OPINIÓN

Ahora que nuevamente se han puesto de moda los nacionalismos, como siempre en épocas de crisis y demagogia, yo reivindico ser de Madrid. Más exactamente ser de Chamberí. Me crié en otra ciudad, y he vivido en diversas zonas de Madrid, ahora vivo en la Ciudad de México unas veces y en el Real Sitio de El Escorial otras; y he pasado mucho, pero mucho tiempo en Alemania, en Italia, en Francia, en Suiza, y sobre todo en Argentina y en Brasil, y en Cuba, y hasta en Israel… Durante mucho tiempo me sentí apátrida y llegué a pensar que las salas de espera de los aeropuertos internacionales eran algo así como mi hogar. Pero ahora que en México me piden, no siempre muy amablemente, que me vaya a mi país, y en mi país me siento extraña, no sé muy bien si irme a vivir a un aeropuerto o a un museo de arte contemporáneo, que bien mirado es también un no lugar homologado e igual a sí mismo y a todos los que se llaman igual, estén en el país en el que estén. En un Museo de Arte contemporáneo, en cualquiera de ellos, vas a tener de vecinos a las mismas gentes y a las mismas obras, vamos que me voy a sentir en mi casa. O tal vez no. Tal vez no porque a mí lo que me gusta de Madrid es el cielo, un azul infinito y alegre que cuando se nubla y oscurece parece un paisaje inglés de Turner (a veces de Constable). El cielo de la Ciudad de México a veces se le parece, tal vez por eso allí también me siento en casa. En Madrid hay un dicho que es “de Madrid al cielo y un agujerito para verlo”, algo que sólo entendemos los de Madrid. Esas frases y alguna otra tontería son las que a mí me hacen definir la idea de “patria”, mientras que para otros una bandera, un idioma, una tradición, son lo que les hace diferentes, sin pararse a pensar que todos somos diferentes, que los idiomas se aprenden y se usan, las tradiciones se estudian y se cambian, y las banderas… bueno, las banderas son poco más que un trapo manchado y para trapos manchados prefiero un Robert Rauschenberg. Ni las palabras ni las imágenes tienen un sólo significado, y eso los que hablamos español deberíamos saberlo mejor que nadie porque entre los millones de hispanohablantes que somos una misma palabra significa cosas muy dispares si la dices aquí o allá, en Sevilla o en Lima, en Uruguay o en México o en Barcelona.

Tal vez por todo esto me dedico al arte, porque pienso en “bandera” y me viene a la cabeza el pop americano; me dicen “casa” y recuerdos esos hoteles de una sola noche geniales en los que he dormido, juntando todas las noches individuales, meses de mi vida. Me gritan “extranjera” y me asomo a mi personal agujerito para ver el cielo, el cielo que en ese momento tenga sobre mi cabeza, y compararlo con el de Madrid, el cielo por excelencia. Y sé, estoy totalmente segura, que cada uno de ustedes, o de vosotros, que leéis estas notas por equivocación, tenéis otro cielo perfecto y preferido, pero la diferencia es que yo, como madrileña, tengo un agujerito para poder verlo y estar más cerca de él, esté donde esté. Y eso, lo siento mucho, no lo tiene nadie más en todo el mundo, ni aunque trabajen en la NASA.

Esa forma de mirar el cielo me ha acercado a diferentes personas a lo largo de mi vida, pero curiosamente también a algunas obras de arte, a algunos artistas. Y sobre todos ellos, sin duda, es James Turrell el que debería haber nacido en Madrid, porque entiende perfectamente lo del agujerito para verlo. Me di cuenta en el Museo de Jerusalén, en un jardín oriental diseñado por Isamu Noguchi lleno de esculturas, occidentales sobre todo; pero paseando aburrida por el jardín me metí en una casamata de hormigón y de repente, allí estaba mi cielo, el cielo de Madrid visto a través de un cuadrado (no le puedo llamar agujerito, aunque quedaría perfecto), enmarcado como el más precioso de los paisajes. Un cielo perfecto e increíble en su quietud, que te hacía olvidar donde estabas y todo lo que sucedía en ondas concéntricas a tu alrededor hasta abarcar todo el mundo; que anulaba la idea de patria y abolía banderas e himnos, borraba guerras, separaciones y odios, y podrías llegar a encontrar tu propia paz.

Estamos a 1 de agosto, y casi todos tienen o quieren tener unos días de vacaciones. Ir al mar, a un sitio lejano. Yo les aconsejo que estén donde estén, miren el cielo como si fuera una obra de James Turrell, que lo miren de lejos porque si no son de Madrid no podrán acercarse a él como nosotros, pero mírenlo, tan azul, tan maravilloso, tan de todos y de cada uno. Buenas vacaciones y descansen, que en septiembre volveremos a lo de siempre y apenas tendrá la mayoría tiempo para mirar hacia arriba y disfrutar de un paisaje tan especial.