ferias y eventos artísticos que se lamentaban de que no habían podido comprar nada en Venecia, o de que les gustaba más la Bienal de Basilea que la de Venecia. Entrábamos en una situación irreversible: la proliferación absurda de ferias y de bienales en paralelo había, por así decirlo, fundido los fusibles y ya no se diferenciaba entre lo que era una feria (un mercado para especialistas) y una bienal (un proyecto curatorial, o varios conjuntos, que definen una visión concreta del arte en un momento determinado). Pero naturalmente la posibilidad de poder estar exponiendo en Venecia o en Basilea seguía siendo algo muy difícil de conseguir, ni se aceptaba a todas las galerías en Basilea ni a cualquier artista o cualquier país en Venecia, donde sólo tienen pabellón propio los países tradicionales, no los nuevos ni emergentes. Por ejemplo los latinoamericanos no tienen pabellón propio, ni Portugal. Ni por supuesto los asiáticos ni los árabes.
Pero, como ya decía más arriba, las cosas ya no son como solían. Ahora cualquiera que tenga un poco de dinero puede estar presente en Venecia. Estar en Art Basel sigue siendo más difícil. Y cuando digo que cualquiera puede organizar su exposición, tener presencia propia en Venecia, digo cualquiera que pueda pagar un alquiler de un palacio, porque al final todo se centra en la vieja rivalidad entre los propietarios y los que sólo alquilan. Los países tradicionalmente destacados, son propietarios de sus pabellones. El resto se busca la vida, un palacio, una iglesia, un almacén, y lo alquila, y además siempre nos queda el arte público como ultima opción. Montará la exposición que quiera, y estará incluido en los eventos paralelos, el circuito off. Como todas esas ferias que proliferan como parásitos alrededor de las más grandes. Autonomías, institutos culturales, marcas comerciales, fundaciones privadas y, por supuesto, países de todo tipo estarán en Venecia, y tal vez lo que muestren sea lo de menos. Realmente por lo que cuesta una exposición en un museo importante se puede estar presente en Venecia. Incluso con mucho menos. El alquiler de un palacio, un convento, un espacio interesante oscila entre los 15.000 y los 40.000 euros al mes dependiendo de su ubicación, tamaño y estado de conservación. Y ahí está incluido su mantenimiento e incluso el catering del opening. Aunque ya estábamos enterados de este funcionamiento, los detalles han salido a la luz con el desastre que ha sido la fallida presencia de Costa Rica en la próxima Bienal, a la que finalmente no asistirá… aunque el comisario (Gregorio Rossi, italiano) aún cree que podrá ir por su cuenta, si los artistas seleccionados para la muestra (que empezó llamándose Costa Rica, país de paz y que ha acabado siendo Artistas en Venecia contra la guerra) aporta cada uno entre 3.000 y 5.000 euros. Hasta el momento son 50 artistas, aproximadamente 200.000 euros. Costa Rica se retira pues no le parece bien este sistema, y porque realmente una muestra con más de 50 artistas entre los que está Dario Fo, entre otros, no les parece representativa de su país. Y una recuerda cuando los países del Caribe se unían en una sola exposición (curada por Virginia Peres Ratton) en la Bienal de Sao Paulo, en la que fue una muestra realmente esencial para el arte de toda la región y confirma una vez más que las cosas ya no son como solían. Y ya no quiero ni saber cuántos países increíbles y en los que el arte actual es algo inesperado acuden a la Biennale, ni cuántas instituciones paralelas, ni cuántas fundaciones privadas, ni cuántas marcas comerciales, ni cuántos jóvenes con “grandes ideas”… ahora ya sabemos que el dinero mueve al mundo, que el arte es sólo una mercancía, que las princesas no son tan bellas, ni las brujas tan malas, que el lobo puede ser el bueno del cuento y que la oveja suele ser una hija de puta. Que la única ilusión es triunfar y hacerse rico, y el único objetivo de artistas y comisarios es estar allí, al precio que sea. Hoy 15 minutos de gloria cuestan 200.000 euros. Con Warhol eran gratis.