En una semana dos de los grandes directores de cine actual nos han dejado casi sin previo aviso. Primero fue Michael Cimino y ahora el iraní Abbas Kiarostami. Nacido en Irán en 1940, donde estudió e inició su carrera como cineasta y donde tuvo que vivir bajo dos dictaduras consecutivas, residía en París desde que en el año 2007 decidió abandonar su país natal con una bolsa y sin olvidar sus cámaras de foto y de video. Primero estudió pintura y su vínculo estético con los conceptos pictóricos se dejan ver en un claro primer plano en sus películas. Lo que tal vez no sea tan conocido es su gran afición a la fotografía y las excelentes fotografías que solía tomar. Entre la realidad y el silencio, toda su obra es un fiel reflejo de su propia personalidad, de ese alejamiento que él siempre ponía entre el mundo y su persona, dando entrevistas en farsi (a pesar de hablar perfectamente inglés y francés), lo de esconderse de la luz detrás de sus perennes gafas negras, una forma de resistencia como otra cualquiera. Su forma de resistir, de combatir un mundo cada día más feo era el silencio, la ilusión, y su cine, un cine de una extrema belleza que nos habla de temas que no han sido habituales, tabús en muchas ocasiones, de la muerte, de la libertad, siempre desde una distancia de observador que facilita un discurso íntimo. En El sabor de las cerezas (1997)premiada en Cannes con la Palma de Oro- habla, a través de la historia de un hombre que busca quien le entierre después de su suicidio, de la soledad y de la necesidad de los otros, de esa terrible dependencia inevitable del otro. Pero son muchas sus películas y muchas sus historias y las imágenes que nos deja: ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Primer plano (1990), Y la vida continúa (1992), A través de los olivos (1994), El viento nos llevará (2000) Shirin (2008), son las más conocidas. La convicción de que vivimos en un mundo “polucionado de imágenes” conforma sus historias en un mundo claro, vacío, limpio y silencioso. Director de cine, poeta, pintor y fotógrafo, Abbas Kiarostami nos deja un mundo lleno de ruido en el que a partir de ahora sus películas se convierten en recuerdos mudos de una forma de ver y de contar el mundo.