OPINIÓN

Hace una semana que en una cadena de televisión en España puso en escena una historia llena de sentido del humor y de provocación. Una historia, otra, de la verdad sobre el caso del golpe de Estado en el Congreso de los diputados aquel famoso 23 de febrero que todos los que lo vivimos de cerca los recordamos cada vez más como una escenificación de teatrillo barato. En esta ocasión, como siempre que se repite un hecho de este tipo, las reacciones han sido muy encontradas. En primer lugar lo que me llama la atención es que siempre hay gente que se lo cree todo. Y si está sobre soporte de película y se emite por un aparato de televisión puede convertirse en dogma de fe. Eso podría explicar la insistencia en seguir votando a los mismos políticos que nos roban y mienten sistemáticamente: salen por televisión, luego existen; salen mucho por televisión, luego serán como los productos y actores que salen también mucho. Son como amigos, conocidos, casi familiares, reales sobre todo. Los medios de comunicación delimitan no sólo el éxito, sino la definición de la verdad, de lo cierto. La idea clásica de que todo lo fotografiado no sólo era real, sino cierto. La idea de lo falso, de la mentira, de la broma, de la ironía, queda alejada de lo documental, de la información, de los medios de comunicación, de la idea de la propia representación, cuando lo habitual es todo lo contrario. Es la mentira, el engaño, la falsedad lo que está en los cimientos de la historia, del documentalismo y de los programas electorales. Y, por supuesto deberíamos ver como un producto de ficción todo lo que nos ofrecen los informativos, y en general los medios de comunicación.
Aquí me gustaría hacer una observación: si hubiera programas de televisión bien hechos ( es decir, hechos al estilo mediático) sobre arte y cultura actual, el público consumiría arte con fruición, hablarían de epistemología en las tabernas y les pondrían a los niños nombres como Walter y Teodoro o Rolando, en muestra de admiración a los teóricos de moda. El caso es que como ahora la Guerra de los mundos es una película de Tom Cruise y ya nadie se acuerda de la que se organizó cuando Orson Welles la convirtió en un hecho real a través de la radio de cuando no había televisión, ni recuerdan que se cuestionó, con apoyo de Stanley Kubrick, la dudosa llegada del hombre a la luna… pues se creen cualquier cosa que alguien muy serio le cuente en una pantalla. Nadie parece haberse parado a pensar que entre la mentira y la verdad sólo existe una forma de contar, una manera de mirar, un gesto inadvertido. Por eso nos lo creemos todo, porque realmente todo podría haber sucedido igualmente, y a partir de ahí empezamos a preferir una buena mentira a una mala verdad. Igual que entre el amor y el odio no hay nada más que un paso, y admitimos aquello de que “quien bien te quiere te hará llorar” como un axioma de las relaciones personales sin pararnos a pensar en su contradicción antinatural. Así es la verdad y así es la mentira, tan parecidas que viajan juntas en una misma moneda, una moneda por supuesto falsa.
La ficción es la recreación falsaria de un hecho que pudo haber sido así. O no. Casi siempre no, casi siempre es un producto de la creatividad y de la imaginación. Una buena historia no tiene por qué ser real para ser creída. Pero si te crees una historia, automáticamente se convierte en cierta: el problema verdadero es saber mentir tan bien que la mentira parezca verdad. Eso es un oficio, el de artista, el de escritor, el de director de cine… el de todos aquellos que viven contando historias. Cuentistas, se les decía antes. La capacidad de engaño es la hermana fea de la capacidad de seducción, y para que nos creamos una historia nos tienen que seducir, sino simplemente nos están engañando y si en la seducción caemos rendidos y felices, el engaño nos molesta porque es un insulto a nuestra inteligencia. Y esa es otra cosa de la que no se habla, de la ignorancia de todos aquellos que se pueden llegar a creer que el hombre ha llegado a la Luna, cuando todo se rodó en un plató. O que se creen, contra toda lógica que ese viaje y alunizaje en nuestra Luna fue sólo un simulacro propagandístico de la guerra fría. Pero para acercarse a tener una opinión hay que saber lo que es la propaganda, la guerra fría, lo que significa simulacro, y hasta qué es la Luna. Vamos, que con un poco de cultura, conocimiento, inteligencia, y mucho sentido del humor comprenderíamos bastante mejor quienes somos, donde estamos, y cuáles son las intenciones de los que crean las ficciones e incluso de los que dirigen periódicos e informativos. Mientras creamos a los políticos y no a los cuentistas seguiremos siendo un país anclado en el pasado, en esa época anterior a la llegada del hombre a la Luna.