OPINIÓN

Hace mucho tiempo leía en una entrevista con Christian Boltanski cómo el artista explicaba que hacer su obra, todos los días en su estudio, le había liberado del psicoanalista. “Yo hago mi terapia en el estudio, crear lo que hago me sirve y me ahorra el psicoanálisis”. Al parecer no es el único, sino que es algo que sirve, que ha servido, a muchos artistas, tal vez a más de los que pensamos, a lo largo de la historia. Sin duda muchos han expulsado de su mente y de sus vidas aquellos aspectos patológicos que les hubieran podido convertir en delincuentes sociales. Otros han utilizado su arte para gritar y vomitar sus angustias, sus miedos. Para expulsar la angustia, la desesperación. Estoy pensando en Eduard Mvnch pero también en Jackson Pollock, y en muchos expresionistas antes de que el expresionismo fuera una tendencia, y también en George Grosz o en Otto Dix. Y por supuesto en tantos fotógrafos que a través de sus fotos evitaban el pecado, como David Hamilton. O tal vez no. Pero el caso es que el arte, o la representación visual de nuestras obsesiones y problemas, sí puede servir de exorcismo, o al menos como un buen psicoanálisis, puede servir para crear un espejo en el que observemos nuestro verdadero retrato. Un frasco en el que leamos nuestra propia historia, contada automáticamente, a veces sin casi saberlo, por nosotros mismos.

Hace unas semanas fui invitada a dar un breve taller de apoyo a un curso de foto documentalismo y como siempre no sé si a mis imprevistos alumnos les sirvió de algo hablar conmigo, pero a mí sus proyectos, sus palabras, cómo me lo presentaban, su indecisión, me ha servido para mucho. Creo que a partir de ahora daré talleres de apoyo psicológico, la foto se la dejo a los expertos en fotografía, algo que yo nunca he creído ser. Lo que sí sé es ver lo que está detrás, oculto, en las fotos, lo que no dicen sus palabras. Y también sé cómo se debe y cómo no se debe armar un proyecto, pero esa es otra historia. Los quince fotógrafos que me mostraron sus ideas, más o menos construidas, no me mostraban historias ajenas, me mostraban su mundo oculto, problemas que salían por las costuras de sus imágenes, que no podían retener por más tiempo. No importa si los proyectos fueran buenos o no, si las imágenes eran bellas o no, lo importante era cómo esas personas contaban su historia sin darse cuenta, sin querer hacerlo, pero de una manera obsesiva, de una manera que no puede ser más que terapéutica. Una de las reglas básicas de la terapia psicoanalítica es que el primer paso para curarse es reconocer que se está enfermo. Igual el alcohólico no empieza a buscar una salida hasta que no acepta su adicción. El arte sirve para visibilizar un problema, para realizar ese autentico y difícil, doloroso, selfi para el que no hay palito que sirva. Desnudarse físicamente no es complicado, en general, pero hacerlo de verdad, abrir el corazón y quitarse el disfraz es lo más difícil. Otra cosa es que sepan lo que están haciendo, que realmente les sirva, darse cuenta y aprovechar lo hecho para seguir adelante, para salir del agujero.

Estos días se expone en Roma la obra de Artemisa Gentileschi (1593-1654), hija del pintor Orazio Gentileschi, que fue violada por uno de sus profesores, Agostino Tassi. Artemisa fue la primera mujer que entró en una Academia de Bellas Artes y, sin ella quererlo, musa de todas las feministas del mundo del arte. Denunciar su violación, en aquella época, le supuso un calvario de humillaciones. Al margen del interés de su obra, hay que destacar que Artemisa llena sus pinturas de escenas bíblicas de abusos y seducciones de mujeres que son culpadas por el pecado de otro, temas como Susana y los Viejos o la decapitación de Holofernes, estableciendo en su pintura un territorio de justicia artística hasta que la humana le devolviera su dignidad.

Pero no solamente son los creadores los que pueden encontrar alivio a través del arte, una de las primeras y esenciales razones que sustenta el coleccionismo siempre fue la satisfacción que le produce ver esas obras, un incentivo que el mercado desmanteló pero que sigue existiendo. Elton John, un gran coleccionista de fotografía clásica (además de millonario cantante) lo decía estos días con motivo de la exposición de una parte de su colección, al reconocer que su entrada en el mundo del coleccionismo de fotografía le ayudó a salir de una grave depresión, y que hasta el día de hoy, sigue siendo una de sus mejores ayudas psicológicas, ver y sentirse rodeado de estas maravillosas imágenes. Porque no todo es avaricia ni el dinero lo cura todo. A veces, una obra de arte arranca una sonrisa, nos produce un momento de felicidad inexplicable. Sin duda ese es el mejor arte. La mejor medicina.