OPINIÓN

Aunque la crisis, los recortes y la cada vez más precaria situación general económica y social es algo que a nadie puede resultar ajeno, la realidad es que vivimos en una sociedad en la que el lujo sigue estando visible, casi desagradablemente visible. De hecho, mientras el paro crece hasta límites insoportables, el mercado del lujo ha aumentado un 500%. Lo que no se entiende es por qué en ese mercado del lujo tan escandaloso no se engloba el mercado del arte, que si no es una necesidad debería ser un lujo. Pero ya que el arte no puede considerarse un lujo parece, que el lujo sí que se puede considerar como un arte. Y así cada vez con más frecuencia la ropa de marca, los coches de precios inalcanzables, las motos míticas, y las joyas que nunca nadie se podría poner encima ocupan el espacio del arte en los museos, en las subastas… En las páginas de cultura de las supuestas revistas y medios de información especializada.

No niego el valor estético de un broche de Cartier, pero sobre todo lo que llama la atención es su valor económico, aunque lo llevara la Reina Isabel o Elizabeth Taylor. Pero las joyas de Cartier ocuparán uno de los principales museos de Madrid durante una buena temporada. Y seguramente el público estará encantado, porque finalmente parece que al público, a ese público que acude a determinados museos expongan lo que expongan, que sólo van a esos museos sin preguntarse qué habrá en los otros, a los que no van nunca, o incluso preguntándose si habrá otros diferentes a los que cada domingo o fiesta de guardar acuden como antes iban a misa, en un protocolo ritual que tiene más que ver con una rutina de ocio que con un interés cultural… En fin, a ese público, le encantará ver esas joyas tan maravillosas y tan caras, tan imposibles de tener. Esa atracción por la riqueza que siempre han tenido los pobres es como la mirada de los niños que se aplastan contra los escaparates de las jugueterías o de las pastelerías: el deseo de lo que se sabe que nunca se tendrá.

Por eso no entiendo por qué los museos de arte tienen que plegarse a convertirse en pastelerías o en jugueterías para adultos, por qué Yves Saint-Laurent, Moschino, Gaultier, Porsche o Harley-Davidson tienen que ocupar las salas del Guggenheim, Thyssen, Mapfre o cualquier centro de arte actual. No acabo de comprenderlo cuando existen museos del traje, de artes decorativas, incluso de antropología. Es curioso que, por otra parte, estas marcas que lo tienen todo: dinero, prestigio, fama, poder… necesiten del marco incomparablemente extraño que supone el museo, un lugar que ellos desean, una vez más, como los niños el juguete de moda, porque para ese lujo, el arte, sobre todo el actual, significa sofisticación, categoría, inteligencia. Las joyas dejan de ser piedras y oro o platino, la ropa es algo más que tejido y cortes diferentes, los coches, las motos, son algo diferente a chapa y mecánica, y todos olvidan que están creados sólo para unos pocos al ocupar el lugar de las obras de arte, que están creadas para todos y que no tienen precio, o que al menos ese precio no es lo que define ni su valor ni su diferenciación del resto, sino un intangible valor que no cotiza en bolsa.

Curiosamente este otoño llega a Madrid, a algunas de sus salas, ese lujo de princesas, de viejas y de nuevas princesas, de la jet set, de esos seres que habitan un mundo de papel cuché, mientras otros museos restaurados con más millones aún de lo que cuestan esas joyas, se cierran por goteras, o peor aún, alquilan sus salas para bodas y bautizos, para reuniones de cualquier tipo, por horas, con unas tarifas de salón de bodas y banquetes de periferia. En eso quedan los museos y centros de arte, en salones que se alquilan para eventos. Puestos así yo propongo que los maratones, los días de la bicicleta y las verbenas y festividades populares se celebren en las pistas de los aeropuertos cerrados. Por lo menos servirían para algo. Y puestos a proponer propondría que los responsables culturales pensaran que lo que cobran es para defender la cultura, para sostenerla, acrecentarla y difundirla, no para alquilarla, venderla, traicionarla y ocultarla. Que diga lo que diga Alain Finkielkraut no es lo mismo un desfile de moda que un texto de Kant.

Imagen: Jessica Craig-Martin. Cancer Benefit, Southampton 2006 (Cosmo), detalle, 2007. Cortesía de la artista y Greenberg Van Doren Gallery, Nueva York.