OPINIÓN

Hay un lema publicitario que siempre me sorprende. Se trata de un anuncio de la Comunidad de Madrid, que propone: “para el paro: monta una empresa”. Es decir, para frenar ese paro que va aniquilando vocaciones y proyectos de vida lo que hay que hacer es montar una empresa, hacerse autónomo, y supongo que pedir una de esas subvenciones de dos duros que te conceden después de demostrar lo indemostrable y se abonan mucho más tarde de lo que nadie puede resistir. Para frenar el paro, ya que no encuentras trabajo, desespérate, arruínate y, además, vuélvete insomne creando una empresa, a poder ser, cultural. Si esa es la solución que se da al paro habrá que ir pensando en aprender alemán y largarse de aquí, como está haciendo la juventud en Irlanda.


Otra solución parece ser la de apuntarse a un máster de comisariado, a un curso de gestión cultural. Cursos, cursillos y másteres para todos. Claro que esta opción no suele ser barata, ya se sabe que la calidad de un máster se sabe a priori por el precio de su matrícula. Aunque lo que no se dice en los folletos informativos es dónde van a trabajar esos futuros curadores, en qué museos o centros de arte hay sitio para todas esas decenas, cientos de jóvenes sin ninguna experiencia que quieren ser comisarios, que creen que ser comisario es algo que se aprende en unas clases a toda velocidad con profesores a veces tan inexpertos como ellos mismos, que apenas han comisariado nada, y que les dan recetas estéticas apuntaladas con citas de teóricos y pensadores que, por cierto, nunca hicieron una exposición y que, además, nunca tuvieron el más mínimo deseo de hacerla.


Entre la poca relación de los profesores con la realidad del comisariado, la escasa cuando no nula aportación práctica, y la evidente búsqueda de clones, estos cursos, cursitos y másteres me recuerdan los consejos que un profesor de pintura (de formación en filosofía y estética) daba a los alumnos de la clase de pintura natural en una facultad de Bellas Artes para que se enfrentarán mejor con el lienzo en blanco: “lee más a Kierkegard”, “estudia a Kant”. Sin duda buenos consejos… en general.


Tanto la Comunidad de Madrid (o los que han realizado esa campaña de publicidad), como los que diseñan e imparten estos cursos sobre comisariado, crítica, galerismo, gestión cultural, etc., pecan de los mismos errores: para aprender hay que empezar desde el inicio del libro. No se aprende como empresario, sino trabajando en empresas de otros y, tal vez, después uno sienta la necesidad de montar su propia empresa. Se aprende primero arte, después se lee (a Kierkegard, a Kant y a muchos otros) y, sobre todo, se ve arte, se ven exposiciones, se escribe, se ven más exposiciones y, tal vez, después, se sienta la necesidad de contar algo propio, de dar una visión personal de la obra de un artista, de enfocar una idea a través de la obra de ciertos creadores… O tal vez no. No es necesario y mucho menos imprescindible que a todos los jóvenes a los que les interesa el arte les convirtamos en curadores. Pueden ser otras muchas cosas: ¿quién les va a decir que los museos no les van a dar trabajo? Que ni siquiera como “comisarios independientes” van a poder no ya vivir sino trabajar; que la mayoría de los hoy directores de instituciones no quieren jóvenes con ideas propias a sus órdenes. Claro que nadie ha dicho que tengan ideas propias, eso ni suma puntos ni parece ser lo más adecuado para un comisario, según los programas que se imparten.


Imagen: Aleix Plademunt. Serie Espectadors, 2006. Cortesía del artista