OPINIÓN

Sí, ya lo saben todos ustedes: ese soy yo. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. El peor enemigo de un futbolista multimillonario de 32 años, que defrauda sistemáticamente a Hacienda, que ya no sabe qué comprar y que no cesa de enseñar sus músculos con su último mejor amigo, para demostrar que no es nada gay, es él mismo. Es él mismo el que con su actuación desorbitada, y su ambición estúpidamente desmedida se pone continuamente en evidencia, al margen de la cantidad de goles que haga al minuto. Y esa ley tan obvia como improbable funciona con todos. El arte contemporáneo, por ejemplo, lo deja muy claro en su trayectoria de las últimas décadas. Nadie mejor que un crítico filósofo, ni que un crítico poeta, o que un crítico ignorante para dejar claro que la crítica de arte ya no le interesa a nadie. El mundo de las galerías se autodestruye él solo, no hace falta que nadie se meta con ellos ni con ellas, basta que alguno de sus miembros te explique las obras que tiene colgadas en un stand de feria para comprender que vender un cuadro sea como el milagro de Fátima, en el que sólo creen personas inocentes, bondadosas y un poco fuera de este mundo. En cuanto a las ferias… basta con estar en una de ellas un par de horas para que se convierta en una pesadilla que recordarás con horror durante tiempo.

Sin ir más lejos, yo no necesitaba escribir este texto que sin duda me va a enemistar con todos los galeristas, críticos de arte, futbolistas millonarios y con algunos gremios más calculando que queda más de la mitad por escribir, pero es que yo soy mi peor enemigo. No puedo evitarlo, en cuanto hay una fisura por la que pueda escapar mi mala leche, indefectiblemente escapa a lomos de unas pocas palabras, las suficientes para que alguien se moleste. Y se enfade conmigo. La verdad es que lo siento, y que no es mi intención, siempre he creído, además, que no es para tanto. Que con un poquito de buen humor, de comprensión, se podía arreglar, igualmente el milagro de Fátima todavía se lo creen muchos compradores de arte, y nadie se mete con ellos. Yo sé que no todos los futbolistas son tontos, aunque la mayoría lo parezcan (perdón, otra vez se me escapó) también sé que no todos los galeristas son ignorantes y que algunos incluso saben de qué va la cosa, aunque ciertamente son los menos. Y también estoy casi segura de que hasta a los críticos de arte más ignorantes, esos que peor escriben, les gusta el arte e intentan hacerlo lo mejor que pueden. Y también, de verdad, creo sinceramente que más del 50% de los que nos dedicamos al arte contemporáneo somos auténticamente aficionados, que hemos entregado a esto, sea esto lo que quiera que sea, los mejores años de nuestra vida y la mayor parte de nuestras neuronas. Estoy tan segura de ello como de que lo hemos hecho mal, peor imposible ciertamente, porque en toda la historia de la humanidad nunca se ha conseguido de forma tan masiva, total y sin fisuras, que a la población, culta e inculta, a los medios de comunicación, a ricos y pobres, hombres y mujeres de todas las razas, credos, sexo y nacionalidad les interese menos el arte actual, sea esto lo que quiera que sea. No van a las exposiciones ni gratis, porque si alguien de quien inopinadamente me lea no lo sabe las exposiciones de las galerías y de la mayoría de los centros y museos de arte son gratuitas, si no siempre, al menos un día o dos a la semana. Pero ni gratis. Decoran sus casas con pósters de exposiciones, o grabados que no aguantan el más generoso de los exámenes del gusto del arte actual y sus profesionales, pero ellos tan contentos en sus salones de Ikea, (que, por cierto, ha eliminado las estanterías para libros de sus muebles de salón), pero la sola idea de comprar algo que se pueda llamar obra de arte actual les produce una extraña incomodidad, una triste sensación de no estar en sus casas. Además, difícilmente pega con la televisión king size contra la que ningún cuadro puede competir.

Ahora ya tengo al público también en mi contra, porque sigo siendo yo misma mi peor enemiga. Me quedan los directores de museos y los gestores culturales, pero a todos estos no les voy a decir nada, porque ya con ellos mismos tienen bastante. Ellos son los encargados, voluntariamente, de aburrir a las masas con exposiciones inexplicables (o tal vez sólo inexplicadas) y aburridas (o tal vez solamente mal expuestas), en fin, que cada uno cargue con su culpa y se enfrente a su peor enemigo alguna vez de vez en cuando, y analice qué ha hecho, qué hemos hecho cada uno de nosotros para que los demás aborrezcan aquello que nosotros amamos, hemos amado toda la vida y amaremos hasta que seamos sólo cenizas, pero eso sí, cenizas enamoradas, cenizas que volarán a las Documentas, bienales, museos y exposiciones por los siglos de los siglos. Amén.