Muchas de las imágenes que marcan nuestras vidas no tienen nombre en nuestra memoria, pero todas han sido capturadas por una persona que estuvo allí y que ha generado los iconos gráficos, las imágenes de una generación, los que nos han mostrado lo que pasaba en el centro de las tragedias, en el ojo del huracán. Marc Riboud (1923, Saint-Genis-Laval, France- Paris 2016) fue uno de ellos, él ayudó a construir una memoria que, irónicamente, él mismo perdería a lo largo de su vida, muriendo de alzheimer a los 93 años. Riboud nunca quiso ser etiquetado como fotógrafo de prensa, a pesar de que sus trabajos se han publicado en, prácticamente, todos los medios internacionales; él siempre quiso ser reconocido como un fotógrafo de la vida, que captaba momentos de humanidad, no que documentaban unos hechos sino unos sentimientos, una experiencia. Fue uno de los miembros más tempranos de la agencia Magnum, a la que se uniría en 1953. Conocido por su pasión por China y África, sus fotografías nos han ilustrado de la vida en Japón, India, Nepal, Pakistán, Irán, Turquía y muchos otros países. Unas de las imágenes que más rápidamente cimentaron su reconocimiento mundial fue las que tomó de Fidel Castro en Cuba en 1963. Para él la fotografía era un virus, una manía de la que solo la enfermedad lo pudo alejar. Una forma de saborear la vida a toda velocidad, en cada segundo, en cada imagen. Con su desaparición se cierra una etapa en la fotografía que ya es historia de nuestro presente.