El mundo se llena de festivales de cine, acostumbrándonos a ver, en sus diversas alfombras rojas, a las estrellas del panorama cinematográfico, paseando sus vestidos de diseño, sus joyas prestadas -no hablemos de los Goya– y un sin fin de flashes que magnifican, más aun si cabe, las constelaciones que se forman en las principales capitales del cine, donde los más afortunados son premiados, levantando cabezones, leones, palmas y un sinfín de estatuillas de todas las índoles. Cierto es que todos esperan la llegada del padre de todos los premios del mundo del cine, los Oscars, que se entregan a finales de febrero. La pregunta sería cuán de importantes son estos premios, pero aquí no resolveremos esa duda, aunque siempre siembran la duda de su formato de votación y del telón que se cierne sobre ellos, con sus continuas polémicas raciales, de género o políticas. Todo gran premio tiene su antesala, y en el caso de la estatuilla dorada con forma de galán, no es otra que los Globos de Oro estos, entregados por los medios de comunicación, se acercan en ocasiones un poco más a la realidad. El problema de los premios del mundo del cine es que nunca son sólo cine, y el pasado pesa, y pesa con razón; y si no que se lo pregunten a Roman Polanski, que fue expulsado como presidente del jurado de los Premios Cesar de Francia por su turbulenta vida extracurricular.

En España no somos menos, montamos la gran fiesta del cine español, entregamos un cabezón con nombre de artista, contratamos patrocinadores cuanto menos de dudosa ética y le ponemos una guinda guionizando dicha gala con poco estilo. Parece el resumen de una película firmada por algún director hace décadas en nuestro país. Creo que sería buena idea que se paseasen por Sitges, que aunque centrado en un tipo de cine muy concreto, saben cómo montar un festival. ¿Y Venecia? La cúspide de los premios al cine en el viejo continente es, por méritos propios, la gran gala europea. El León es valioso, y aunque también se ha convertido en un desfile continuo de famosos hollywoodienses, aún siguen entregando premios a películas europeas (cualquiera lo diría). La lista es inmensa, cada vez hay más premios del cine, un poco como las ferias de arte, que emergen de la nada y que no todas aciertan con el criterio. Una balanza, a un lado se pesa la calidad y en otra la monetización del producto.

Y en estas circunstancias llegamos a la 61ª Berlinale, el festival de cine de Berlín que tiene lugar desde el jueves 9 de febrero. El Berlinale Palast -lugar donde sucede el evento- tiene su propia alfombra roja, pero este año se esperan menos estrellas que la paseen y hay una explicación para ello. La Berlinale es, sin duda, uno de esos galardones del mundo del cine más importantes del año, pero en esta ocasión desde la dirección han querido desligarse de la tónica de los festivales y premios del mundo de la gran pantalla. Dieter Kosslick, su director, ha logrado que el cine más político y social sea el protagonista indiscutible, dejando a un lado el cine más comercial y que suele ser las que centran la presencia de los actores mundialmente conocidos. Esta vez el nazismo, Donald Trump, el mundo gipsy, los refugiados -de todos los tiempos- y la prensa se citan en la capital alemana, siendo los protagonistas que pisarán su alfombra. Como ejemplo, la película que abre el certamen, Django -no confundir con Tarantino- es un homenaje a Django Reinhardt, guitarrista creador del gipsy jazz que tocaba durante los años 1940 y 1944, durante la ocupación nazi de Francia, lugar donde el músico desarrolló su virtuosismo.

La idea fundamental es la de crear un premio del cine que sirva como un altavoz al cine político y social. El primer tema a tratar será la homosexualidad y el Premio Teddy, y la segunda sobre la explotación del mundo y el colonialismo, presente aún hoy en algunos países. Comedias sociales, thriller ecológicos y si es una película de ciencia ficción será una suerte de Orson Welles y La Guerra de los Mundos, y de cómo una falsa noticia hace temblar el mundo -véase la prensa actual-. Y ante este, valentía, el tema central de Berlinale talents. Brexit, drogas, Alepo, refugiados, la Unión Europea y su bandera -Danny Boyle, director de T2 Trainspotting, no sabía que bandera tenia que usar, si la europea o la escocesa, por aquello del Brexit- en definitiva la historia, la de hoy, la de ayer y la de mañana, se citan en Berlín, en lo que promete ser un festival distinto y preocupado por un cine que va mucho más allá de palomitas, asientos cómodos y grandes pantallas con Dolby Surround.

Por cierto, España también estará presente en el festival, con El Bar, de Alex de la Iglesia, Pieles de Eduardo Casanova y Verano 1993 de Carla Simón. Las tres películas abordan, a su manera, mundos extraños que nos rodean, secretos que no podemos revelar y los miedos más profundos que provocan nuestros terrores más recientes.